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sábado, 5 de octubre de 2024

La península de las casas vacías: otra historia guerracivilista... y no

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Creí conveniente empezar por este conocidísimo poema de Machado para referirme a otra historia guerracivilista. Una más... O no. Me explico: 

David Uclés tiene el don de la palabra. Sabe contar historias, pero mejor: sabe crearlas. Tiene una imaginación desbordante, una originalidad sin igual, bebe de fuentes de inspiración definidas pero a ls que ha superado completamente. En su obra puedes intuir a Sánchez Ferlosio, a Gómez de la Serna o a García Márquez, pero en realidad estás leyendo a Uclés. Y eso le hace único. Y arriesgado, porque aplicar el realismo mágico a una herida abierta como ésta -que ya le vale, más de medio siglo después- puede tener un evidente efecto analgésico o raspar de un tirón la postilla.

Una de cal...

La península de las casas vacías es un meticuloso relato familiar, en el contexto espacio-temporal de la Guerra Civil, contado por un narrador tan omnisciente que llega a ser omnipotente. Interactúa con los personales: los reales, los figurados, los de relleno, los históricos, los que lo leemos... y se convierte en parte activa de la historia aunque su nacimiento no acontezca, evidentemente, hasta medio siglo después de los hechos contados. En un divertido juego de creacionismo, él mismo provoca situaciones, calamidades añadidas a las que ya de por sí marcan el perfil de la época, permitiéndose después paliar en parte el sufrimiento colocando, por ejemplo, un futbolín y un montón de pasteles para resarcir y endulzar el intervalo de los sufridores personajes tras un ensayo de Diluvio Peninsular previo a la guerra. Se citó con el mismísimo Franco en plena capilla del Conde Orgaz, tras la toma de Toledo, para cantarle las cuarenta; se excusó -sin acritud- por no haber sabido antes el verdadero nombre del fotógrafo Robert Capa; fue a visitar a Unamuno en su casa de Salamanca poco antes de su muerte; durante todo el relato nos regala -a los personajes y a los lectores- con una deliciosa selección musical; le pasó información de primera mano sobre el futuro resultado de la contienda al estado mayor del ejército gubernamental; le pidió a Orwell que cuidara del protagonista de la historia. e impidió que algunos personajes históricos como Companys intentaran cambiar el curso de la historia rindiéndose a la tentación de salir por patas cuando aún podía huir de Barcelona. Y hay interacciones que, como en el caso de la pobre Martina, el lector agradece sinceramente.

...y la de arena

Pero ahora vamos a la otra parte, la que puede raspar heridas... Y es que en un relato guerracivilista al uso, no siempre acabas dejando a todos en su sitio. La polarización es una tendencia: tiene que haber villanos, gente pichí-pichá y buenos, aunque sean buenos atormentados y falibles. Pero los malos no, estos son infalibles en su maldad. Y en este caso son los de Franco para abajo, que o son malos malísimos o como mucho, idiotas como aquellos que, a la orden de ¡Arriba España!, en el relato mágico se pusieron a construir andamios para elevar su entorno todo lo posible.

David Uclés dedicando un
ejemplar al que suscribe durante
la presentación en la
Librería Café Ateneo de Palencia
Porque sí que es cierto que Uclés no rebaja con agua la narración de la crueldad de una guerra fratricida, pero si en un lado se pueden poner paños calientes que lleguen incluso a justificar las maldades cometidas por ese lado, pues al final hasta el malo del lado bueno tiene redención. Que si la villanía de éste está justificada porque su víctima era peor; que si el otro, pobrecillo, suficientes luces tenía para empezar y acabar el día; o los de más allá, huérfanos adoctrinados por las circunstancias agravantes de su entorno. Pero los malos del lado malo no, ¿eh? A lo de esos se le debería llamar maldad con avaricia. 

En fin, que no voy a entrar en el juego del y sí, porque en el mejor de los casos la cosa acabaría en tablas infinitas. Y porque si hubiese acabado la cosa con la tortilla virada para el otro lado, a lo mejor era yo el que escribía la historia de mi abuelo como Uclés la de sus antecesores -ya quisiese yo escribir como Uclés, ya- y él dolido porque, cuando metes a todos los de una parte en la misma caldera de Pedro Botero, no te das cuenta de que, si lo analizas fríamente, esos malos malísimos que no te merecen el mínimo perdón una vez acabado el relato son los abuelos de media Iberia... Incluida la tuya por un lado u otro.

