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viernes, 2 de abril de 2021

La extinción profunda de la noticia en papel


Cuando pisé Brasil por primera vez, hace más de 11 años, fueron muchas cosas las que me llamaron la atención. Pero una de ellas tiene mucho que ver con el tema que voy a desarrollar ahora y que está de infeliz actualidad, tanto aquí como allá.
En los grandes edificios residenciales donde se apilan los habitantes de clase media y alta, la garita del portero es un elemento tan fundamental como el ascensor de servicio -dios nos libre de coger el mismo ascensor que la empleada doméstica o el entregador de comida a domicilio- o la necesidad de mantener corrientes de aire para ventilar las viviendas.  

En dicha garita, a la espalda del portero, existen cajetines cuadrados, uno por apartamento para clasificar el correo y demás envíos y encomiendas, y donde a primera hora de la mañana asomaban los periódicos del día. Y sí, era una imagen digna de verse para un periodista. Porque en Recife eran tres los periódicos diarios generalistas que se editaban (dejo aparte los deportivos, sensacionalistas y demás morralla) y más o menos todo el mundo era suscriptor de alguno de ellos. En nuestro caso de los tres. Y también, escribo en pasado porque todo eso ha cambiado. 

Lo de los periódicos asomando enrollados por el vano cuadrado de los cajetines, cual lanzacohetes Katiusha listo para disparar sobre las líneas alemanas, era digno de verse. Pero ocurrió como con los pueblos de nuestra España vaciada. Que un día dejó de asomar el vecino de aquella casa. Otro día se cerró para siempre la puerta del de más allá. Al siguiente aquellas persianas no volvieron a levantarse, Un día la fila del pan ya no era fila, en el bar no había con quien jugar la partida... y cuando nos quisimos dar cuenta en el pueblo ya no quedaba nadie. 

Una mañana que bajé a recoger un paquete de correos me di cuenta. Nosotros ya no recibíamos periódicos desde hacía meses. Manteníamos las tres suscripciones digitales y accedíamos a la versión on-line o en pdf según nos interesara, pero en papel nada. Y por eso de nuestro cajetín ya no despuntaba papel alguno (el paquete estaba en el suelo porque no cabía) y del de la mayoría de los demás vecinos tampoco. Hablamos de un edificio donde podría haber aproximadamente medio centenar o más de suscriptores entre un periódico u otro.

Bueno, pues a día de hoy, de los tres diarios uno acaba de cerrar definitivamente su edición impresa esta semana dejando en la calle a otro chorreón de empleados, entre personal de redacción y de imprenta. Otro de esos diarios está desde hace algunos años que si cierra o no cierra, reduciendo a la mínima expresión su presencia física y su equipo humano. Y sólo el tercero parece que aún tiene fuelle para seguir imprimiendo, aunque sea a costa de mal tener una plantilla que en muchos casos se ha construido con los despojos de las constantes reducciones de personal de los que otrora fueran grandes emporios de la comunicación con trayectorias más que centenarias. La edición en papel, como vaticinábamos hace tiempo, pasó a mejor vida. Y la edición digital corre riesgo de morir por la falta de rigor de los lectores e incluso de los editores, de lo que también hablamos en su día aquí

El papel víctima de un ataque digital

Y ahora volvemos a la actualidad para referirnos a uno al que hace tiempo, con harto dolor de mi corazón, le vengo preparando la necrológica. Lo paradógico es que haya sido un ataque digital el que, momentáneamente, ha impedido su edición física estos días. El Diario Palentino, y con él algunos periódicos del Grupo Promecal, veía esta Semana Santa cómo tenía que salvar los muebles a base de edición digital. El problema es que, una vez resuelto el problema, muchos se darán cuenta de que tampoco se le ha echado tanto de menos y con ello deje de salir a la calle definitivamente el decano de la prensa palentina en el que he tenido el orgullo de formarme hace 20 años. Una lástima que algunos no vieran que seguir usando las mismas fórmulas comerciales y editoriales de dos décadas atrás puede no ser la mejor forma de preservar un medio en un momento tan dinámico como el que vivimos.

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lunes, 22 de febrero de 2016

¿Por qué un periódico digital no puede sustituir al de papel?


El periódico británico The Independent anunciaba la semana pasada su próxima transición definitiva del papel al digital. Uno más en todo el mundo o, como se enorgullecían destacando en titulares, el primero de Inglaterra, para tristeza de una legión de fieles seguidores que, inmediatamente, se manifestaba respecto a esta noticia como tradicionalmente se ha venido haciendo durante siglos: Con una carta al director

No me cansaré de decir que la pérdida, sentimentalmente, es muy grande. Enorme. Y que los beneficios para la empresa también. Para la profesión, tengo contrastadas opiniones sobre beneficios y perjuicios. Máxime por la forma de llevar a cabo esa transción por parte de las empresas y que generalmente han ido en detrimento de la calidad (que no de la cantidad) de la información. 


Porque transiciones traumáticas en el periodismo ya hubo otras, como cuando la informática simplificó al máximo el proceso de impresión, antes casi una obra de arte que empleaba a decenas de funcionarios en cada tirada y que hoy en día se resuelve con un esfuerzo minimizado, tal vez más de la cuenta. Y si no, que le pregunten a la figura del corrector, que se perdió inconvenientemente por ese camino. Afortunadamente buena parte de aquellos esforzados trabajadores de la rotativa pasaron del trabajo manual al informático. Como mis amigos Lauren y Sátur, instituciones vivas del periodismo palentino y, como ellos mismos reconocen entre bromas pero no sin un toque de realidad, verdaderos artífices del periódico donde generosamente aún dejan espacios para ser rellenados por redactores y fotógrafos.

