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miércoles, 8 de mayo de 2024

Bajo tierra seca y los crímenes de Gellida


Que César Pérez Gellida se ha convertido en un referente por excelencia de la novela negra española contemporánea creo que ya nadie lo pone en duda ni se le pasa por la cabeza discutirlo (y si se le pasa, las reclamaciones allá abajo, que aquí se lee y se responde todo). Recién pasada la última página de Bajo tierra Seca, su última novela, y una charla mediante con el propio Gellida esta semana, me pongo un poco más al día con un autor al que le debía ésta. Me explico:

Es casi paisano (que de Palencia a Pucela no hay nada, y menos cuando hay voluntad de estar y querer/admirar una u otra ciudad indistintamente), lo que ya le daba motivos para llamar mi atención literaria desde temprano. Infelizmente, por cronología, Gellida se lanzó al ruedo cuando yo andaba un poco lejos de aquí, en Brasil nada menos, enfrascado en la vida de empresario y padre de retoñas de corta edad... Así que cuando quise ponerme al día con este novelista de arranque explosivo y ritmo mantenido, pues eso, ya era un tío más que consolidado. 

Luego sí, pasé un poco por encima de la que ya era la primera parte de Memento Mori (a esta trilogía ya le seguía otra si no ya completa, en proceso) y luego a otras cosas... Hasta hace un par de semanas que mi buen amigo Ángel Iglesias me anunció en primicia la llegada de César a Palencia para presentar su nueva perpetración. Un anuncio que llegó con el compromiso aparejado de ser yo quien lo presentara. ¡Qué presión!

¡Pero quién dijo miedo!

Así que a falta de otras doce novelas por leer me metí de lleno bajo tierra seca -juego de palabras para lectores observadores- y no saqué la cabeza hasta que no me quedé a gusto -y tan a gusto- con el resultado. ¡Qué ambientación! ¡Qué ritmo! ¡Qué personajes! En fin. En cuatro trazos y a costa del cabreo del autor por la comparación, una clásica peli del oeste ambientada en la España profunda, la Extremadura miserable, de principios del siglo XX. No le falta de nada: el héroe torturado por su pasado con dos estrellas de teniente -de la Benemérita- en vez de una de sheriff, un subalterno fiel con galones de cabo, un terrateniente malvado rodeado de sicarios de poco cerebro y mucho plomo en las cartucheras, una mujer fatal... Lo dicho, ese estereotipo cinematográfico con el que muchos pasamos nuestra infancia mientras ignorábamos que eso mismo que veíamos en la ficción de las películas no le llega a la suela del zapato a la realidad de nuestro propio pasado. 

Imaginando a los protagonistas

A ver ¿quién no ha puesto alguna vez la cara de algún personaje de la pantalla al personaje de la lectura que tiene entre manos? Bueno, pues aquí abajo muestro un poco gráficamente cómo me fui imaginando a algunos de los protagonistas de Bajo Tierra Seca... y otros a los que les he puesto cara después para completar el vídeo.

Creo que no le hizo mucha gracia a Gellida la caracterización. Es decir: cuando lo vio se partió de risa, aunque posiblemente por lo tosco de la producción. De hecho, de la presentación del libro me llevé el casi compromiso/amenaza de protagonizar la primera muerte de su próxima novela. Bueno, yo no, un personaje calvo y de barba roja despellejado lenta y dolorosamente... ¡Aunque me felicitó por mi entusiasmo!

No se puede negar que nos echamos unas risas. / Foto: Manuel Brágimo
Y lo cierto es que razón no le falta -en lo de mi entusiasmo tampoco- porque lo triste es que muchas generaciones han crecido -y pocos lo hemos corregido- pensando que la realidad es la que muestran las producciones norteamericanas, obviando muchos lo nuestro y dándolo poco menos que por fantasía irreal o realidad vergonzosa. ¡Pues claro que aquí había -¿y hay?- terratenientes y caciques! Como también había -y hay- héroes anónimos a los que les pesaban más en la cabeza sus miserias que su altruismo natural (ya sabes, aquello del hombre que es bueno por naturaleza). Pero suena mejor que se llamen sheriff Smith que teniente Gallardo, y nos atrae más el currículum de un veterano de Gettysburg que el de un derrotado de Filipinas. 

