Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hernández. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de octubre de 2024

La península de las casas vacías: otra historia guerracivilista... y no

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Creí conveniente empezar por este conocidísimo poema de Machado para referirme a otra historia guerracivilista. Una más... O no. Me explico: 

David Uclés tiene el don de la palabra. Sabe contar historias, pero mejor: sabe crearlas. Tiene una imaginación desbordante, una originalidad sin igual, bebe de fuentes de inspiración definidas pero a ls que ha superado completamente. En su obra puedes intuir a Sánchez Ferlosio, a Gómez de la Serna o a García Márquez, pero en realidad estás leyendo a Uclés. Y eso le hace único. Y arriesgado, porque aplicar el realismo mágico a una herida abierta como ésta -que ya le vale, más de medio siglo después- puede tener un evidente efecto analgésico o raspar de un tirón la postilla.

Una de cal...

La península de las casas vacías es un meticuloso relato familiar, en el contexto espacio-temporal de la Guerra Civil, contado por un narrador tan omnisciente que llega a ser omnipotente. Interactúa con los personales: los reales, los figurados, los de relleno, los históricos, los que lo leemos... y se convierte en parte activa de la historia aunque su nacimiento no acontezca, evidentemente, hasta medio siglo después de los hechos contados. En un divertido juego de creacionismo, él mismo provoca situaciones, calamidades añadidas a las que ya de por sí marcan el perfil de la época, permitiéndose después paliar en parte el sufrimiento colocando, por ejemplo, un futbolín y un montón de pasteles para resarcir y endulzar el intervalo de los sufridores personajes tras un ensayo de Diluvio Peninsular previo a la guerra. Se citó con el mismísimo Franco en plena capilla del Conde Orgaz, tras la toma de Toledo, para cantarle las cuarenta; se excusó -sin acritud- por no haber sabido antes el verdadero nombre del fotógrafo Robert Capa; fue a visitar a Unamuno en su casa de Salamanca poco antes de su muerte; durante todo el relato nos regala -a los personajes y a los lectores- con una deliciosa selección musical; le pasó información de primera mano sobre el futuro resultado de la contienda al estado mayor del ejército gubernamental; le pidió a Orwell que cuidara del protagonista de la historia. e impidió que algunos personajes históricos como Companys intentaran cambiar el curso de la historia rindiéndose a la tentación de salir por patas cuando aún podía huir de Barcelona. Y hay interacciones que, como en el caso de la pobre Martina, el lector agradece sinceramente.

...y la de arena

Pero ahora vamos a la otra parte, la que puede raspar heridas... Y es que en un relato guerracivilista al uso, no siempre acabas dejando a todos en su sitio. La polarización es una tendencia: tiene que haber villanos, gente pichí-pichá y buenos, aunque sean buenos atormentados y falibles. Pero los malos no, estos son infalibles en su maldad. Y en este caso son los de Franco para abajo, que o son malos malísimos o como mucho, idiotas como aquellos que, a la orden de ¡Arriba España!, en el relato mágico se pusieron a construir andamios para elevar su entorno todo lo posible.

David Uclés dedicando un
ejemplar al que suscribe durante
la presentación en la
Librería Café Ateneo de Palencia
Porque sí que es cierto que Uclés no rebaja con agua la narración de la crueldad de una guerra fratricida, pero si en un lado se pueden poner paños calientes que lleguen incluso a justificar las maldades cometidas por ese lado, pues al final hasta el malo del lado bueno tiene redención. Que si la villanía de éste está justificada porque su víctima era peor; que si el otro, pobrecillo, suficientes luces tenía para empezar y acabar el día; o los de más allá, huérfanos adoctrinados por las circunstancias agravantes de su entorno. Pero los malos del lado malo no, ¿eh? A lo de esos se le debería llamar maldad con avaricia. 

En fin, que no voy a entrar en el juego del y sí, porque en el mejor de los casos la cosa acabaría en tablas infinitas. Y porque si hubiese acabado la cosa con la tortilla virada para el otro lado, a lo mejor era yo el que escribía la historia de mi abuelo como Uclés la de sus antecesores -ya quisiese yo escribir como Uclés, ya- y él dolido porque, cuando metes a todos los de una parte en la misma caldera de Pedro Botero, no te das cuenta de que, si lo analizas fríamente, esos malos malísimos que no te merecen el mínimo perdón una vez acabado el relato son los abuelos de media Iberia... Incluida la tuya por un lado u otro.

Pero sí, recomiendo el libro, y mucho, aunque sólo sea por deleitarse con la prosa lírica de David Uclés.