Pero sí, recomiendo el libro, y mucho, aunque sólo sea por deleitarse con la prosa lírica de David Uclés.


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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Los Miserables, según Torrente Ballester



Miserables, sí, de todo tipo y condición en el Madrid de mediados del siglo pasado: Putas de lujo y de tugurio de barrio, corruptos, trepas, siervos, maricones y lesbianas de clase alta, hipócritas, presuntos pederastas, represaliados, falsificadores... Gente socialmente en fuera de juego futbolístico. Off-side, como dice el título. Y sí, sí, todos ellos juntos en una novela escrita en tiempos de Franco y sobre los tiempos de Franco en el Madrid que era crisol y muestra de todos los vicios y virtudes de su época. Por poner una pega, diría que en este retrato costumbrista pudo faltar algún paleto desubicado de los miles que se empeñaban en rellenar a diario los huecos demográficos que ya no le quedaban libres a la Villa y Corte. Pero la novela es de Torrente Ballester y, al igual que Víctor Hugo con su monstruosa y meticulosa radiografía de la Francia postnapoleónica, el autor hace con ella lo que le da la gana. Sin tapujos y sin dejarse censurar por nadie.

¡Hala! Ha dicho censura. 

Pues sí. Torrente Ballester, ferrolano como el que gobernaba sin discusión -cosas de por la gracia de dios- desde el palacio del Pardo, falangista desencantado con el inmediato aburguesamiento de los idealismos que conquistaron a los primeros discípulos de Primo de Rivera, se despachó a gusto contra aquella sociedad hipócrita que lo mismo que iba a misa por decreto, antes de haber perdido el regustillo de la hostia consagrada ya estaba despellejando al prójimo del banco vecino. La paz sea contigo. Y se despachó el escritor gallego sin cortarse un pelo en los detalles escabrosos. Fíjese usted que con ello además echaba por tierra la injustificadamente generalizada fama de timorata de la intelectualidad residente. Porque claro, todo el mundo sabe que los intelectuales españoles valientes de verdad vivían todos fuera de España cuando vivía Franco.
¿O no?

Pues no. Todos no. Ahí tienes, si no, a los Delibes, Cela, Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Benavente, Ochoa... Y Torrente Ballester. Aunque sí que es cierto que éste, cuando acabó Off-side residía por motivos laborales en Albany (EE.UU.). Pero vamos, que el libro se publicó en España y ningún piquete fue a buscarle de madrugada a su casa a pedirle explicaciones cuando el autor regresó aún en vida de su excelentísima, y se reintegró sin mayores pegas en el sistema docente nacional donde tenía plaza fija. Y eso que el libro bien que merecía alguna explicación más y algún estudio más pormenorizado.  

Porque por lo que parece Off-side pasó sin pena ni gloria en su momento. Como leía el otro día de alguien que comentaba lo mismo, al parecer no se pudo censurar porque la novela era excelente, pero como rascaba postillas incómodas, para los mandamases lo mejor era no menearla mucho y dejarla correr. Aunque luego en los años 80 parece que alguien de la editorial Orbis quiso hacerle justicia e incluir el título en la colección de grandes autores Españoles del siglo XX como prototípico representante del también autor de la más conocida y exitosa Los Gozos y las Sombras. Y así fue como cayó esta novela en mis manos hace algunos meses como verso suelto de alguna colección desmembrada en puestos de mercadillo. ¡Benditos sean!

Y ojo, que Torrente ya era reincidente en eso de poner al aire las vergüenzas de la sociedad contemporánea -e insisto, nadie a efectos oficiales le dijo "oiga, córtese un poco por la cuenta que le trae, que tiene usted un cargo..."-. Años antes de encarnar al wilderiano Basil Hallward para trazar el descarnado retrato del urbanita Madrid sesentero, o de emular a su paisana doña Emilia Pardo Bazán para sacar del anonimato al paisanaje rural gallego de la inmediata preguerra civil en lo que acabaría siendo una  televisiva trilogía literaria, don Gonzalo ya había probado a escribir para el formato celuloide con el guión de la película Surcos, en la que se emula el neorrealismo italiano con Madrid otra vez de escenario, esta vez desde el punto de vista de los hiperpoblados suburbios capitalinos y el drama del éxodo rural -ahora sí- hacia la presunta tierra prometida donde confluían todas las miserias de un país políticamente aislado, bélicamente arrasado y socialmente atrasado en general en los primeros años 50.