Así que sí, gracias hay que darle a Gellida por recrear este guión entre Zafra y Almendralejo en vez de algún Rocky Gulch, Tucson, Eagle Crest... o cosas así, con personajes como los guardias civiles Martín Gallardo y Darío Pacheco, la viuda Antonia Monterroso, el malvado Ramón Acevedo y su sicario Patricio Carvajal, el reo Jacinto Padilla, el inocente Goyito Espinosa o la pobre Rosario... por decir algunos.

Post data:

¿Y cómo no acordarme de un antecedente de la trama de Gellida como fueron las novelas de Francisco García Pavón protagonizadas por el especialista en misterios Plinioagente municipal de Tomelloso y cronológicamente más o menos contemporáneo de su compañero benemérito Martín Gallardo? Si se le hubiesen complicado las cosas al guardia civil de Almendralejo, bien que podía haber pedido el apoyo del Sherlock Holmes español en comisión de servicio.

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jueves, 18 de enero de 2024

De libros por Valladolid


Ahora entiendo mejor a esas personas -intentaré evitar etiquetas encasilladoras- que "salen de compras" por el mero placer de recorrer tiendas aunque al final, después de horas, no hayan adquirido más que una o dos prendas y probablemente en absoluto imprescindibles. El otro día nos sorprendimos Naide y yo haciendo precisamente eso mismo aprovechando un viaje relámpago a Valladolid. Tras cumplir con una serie de compromisos y recados nos escapamos en el ratillo restante a recorrer algunas de las librerías que forman parte de mi contexto juvenil.

Porque algunos de los mejores años de mi vida -y los de cualquier estudiante- los pasé en un entorno privilegiado a orillas del Pisuerga... o un poco tierra adentro. Fue en Valladolid, ciudad que heredó y multiplicó la tradición universitaria y cultural -y mucho más- de Palencia cuando ésta fue perdiendo peso en el panorama sociopolítico de la vieja Castilla. No voy a entrar en rivalidades fútiles que, a fin de cuentas, en el mejor de los casos sólo añaden un poco de pimienta en esta relación secular entre ambas ciudades. Al contrario, vengo como palentino a alabar en lo que se convirtió nuestra vecina y de donde, como digo, guardo los mejores recuerdos.

Y ahora lo del entorno privilegiado: ¿alguien se ha parado a contar cuántas librerías y de qué calidad y variedad se albergan entre un puñado de calles del centro histórico vallisoletano? Yo, concretamente no. Durante mis años de estudiante me dediqué a disfrutarlas sin mayor preocupación. La mastodóntica Máxtor, la recoleta Sandoval o la muy especializada Eurobook son algunas de las que acogían mis pasos perdidos cuando no encontraba compañía para echar la partida en los ratos libres que nos fabricábamos algunos compañeros como aplicados estudiantes que éramos -entiéndase la ironía de la cursiva-.

Máxtor es panorámica en sí misma.
Había otras librerías, como la Petrarca o la ya desaparecida Rayuela en ese radio de 100 o 200 metros alrededor de la puerta del centro donde me formaba como periodista, que a pesar de sus sugerentes nombres no fueron de las que más me llamaran a recorrer sus estantes. Pero ahí estaban. Y ampliando el rango estaban Oletvm, Castilla Cómic -para mí, templo del frikismo viñetista la sucursal de los entornos de la Catedral, y de otros tipos de literatura, historia y frikismo en general la de la zona de la Plaza de España-, la librería Universidad o la cinéfila y artística El Árbol de las Letras.

Fotogramas del programa 'Un país para
leerlo` dedicado a Valladolid.
Recomendación televisiva.

Sí, me dejo muchas, pero éstas son las que recuerdo porque son precisamente las que pisé en mayor o menor medida durante aquel lustro y pico que anduve rondando la vida universitaria. Y tan buen recuerdo me dejó esa vida que ahora que soy más bibliófilo y lector que antaño, no puedo dejar de dar una pasadilla por la zona cuando me surge la oportunidad, no tanto para entrar en algún bar de los de antaño como para comprobar, para nuestra alegría, que la fauna librera lejos de mermar, se ha multiplicado. Por poner un ejemplo: un día de estos, viendo el programa Un País para Leerlo, me quedé con la mosca detrás de la oreja porque el simpático presentador, Mario Obrero, visitaba un espacio con un delicioso olor a vetusto que me era totalmente desconocido.

