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jueves, 11 de febrero de 2016

Quién quiere un Holmes teniendo un Plinio. Puro sabor a curado manchego


"Plinio, eres el más grande". Así se felicitaba el bonachón policía siempre que resolvía algún caso. No le hacían falta más reconocimientos, aunque contase con toda la admiración de su Tomelloso natal. El Sherlock Holmes español, el Hercule Poirot de La Mancha, el Auguste Dupin castizo y llano, no tenía ni la estirada autosuficiencia del primero, ni el cosmopolitismo del segundo, ni el abigarrado razonamiento del tercero. Y sin embargo era capaz de desenvolverse con soltura entre los misterios (que también los había) de un escenario más parecido a mi Palencia rural del primer tercio del siglo pasado que al siniestro Londres victoriano o el luminoso París industrial.

El jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, junto a su inseparable don Lotario
Plinio en la tele. Ni actores de nombres
tan rimbombantes como Benedict Timothy
Carlton Cumberbatch ni grandilocuentes
recreaciones escenográficas.
Spain es asín. 
(médico como Watson, aunque lo más cerca que estuviese de la trayectoria del lugarteniente de Holmes fuese dando cuenta de la salud del tren de acémilas o del parque de monturas en alguna de las campañas en Melilla) pudo ser, aunque se quedó por el camino, el gran referente de la novela policíaca ibérica. Con todo el sabor y el humor que, sí o sí, acaba empapando cualquier situación por seria o trágica que sea en esta santa tierra. Otra cosa es Pepe Carvalho, del que si eso ya hablamos otro día.

Y es que, aunque las generaciones actuales no lo sepan, Plinio llegó a tener su serie de televisión y todo. Pero es que a su padre, Francisco García Pavón, le pasa lo que a algunos intelectuales de su época, que por dedicarse a sus cosas (también fue autor de ciencia ficción en la España de los 60, o qué os habéis creído), hoy en día cae en el saco del semiolvido. Para quien haya nacido a partir del 75, García Pavón como mucho llega a ser uno de esos nombres campana: Me suena, me suena, pero ni idea de qué campanario. La suerte es que su obra sigue presente en las estanterías gracias al interés que 
hace ocho años tuvo Rey Lear Editores en dar a conocer las simpáticas aventuras de Plinio. Todo un acierto por su parte.


Algunos de los ejemplares editados por Rey Lear. Ése de La cocina de Plinio debe ser una delicia para los sentidos.
En mi caso tuve la suerte de que cayese en mis manos el segundo libro editado por y para Plinio, regalo de un buen amigo gallego en mi postrero día de vacaciones en el terruño (me arrepiento de no haber bajado para tomar el último chisme, pero te lo guardo con todo el agradecimiento para la próxima, Jaime). Un coqueto ejemplar de la colección Rotativa de Plaza & Janés editado en el 72, con los relatos 'El Carnaval' (motivo por el que quería haber escrito este texto hace una semana) y 'El Charco de sangre'. Una delicia para amenizar nuestro accidentado regreso a casa. Sin duda. Y un gran descubrimiento que me dejó con la deuda pendiente que espero estar pagando ahora. Este personaje tiene que ser conocido por todo el mundo ¡Alex de la Iglesia, queremos peli de Plinio ya!


Mi Plinio, custodiado como oro
en paño en nuestra humilde librería.
En fin. Mientras tanto ya he sumado unas cuantas más a mi ya interminable y siempre exponencialmente creciente lista de cosas a leer. 

Y así, cuando el orgulloso y bonachón policía manchego se felicita por otro caso resuelto, me lo imagino tarareando el estribillo del pasodoble de Marcial mientras le da unos capotazos satisfechos al aire y arranca a caminar, con la nariz bien empinada, una mano en el pomo del sable, símbolo de su autoridad merecida, y la otra alisándose el correaje del uniforme, como de que esto no ha sido ná. "Plinio, eres el más grande", repite en cuanto vecinos y subordinados, asintiendo admirados, le abren paso en su camino, la punta de un pie afirmándose al frente de la otra, hacia el bar del Casino o el mostrador de la Rocío.

martes, 29 de diciembre de 2015

Balance de un año bastante 'imperial'


Porque no hay final de año sin lista de lo hecho o por hacer, un lo mejor del año, un "mis cinco", "mis diez"... Pues allá va mi recuento particular. 