El Rastro, ese icónico rincón de Madrid donde puedes
encontrar todo tipo de tesoros. / Foto: César Lucas

¿Y que de qué va Off-side, a fin de cuentas? Pues de un presunto cuadro de Goya que aparece de repente en el Rastro de Madrid y de cómo en torno a él girarán por unos días las vidas de influyentes banqueros con aspiraciones diplomáticas y hasta académicas, afligidos derrotados con miedo a olvidadas represiones, encubiertos maestros de la pintura y desinteresados expertos en la materia, decadentes aristócratas, cortesanas enamoradizas, recalcitrantes comunistas, aspirantes a suicidas e incluso los premonitorios antecedentes sobre un futuro presidente negro de los Estados Unidos que habría de llegar en la siguiente generación.

Y de las miserias de una sociedad presentada casi en clave teatral: composición de lugar, personajes, acción y acotación, diálogos, apartes... Ni más ni menos que lo que todo el mundo sabe que pasa, que está ahí, pero que asimilamos como parte de nuestro entorno en un retrato paisajístico cotidiano y costumbrista por el que deambulamos como don Gonzalo la primera y última vez que lo vi en persona, por los pasillos del Prado allá por 1990 y pico, cuando yo empezaba a tener conciencia de las personalidades literarias y la adaptación cinematográfica de su Rey Pasmado seguía resonando ocasionalmente en alguna sesión televisiva tras su éxito en los cines.

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Falcó y los dinosaurios que le sobraron a Pérez Reverte



A don Arturo con Falcó le pasó lo que a Spielberg con Los Picapiedra, que después de dejarse las pestañas pergeñando la tecnología capaz de dar vida a su Parque Jurásico, con los dinosaurios que le sobraron se sacó de la manga la reinterpretación del clásico televisivo de Hanna-Barbera. 


Pues eso, que parece que al cartagenero más internacional de nuestra literatura le sobraron otro tipo de dinosaurios y personajes cuando remató su didáctica y en este país siempre parcial visión de la Guerra Civil. Y digo lo de en este país, porque por mucho que se intente, no hay conversación, escrito, frase, mención, recuerdo o interjeción referente al período histórico nacional comprendido entre 1936 y 1975 que no te alinee automáticamente, a la vista de los demás, de nuevo al lado de uno u otro bando como facha de mierda, revisionista aprovechado o vete tú a saber qué otras lindezas. Y a don Arturo le ha pasado, claro, que como no pinta a unos como los malos más perversos del mundo, ni a los otros como una legión de adalides de la libertad, pues que si es un facha. Y como los de allá, según él, se la jugaban entre ellos a ver quién arrimaba mejor el ascua a su sardina mientras los de acá, pobrecillos, nos cuenta que en realidad estaban como pollo sin cabeza llevándose la peor parte, pues que ya está ese escritorzuelo de tres al cuarto intentando ganar la guerra moral para los que oficialmente la perdieron.

Y entre medias tenemos al clásico anti héroe revertiano, lobo estepario agraciado con el sex-appeal combinado de Humpfrey Bogart con el alto del Dúo Dinámico, hombre que lucha a lo suyo y por lo suyo, siempre en solitario excepto cuando la lucha es entre sábanas o concierne al contenido insinuado por una falda volandera o un escote más o menos generoso. Falcó se mueve como pez en el agua entre conjuras al más alto nivel, traiciones de la más baja estofa, mujeres ajenas y puntos cardinales. Pérez Reverte tirando de oficio, vamos.

El resto, pues supongo que se tejió a base de documentación sobrante, hechos acumulados e interesantes biografías que por unas o por otras, no tuvieron espacio (o no todo el que la situación o la imaginación permitían) en La guerra civil contada a los jóvenes. El autor se sacó de la manga una novela ágil, de acción trepidante y un trasfondo medio creíble y, como opinan algunos, una sonda para posibles continuaciones.

Por motivos de salud, a ése de ahí atrás le ahorraron hacer cameos forzosos por las calles de Piedradura.