"¿Sandoval en la plaza del Salvador? El caso es que ese nombre... pero el espacio no me suena de nada y por ahí sólo conozco otra más moderna... ¡Habrá que ir!"

Y fuimos, claro.

De camino paramos en un inmenso espacio de dos plantas y relativamente reciente apertura, Margen Libros. ¡Qué alegría dá ver que la demanda permite abrir lugares así, tan grandes y llenos de género variado! Y llegamos a la famosa Sandoval. Efectivamente, el nombre me sonaba, pero no el espacio, ya que éste era una sucursal de la que yo frecuentaba antaño en la plaza de Santa Cruz y que, si no lo conocí antes, fue por puro despiste porque abrió sus puertas con motivo de los 25 años de la tienda original. ¡Y qué puertas, y qué espacio! Nadie diría que lleva ahí 'sólo' 25 años.

Fotogramas de la película 'Voy a pasármelo bien',
localizada en la librería Clares.
Visto en el cine.

Lo cierto es que esta zona de Valladolid, aunque céntrica, como nos explicaba el
librero Miguel Jesús Sánchez
, ha sufrido una bienvenida revitalización precisamente de finales de los 90 para acá. Y con ella han llegado muchas librerías, como digo, aunque otras llevan por ahí décadas y, para mi escarnio, no todas las conocía yo. Cosas de cuando eres joven y acabas sucumbiendo a la llamada de las sirenas de bares y discotecas -también la oferta es infinitamente superior, todo hay que decirlo-. Pero ¿ves? Al final lo que tiene poso es lo que queda, porque no recuerdo el nombre de media docena de aquellas parroquias donde quedábamos para tomar un chisme o lo que se terciara, y las librerías en cambio te las ubico sin GPS. Y aprovecho para ampliar esta base de datos con la librería Clares, "la más antigua de Valladolid".

Porque anda que no habré pasado por delante infinidad de veces. Pero será por las prisas, por ir siempre a tiro fijo por esa zona hacia Castilla Cómic, o porque un enorme y no muy estético quiosco tapa la casi totalidad de su diminuta fachada, hasta este día que acabamos yendo 'de libros por Valladolid' nunca había reparado en Clares. ¡Y mira que la he visto hace poco en la tele también! Sí, sí, un compendio de nostalgia de manual: en la peli basada en la música y la época de los Hombres G ‘Voy a pasármelo bien’. Es la que aparece en eso que podríamos llamar 'flashforward' donde trabaja el protagonista ya adulto al estilo Hugh Grant en Notting Hill.

Sí, qué pasa. ¡Ese Tintín ahora es nuestro!
En fin, que Isabel no será -ni mucho menos- el timorato actor inglés, pero que historias tiene para contar de los 60 años de este delicioso rinconcito de Valladolid que compite en coquetón aspecto con el reloj de cuco acallado a la fuerza colgado junto al mostrador, las tiene. ¿Que quieres saber la historia del cuco? Primero te paras frente a la fachada del establecimiento y luego vas y le preguntas a ella mientras pierdes la vista por viejos lomos de la colección Austral o los cómics de Tintín y Asterix de aquella época... y libros nuevos también, claro.

Y por aquí voy acabando, porque si no, no acabo. Porque me quedan en el tintero un montón de sitios que han ido abriendo por los entornos de la Universidad en estos últimos 20 años -¡amén!- o que al menos yo no he conocido hasta mi retorno, y a los que les debo una visita sí o sí. Sitios como Re-read, Libros y Libros, la Parada de los Cómics, en un Bosque de hojas... Una visita que quedará para la próxima vez que vengamos de libros por Valladolid.


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Cosas de japos. Una librería para un único libro

sábado, 23 de julio de 2022

Un viaje por el Tren Burra más allá de las páginas del Secundario

Llevando el viaje del papel al campo
en Mazariegos.
Sin duda, uno de los mayores éxitos que se le pueden achacar a un libro es el hecho de que, una vez acabado, quieras darle continuidad más allá de sus páginas, en el mundo... 'real'. No quiere decir esto que cuando acabes El Señor de los Anillos busques la alianza de tu bisabuela y te embarques en lo primero que encuentres que te lleve a Canarias para echar el anillo por alguna grieta humeante. Bueno, a lo mejor un poco también sí. La cosa es que quieras extraer y preservar la experiencia que has disfrutado a través de la lectura, buscar sus paralelismos mas allá de los lomos del libro, o su continuidad en nuevas lecturas. Continuar el viaje, en fin.