También te puede interesar:

-Riña de gatos y el inglés que la lio parda en Madrid
-
Una elegía apócrifa al Poeta del Pueblo
-Antigüedad: Cuna de pilotos de guerra

-Los Miserables, según Torrente Ballester
-Líneas entre rejas: del poeta y el personaje encerrados al autor exiliado y el preso inspirado
-Falcó y los dinosaurios que le sobraron a Pérez Reverte
-El 2 de Mayo y los Episodios Nacionales

martes, 28 de marzo de 2017

Una elegía apócrifa al Poeta del Pueblo


"...En la cuna del hambre mi niño estaba.
Con sangre de cebolla se amamantaba..."
(Kikelin Caricaturas)
En mi juventud más exaltada -ese rayo vital que no cesa aunque con los años se aquieta- me dejaba empujar por los vientos del pueblo, idealizando mi tierra con fervor patriota. Fueron años de inspiración rapsoda en los que el Poeta del Pueblo, junto a Machado, Lorca o Espronceda, invadió por derechos parte de la parcela hasta entonces sembrada por Bécquer sin competencia.

Ya algunos años antes El Chivo, en sus clases de Lengua y Literatura de 5° de EGB, nos había tocado el corazón con su estentórea declamación del Niño Yuntero. Y cuando me hice padre me convertí en prisionero de mis sentimientos, emocionado cada vez que imaginaba las lágrimas del reo al pensar en la leche con dis-gusto de cebolla, ordeñada por un hijo que duró en la tierra lo justo para reencontrar a su padre en el cielo O donde fuera.

A Miguel Hernández, a pocos pasos de ésta que también fue su cárcel, dedico hoy mi agradecimiento por su fulgurante carrera y ese gran legado que tanto nos enseña del corazón humano.

lunes, 8 de febrero de 2016

Líneas entre rejas: del poeta y el personaje encerrados al autor exiliado y el preso inspirado

               "¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
                    Apurar, cielos, pretendo
                    ya que me tratáis así,
                    qué delito cometí
                    contra vosotros naciendo;
                    aunque si nací, ya entiendo
                    qué delito he cometido.
                    Bastante causa ha tenido
                    vuestra justicia y rigor;
                    pues el delito mayor
                    del hombre es haber nacido.

                    ¿Qué ley, justicia o razón
                    negar a los hombres sabe
                    privilegio tan süave,
                    excepción tan principal,
                    que Dios le ha dado a un cristal,
                    a un pez, a un bruto y a un ave?"

Con el comienzo del desgarrador monólogo de presentación del príncipe Segismundo en La Vida Es Sueño, del gran Calderón, arranco esta reflexión que venía hace tiempo pergeñando. Todo a raiz de leer un día la historia de Luiz Alberto Mendes, escritor que no se siente tal a pesar de vivir de los libros que ha escrito, educador convicto después de conocer los terrores a los que lleva el analfabetismo y la estupidez innata y, hablando de convicto, ex presidiario brasileño que aprendió a escribir y pensar entre rejas.


No podía dejar pasar las reseñas cinematográficas,
aunque sea a rebufo del calendario del Taco.
Y es que la falta de libertad y la literatura vienen de la mano desde tiempos inmemoriales. De una manera o de otra, ya sea la inspiración a la sombra como trasfondo de lo escrito o como fuente de ideas, así a bote pronto, me vienen a la cabeza, además de las palabras del pobre Segismundo, el eco de las Nanas de la Cebolla resonando entre los ladrillos de la Cárcel Vieja de Palencia o la de Alicante, las pequeñas alegrías y grandes planos de Edmundo Dantés y su amigo el Abate Faría, los versos afilados de Quevedo o las reflexiones siempre constructivas de Salvador de Madariaga.

En este caso, Mendes no tiene la fama de un Miguel Hernández (ni su trágico final), ni está reconstruyendo su vida post injusta reclusión al estilo de Jean Valjean. ¿El tipo mereció pasarse más de media vida en la cárcel? Él mismo no se corta y lo confiesa: sí. Y las varias veces que volvió, también. Pero sólo por el mérito que tiene por cómo se ha resuelto la vejez, teniendo en cuenta el funcionamiento del sistema penitenciario brasileño, merece todos los homenajes. Para quien no sepa un poco cómo funcionan las cárceles brasileñas, un ejemplo: Al Malamadre de Celda 211, o se lo comen con patatas entre los carceleros y los presos de cualquier presidio de mala muerte de por aquellas tierras, o lo ponen de asesor del secretario de vete tú a saber qué de la Comisión de Derechos Humanos y Libertades del Congreso. O acaba con la cabeza en una pica porque a uno de sus compañeros de jaula se le atravesó la última neurona con el pegamento que estaba esnifando. Olviden esas cárceles modelo con canchas de squash, rica programación cultural la semana de La Merced y triangulares de futbito con equipos de fuera. Allí el preso común sobrevive a machetazos o pasando desapercibido.