A la derecha, Lauren Merino, creando la edición diaria del Palentino, dejando los pertinentes huecos para que después fotógrafos y redactores los rellenen convenientemente.
Pero volviendo a la pregunta del título, ¿por qué el digital nunca podrá sustituir al papel? Uno de los lectores del Independent, apicultor del condado de Dorset, lo deja claro con una pregunta concisa:



¿Cómo voy a encender un fuego
o juntar dos colonias de abejas
con una aplicación móvil?

Pues eso. Así de claro lo deja también un fabricante de pape higiénico con este vídeo:



Cada uno que saque sus propias conclusisones y, si quiere,
que abra el debate.

lunes, 18 de enero de 2016

El digital contra el papel. Un encuentro generacional

Star Wars o La Princesa Prometida? Íñigo Montoya contra Darth Vader. El kindle contra el libro.
Como ilustrador a lo mejor acabo siendo un buen escritor. No todos los encuentros generacionales
tienen por qué ser un camino de rosas. La coexistencia pacífica es cuestión de paciencia y entendimiento.

Me confieso: Si por mí fuese, el papel no moriría nunca. Como leí recientemente de alguna instabloguera de moda (no, no es que hable de moda, si no de libros, y con una lista de seguidores 'in crescendo' bien abultada, oh envidia), yo también soy de los que a veces temen que la proliferación de material digital acabe con la producción en papel y que las librerías desaparezcan como lo hicieron las tiendas de discos después del advenimiento de los mp3. En Palencia no olvidamos la peculiar transformación en cafetería de Debla y Discocenter -acabo de entrar en el enlace y da pena del pobre Alejandro Sanz, con todo lo que fue y que ahora no dé ni para llenar un bus de fans-, como los dos casos menos traumáticos de la extinción de las tiendas de música. 

Como periodista aún llegué a mamar la profesión manchándome las manos de tinta entre hoja y hoja y, sin embargo, hoy soy consumidor diario de entre tres y cinco periódicos en su edición digital, asistiendo también impotente desde el burladero a la desnutrición crónica que sufren las redacciones. Y me duele, porque veo que los intereses comerciales cada vez están más lejos -y se encargan de alejar al público- de aquella obra de arte del cotidiano de la industria impresa que, digámoslo claro, es más difícil de mantener que una web. 

En fin, luego vuelvo a pensar que son dos cosas engañosamente similares y por lo tanto, diametralmente distintas. El papel encuadernado no puede morir por el mero hecho de que a lo largo de los siglos se ha convertido en soporte duradero de la sabiduría universal, además de en objeto de culto cuyo gesto inicial, separando las dos manos excéntricamente, cada una soportando una tapa y su acompañamiento de páginas, es algo más que un ritual, una ceremonia. Por el contrario, el papel reciclado de uso y desecho diario vive de la inmediatez y, excepto en las hemerotecas de "se ve pero no se toca" -que para eso se inventó el microfilmado en su día- o forrando escaparates de comercios desafortunados, su destino no es precisamente el de prevalecer. 

Pero volviendo al tema, que me vuelvo a perder en historias: Como digo (y no me contradigo), hoy en día toda esa sabiduría está en la red al alcance de todos. Al hilo de la entrada que compartía recientemente, revolviendo en mis hemerotecas, sobre cómo hasta hace bien poco el acceso a incunables y grandes óperas primas estaba vedado sólo a estudiosos, hoy las cosas han cambiado. Y mucho. Y es precisamente el soporte etéreo, intangible, el que nos abre infinitas posibilidades alrededor también del papel.

Digital y papel están condenados a entenderse y coexistir como dos realidades paralelas. Y punto. Sirva para ilustrar esa coexistencia este ejemplo: Quien quiera consultar los clásicos, quien quiera beber de mil fuentes, devorar la historia de la literatura, la filosofía, el teatro, la poesía... ahí la tiene a su disposición casi entera (ver La literatura universal al alcance de todos). Y el que quiera saborear una buena cratera de Homero, degustar en Cervantes la intensidad de un buen queso curado, dejarse acariciar por un Garclilaso... En resumen: tener una experiencia sensorial completa, entonces ahí sí recomiendo desenpolvar la biblioteca.


Imagina la desesperación un día al querer acceder a algún contenido
de tu interés y ya no tener tecnología con la que lograr tu objetivo.
Ya pasó con el vídeo, pero nunca con un libro. Espero.
Para finalizar, permíteme una reflexión: H.G. Wells fue un visionario. Y como tal, sueños y pesadillas pueblan su imaginario. Como visiones de futuro le agradecemos, en La Máquina del Tiempo, la profecía del disco duro que eran aquellos aros giratorios donde, en el futuro, se condesaría todo el conocimiento de la humanidad. Como pesadilla, una escena me sigue impactando más que la de Charlton Heston postrado frente a los restos de la Estatua de la Libertad: aquella en la que Rod Taylor se desespera cuando un tomo de vete tú a saber qué se desintegra entre sus dedos y de un furioso manotazo convierte en polvo una estantería entera. Eso y pensar que en el futuro pueda no haber una tecnología capaz de soportar aquellos aros de conocimiento (o simple corriente eléctrica para hacerla funcionar) da repelús en la espalda.