Y es lo que ocurre cuando cierras Secundarios de Castilla: Historia, recuerdos y vestigios de los ferrocarriles de vía estrecha de Tierra de Campos, Torozos y Vega del Esla. ¿Que el título es un poco largo? Casi más que el propio tren con todos sus vagones. O más que la extensión de su trazado y de su historia si la calculamos en tiempo ordinario. Porque sin embargo su leyenda, su recuerdo, ése no se puede abarcar. Al menos no si se mantiene la memoria de los que en menos de un siglo vieron nacer y apagarse un proyecto -varios- que trajo un rayo de esperanza, de progreso y de industria a una tierra que hoy no es ni una sombra demográfica e industrial de lo que casi fue hace cosa de cien años.

Mi generación ya casi no sabe lo que es un tren de vía estrecha excepto por algunos que deben andar por ahí por el norte. Una cosa de lo más exótica, oiga. Vemos esas grandes construcciones de ladrillo rojo desmoronándose a un lado de la carretera y casi ni percibimos que su estampa se repite clónicamente varias veces a lo largo de los kilómetros, con más o menos suerte según el término municipal al que pertenezca lo que en su día fue la estación local de ferrocarril.
El último Tren Burra a su llegada a la estación
de Palencia. 
(Luis Muñoz/Apuntes Palentinos)
Nos suenan las historias del abuelo hablando de un tren apellidado burra -Tren Burra- e imaginamos estampas de posguerra
, con un montón de paletos con boina atestando viejos vagones y fumando picadura, y señoras de largas sayas y cestos cargados de productos para vender y cambiar en el mercado de la capital. Un tren a lo farwest atravesando las llanuras a paso de... pues eso, a paso de burra.

Y de cierta forma por ahí van los tiros. Literalmente todos. Los del tipo de boina enroscada, los de la señora y su cargamento e incluso lo del tren de farwest huyendo de una banda de cuatreros a caballo. Es la historia de una arteria que muchas veces creció más al calor de los intereses políticos que sociales o económicos de verdad. Ya existían los trenes grandes, los que hacían grandes trayectos y tiraban de grandes composiciones entre puntos muy distantes. Son los que hoy conocemos bajo la marca de Renfe. Los de la red principal. Los de la red secundaria, su propio nombre lo dice, no eran tan ambiciosos y precisamente eso pudo haber sido lo que los condenó en muchos casos. Como pasó con el llamado El Económico, un tren que haciendo justicia a su nombre, nunca demandó grandes inversiones de sus dueños, que a su vez siempre obtuvieron parcos beneficios y que por consiguiente acabaron dejando agonizar una línea que era motivo de chacota para los propios usuarios que se beneficiaron de su paso entre Valladolid y Medina de Rioseco.

Viajando más allá del libro

Mejor consideración tuvo el Tren de las Mieses que hasta contó con presencia real cuando efectuó su viaje inaugural entre Palencia y Villalón. El mismísimo Alfonso XIII tuvo a bien mezclarse entre el populacho a convite del empresario y político local Abilio Calderón (para entendernos: el cacique local hacía crecer su propio prestigio a costa de los beneficios obtenidos para la tierra a la que representaba y de la que extraía su riqueza -¿simbiosis, parasitismo, mutualismo?-, algo que en su día le valió ganar nombres de plazas y calles y por lo que ya ha sido convenientemente purgado según las actuales leyes llamadas de memoria histórica).Y sin embargo, con toda esta pompa y con todo lo que sirvió para exportar fuera de Tierra de Campos, el granero de España, el oro terracampino, incluso pese a su participación en dos spaguetti western y salvando honrosas excepciones, el Tren Burra más palentino es hoy apenas un conjunto de fantasmas de ladrillo rojo al borde de la carretera.

Con la chimenea de La Electrolisis al fondo.

Podría hablar aún de La Estrechina y del Charango, las otras dos líneas ferroviarias secundarias reflejadas en el libro de Ignacio Martín y de Wifredo Román, pero como decía al principio, te invito a que empieces aquí tu viaje, en el mismo punto donde quiero continuarlo yo. Porque si algo ha provocado este libro escrito a partes iguales como un relato histórico, un homenaje nostálgico de anécdotas y recuerdos y una guía turística de este cacho de mal llamada España vaciada, es querer recorrer de nuevo esos trazados rectilíneos y casi llanos por donde humearon, hasta 1968, las locomotoras del Tren Burra.