Sirva de referencia para conocer un poco más al respecto la obra del afamado médico y comunicador Drauzio Varela, Estación Carandiru, en el que relata sus experiencias propfesionales en uno de los conjuntos penales más conflictivos del mundo.

Panoplia habitual de las redadas llevadas a cabo en los
presidios de 'mi tierra'. En el vídeo de abajo, Errol Flynn
y Stewart Granger en un duelo de florete al amanecer.
Lo dicho. En un país con una población reclusa de más de medio millón de personas hacinadas en chiqueros desde los que siguen delinquindo sin cortapisas y donde se mata y se muere como si no hubiese guardas alrededor; un país que se preocupa más en discutir si incrementa o no ese porcentaje poblacional con los criminales a partir de 16 años y donde todo se dirime entre los defensores de los derechos humanos y los partidarios de enterrar a la gentuza; donde posiblemente se gaste más en armar a los policías que en educar con calidad a los ciudadanos; en ese marco, digo, llega un tipo que tambén mató y robó, que se tiró mas de media vida en ese ambiente tan apropiado y, contra todo pronóstico, consigue estudiar. Primero se alfabetiza, se saca el graduado, se titula en Derecho por correo, se vuelca en la alfabetización de sus comparsas y empieza a escribir libros. ¿El título del primero? Memorias de un Superviviente. Hace dos meses cerraba, 24 años después, la trilogía de su vida con Confesiones de un hombre libre.



Como decía al principio, muchos de los más preclaros autores de la literatura universal pasaron por el exilio o por la cárcel, experiencia que fue determinante para su obra. Como primer ejemplo, Cervantes, claro, que ya fue prisionero del turco en Argel y del católico en Sevilla, siendo aquí por lo que parece, donde embrionó el caballero Alonso Quijano. Otro ejemplo fresco (porque aún sigo ahí, disfrutando de su lectura) es el de Los Miserables de Victor Hugo, todo un tratado de sociología, historia, psicología, criminología, ética y filosofía donde se ve que las horas de reflexión del vibrante diputado y reputado escritor fueron bien aprovechadas durante el tedioso exilio en Jersey, cayendo
Sin tele y sin cerveza, Cervantes le da vueltas
a algo en la cabeza. (Vicente Barneto y Vázquez)
sobre el papel muchos de aquellos pensamientos madurados al fresco insular. Y qué decir de aquel gran maestro de la psique y de las fobias humanas, Dostoievski que, como otros tantos millones de rusos, supo lo que era pasar por lo más cruel de la reclusión. ¡Oh, Siberia bendita!

El siglo XX dio una infinidad de escritores hispanoparlantes lanzando desde la distancia forzada sus lágrimas, sus puñales y sus pensamientos contra la patria añorada. Entre los intelectuales españoles que la Guerra Civil esparció por el mundo (y los que no pudieron salir a tiempo y acabaron con sus huesos entre rejas, si no algo peor) y los autores sudamericanos a los que sus diferencias políticas convirtieron en personas 'non gratas' acabaron por crear una especie de Generación Desarraigada. 


Sin embargo, todos ellos eran ya escritores más o menos consagrados a los que la privación de su libertad dio aquel poso de reflexión, aquella mira profunda sobre el alma y la miseria humana. Banalizando: esa experiencia puso la guinda al pastel de su obra. En el caso de Luiz Alberto Mendes la cárcel no es el ingrediente determinante, esa hornada final. En el caso del brasileño, el calabozo, las privaciones extremas, el peligro, la miseria, la injusticia, son un todo para la formación de la persona, no sólo de la obra. Se convierte, a golpe de letras, en un guerrillero de la cultura. Lo que el sistema no garantiza (ni de lejos), él se propone asimilarlo y espacirlo a su alrededor. Demostrar que realmente existe redención en el sistema, a pesar del sistema. 


A la derecha, Luiz Alberto Mendes en alguna
presentación de su libro (Fuente: Facebook)
La redención a través de la palabra tiene, en este caso, un sentido mil veces más profundo y cierto que el de famosas Biblias carcelarias como la de Andy Dufresne o Frank Morris. Luiz Alberto, que nació analfabeto como Miguel Hernández, se consagra también a aquellos que, como él, por su condición ni soñarían en llegar algún día a otra vida que no fuese la que le marca la sociedad, ofreciendo su ejemplo personal como principal prueba de que se puede ser algo más que un simple pastor, más que un vagabundo, aunque todo se empeñe en demostrar lo contrario. Como último paralelismo, la cárcel que fue para ambos un capítulo fundamental: Para el criminal paulista, nudo vital. Para el poeta de Orihuela, trágico desenlace.

                    Tu risa me hace libre,
                    me pone alas.
                    Soledades me quita,
                    cárcel me arranca.
                    Boca que vuela,
                    corazón que en tus labios
                    relampaguea.