Lectoramente -¿existe eso?- 2015 por lo menos ha sido un año excelente. En números, han sido un total de 13 -voz nasal de azafata del 1, 2, 3 y, por lo supersticioso del número, respuesta en off a lo Chanante: "¡Virgen santa!"- los títulos leídos, siguiendo aquel viejo compromiso que desde tiempos del colegio recomendaba acabar por lo menos uno por mes. Ahora, para quedar un poco mejor, aunque nunca tanto como mis amigos Renata y Carlos, que contabilizan casi uno por semana, baste señalar que de esos 13 títulos, uno lo dejé leeeejos de acabar.


Los Episodios Nacionales de la editorial Urbión, parte
del patrimonio familiar desde que tengo uso de razón.
¿Y que por qué eso me hace quedar mejor? Fácil: porque ese título son los Episodios Nacionales, de los que, entre abril y agosto, devoré los libros referentes a los episodios de Trafalgar, la Corte de Carlos IV, el 2 de Mayo, la batalla de Bailén, Napoleón en Madrid, el asedio de Zaragoza, el de Gerona y la invención de La Pepa. Al resto los acantoné junto al Empecinado en la sierra, a la espera de una futura retomada. Mención especial a mi flamante Kindle que me ayudó a condensar y transportar todo ese conocimiento, y algunas notas personales en un tamaño mínimo. 

Paradójicamente, fue un año en que me dio mucho por el trasfondo histórico, con especial hincapié en las monarquías, los imperios... Incluído el Imperio más famoso en estos días, que de historico no tendría nada salvo la posibilidad de que esté sucediendo realmente en alguna Galaxia muy muy lejana. Pues sí, señores. La fiebre del Resurgir de la Fuerza me hizo ser merecedor, por mi cumpleaños, de una elegante reedición de la Trilogía Primigenia de Star Wars. Sigo sin haber visto ni una de las películas en el cine, pero ahí estoy, criando una futura friki que ya me ha hecho prometerle que el libro será suyo en cuanto aprenda a leer. ¡Promesas que da gusto cumplir!

Haciendo una clasificación históricamente hablando -galaxias ajenas aparte-, en 2015 toqué la corona de los siguientes monarcas: 



      * Alejandro Magno, en un ensayo de Pierre Briant de la colección de bolsillo L&PM sobre la fulgurante carrera y fuerte personalidad del rey macedonio.



      * Trajano, en Circo Máximo, segunda entrega de la brillante trilogía de Santiago Posteguillo sobre el emperador hispano.



      * Sancho de Castilla y Fernando de León, hijos del emperador Alfonso VII, en ese estupendo 'Juego de Tronos a la palentina' ideado por Peridis en Esperando al Rey



      * Luis XI. EEl Jorobado de Notre Dame, el rey galo, tío de nuestro más conocido Francisco I, también tiene su papel en el porvenir de la zarandeada Esmeralda.

      * Napoleón Bonaparte, en los ya mencionados Episodios Nacionales, aunque no sea directamente, a fe que su participación fue fundamental para el desarrollo de los hechos.



      * Pedro I. Sobre el emperador brasileño tengo dos reseñas este año: 1822, el segundo libro de la serie histórica de Laurentino Gómes sobre los tres años decisivos de la formación de este país; y la novela biográfica de Javier Moro El Imperio eres tú



      * Carlos III. Otro que pasa fugazmente por la trama del libro, si bien también juega un papel necesario para que los Hombres Buenos de Pérez Reverte lleven a cabo su ilustrada misión.



Aparte de esos, podría referirme al aspirante a emperador Artur Mas, en el sarcástico y bien documentado estudio sobre Las cuentas y los cuentos de la independencia de Cataluña, del ex ministro Borrel y el economista Joan Llorach... Pero no le voy a dar tanta importancia a ese personaje. Punto.


Y por poner puntos, voy resolviendo esta relación con dos reyes del misterio... a su manera. El primero es Edgar Allan Poe, de quien reverdecí viejos recuerdos de infancia (cuando conocí su obra a través de las películas de Vincent Price) gracias a la recopilación Assassinatos na Rua Morgue e outros contos. El otro autor al que debo homenaje en este apartado es Francisco García Pavón, cuyo personaje principal, el jefe de policía Plinio, tan conocido por la generación anterior, casi había pasado desapercibido para la nuestra. Casi. 



Para finalizar este viaje por mi año literario, una última mención al cicloperiodista Alexandre Costa Nascimento junto a quien recorrí, a lo largo de las páginas de su Mais que um leão por dia, el continente africano a golpe de pedal hasta la Ciudad del Cabo.

Ahora sí, acabo. Feliz Año Nuevo lleno de buenos momentos, sean delante de un buen libro, viendo una gran película o riendo con la gente.