Hace más de 50 años que se apagaron sus chimeneas pero su historia sigue muy viva pese al abandono. Por eso las ganas que dan es de coger la bicicleta (y ojo que lo dice uno que es peatón impenitente), salir de la antigua estación de Los Jardinillos de Palencia convertida en sede de la Banda Municipal de Música, y enfilar la actual vía verde adecuada sobre el trazado ferroviario hasta Villarramiel, pasando por el mirador de Mazariegos, y descubriendo así dónde más se han recuperado las viejas infraestructuras y dónde no, de este cacho de nuestra historia que no podemos dejar morir.

¿Te apuntas al reto?

 


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miércoles, 13 de julio de 2022

Con un libro en el ascensor


Que la inspiración te pille trabajando. O por lo menos con un lápiz y un papel a mano. Y si te quedas preso en un ascensor, que sea con un libro a tiro. El móvil también es válido, pero como andes corto de batería es como tener tabaco en medio del campo y no tener mechero. 

 Pensando en ello, es curioso cómo hemos modificado nuestros conceptos. Antiguamente podías ver a personas por la calle leyendo el periódico o hasta un libro -¿y qué me dices del tipo al que pilló el helicóptero de la DGT enfrascado en vete tú a saber qué novela mientras hacía kilómetros un poco más allá del límite permitido en la vía?-, y a nadie le parecía mal. Bueno, el que conduce y lee sí. Pero el resto al contrario. Y hoy en día te cruzas por la calle con nueve de cada diez personas con la vista enfocada sobre la palma de la mano y lo primero que piensas es en defenestrar a las susodichas antes de enfrascarte, tarde o temprano, en la misma actividad. Igual dá que estés leyendo las noticias del día o algún libro digital, o viendo un vídeo de macacos bailando o de perritos y gatetes en situaciones cómicas. O repasando la actividad fútil del día de algún grupete de amigos en redes sociales. 

 

Llevo ya media hora aquí pensando. En realidad, el libro poca atención se está llevando, dado el nivel de pensamientos voladores que la situación provoca. Empezando por arrepentimiento por obviar las señales.

(Nota mental: si un ascensor con 40 años de trayectoria vertical hace un amago de no cerrar su puerta, plantéate subir por las escaleras. Tus piernas te lo agradecerán).

 

Así que aquí estoy ahora, con un libro entre las manos y la tentación de escribir un montón de cosas que están pasándome por la cabeza, pero sin mayor opción que dictárselas a un teléfono, boqueante como pez fuera del agua y cuya batería hay que preservar a capa y espada por si se necesita en caso de emergencia.

¿En este caso, por ejemplo? Por ejemplo. 

 

Qué buenos tiempos aquellos en los que siempre llevabas un bolígrafo colgado del bolsillo del pantalón. Deformación profesional. Hoy sigues dejando uno o dos por cada abrigo. El problema llega cuando llega el verano y te despojas de cualquier capa imperiosamente innecesaria. Al menos con el boli a mano, papeles para plasmar esos aerolitos mentales no faltan en servilletas de bar, recibos de cajeros electrónicos o tiques de compra. Así anda aquel baúl no tan olvidado en casa de los abuelos: lleno de versos perdidos, ideas peregrinas y desvelos de madrugada rumbo a casa tras otra juerga adolescente. Y ahora con la amenaza pendiente de irse todo al contenedor si no paso pronto a rescatar continente y contenido del fondo del armario que un día fue mío pero que hoy forma parte de mi pasado en la casa que ya no es mi hogar, aunque aún me acoja de puertas abiertas con cerveza fría, cacahuetes y conversaciones paternales -sea lo que sea el contenido de las mismas- cuando voy por ahí.


Ay, si además de un libro tuviese un boli por aquí...

martes, 29 de diciembre de 2020

El tumor

*Masa de células transformadascon crecimiento y multiplicación anormales.

Cierto día apareció el individuo -no veo dos-, la célula primigenia, ajena en un entorno, un organismo, lleno de otros que como ella aparecieron y se expandieron. Crecieron en número y experiencia e hicieron crecer con ellos ese entorno. Pero este individuo concreto se comportaba de forma muy distinta. Al ver la riqueza que le rodeaba decidió asentarse, crecer, reproducirse y disfrutar los recursos a su alrededor, hasta ahí como los demás, pero sin pensar en el mañana. Los otros tampoco es que lo pensaran mucho pero mantenían un equilibrio inconsciente, secular. Pero equilibrio a fin de cuentas.

Y así, como una mancha negra se fue extendiendo, el invasor, sustituyendo con sus voraces unidades las de los otros seres que le rodeaban y que ahora sólo eran meros instrumentos para su expansión. Si se daba cuenta o no de su labor suicidamente destructiva nadie lo sabría decir a ciencia cierta, pero ahí estaba, sabiendo que el espacio cada vez era menor, consciente de que debía saltar a un espacio nuevo porque su reciente colonización estaba a punto de agotarse. Reseca. Muerta.

Pensaba que no tendría depredadores -aparte de sí mismo-, pero sí. A veces fuerzas externas llegaron para acabar con SU plaga. Fuerzas por momentos tan agresivas o más que este ente y todos los suyos juntos. Fuerzas miopes que no reparaban en cómo, al acabar con un mal, también devastaban todo alrededor de éste. Indiscriminadamente. Mientras, el invasor, si se daba maña, podía saltar al entorno vecino para seguir su labor lejos de la depredación ajena. Concentrado en la suya propia.

Y así fue acabando con todo. Con toda la vida. Incluida la suya propia. Llegó a un punto en el que este individuo eran tantos como él, tan improductivos y destructivos, que todo lo demás era yermo. Y esa mancha oscura que les representaba dejó de pulsar. Dejó de crecer porque ya no tenía hacia donde ir. Porque había acabado con todo. Aquel continente. Aquel organismo hecho de otros organismos menores y miembro a su vez de más organismos superiores, murió. Se consumió con todo lo que llevaba dentro, incluido el que provocó su final. 

Inspirado en Asier Aparicio y Félix Rodríguez de la Fuente. 

sábado, 8 de junio de 2019

Antigüedad: Cuna de pilotos de guerra


César y Augusto Martín Campo lucharon en los cielos de España, abriendo los caminos del aire a sus paisanos de la localidad palentina. Casi 70 años después, uno de sus 'descendientes' recogió en un libro los hechos de estos dos hermanos.

(texto elaborado para la agencia ICAL en enero de 2006)
Algo tiene Antigüedad, un pequeño pueblo del Cerrato palentino de no más de 400 habitantes censados a fecha de hoy. Y es que de esta localidad han surgido tradicionalmente pilotos y miembros del Ejército del Aire desde que este cuerpo se encontraba aún en pañales en España. A esta época pertenecen los hermanos Martín Campo, César y Augusto, que a finales de los años 20 descubrieron el mundo de la aviación de forma casi paralela.

Y ha tenido que ser otro antigüedeño ligado al Ejército del Aire, el teniente coronel y piloto Jorge Clavero, quien recogiera las peripecias de sus dos antecesores fallecidos durante la Guerra Civil, cada uno sirviendo a un bando. En un estilo casi novelado, pero basado en datos reales, experiencias y anécdotas de quienes vivieron aquella época y conocieron a los dos pilotos, Clavero ha creado un interesante libro, testimonio de una época ya lejana.

César Martín Campo, el mayor de los dos hermanos, accedió al incipiente arma aérea a través del Ejército de Tierra, donde llegó al grado de teniente de Caballería. Experimentado jinete de competición (lo atestiguan sus premios y menciones), tuvo su primer contacto con la aviación a través de su hermano Augusto.

El segundo de los Martín Campo, Augusto, fue en realidad el verdadero pionero e inductor, ya que a través de él fue como su hermano tomó conocimiento de la aviación. Augusto dejó los estudios para ingresar en el Ejército en la escala básica de Caballería, buscando estar a las órdenes de su hermano. En un permiso en Madrid, el soldado Martín Campo entabla amistad con quien acabaría siendo jefe de la aviación republicana, Andrés García Lacalle, y juntos ingresan en una academia de aviación civil.

Piloto civil. 

Corrían los últimos años 20, y los aviones con que contaba España en su parque aéreo tanto militar como civil, no pasaban aún de ingenios de tela, madera y metal. En el Aeroclub de Alcalá, Augusto realizó ‘la suelta’ en un viejo Avro 504 de entrenamiento y reconocimiento aéreo en febrero del 28. 

Su hermano mayor no realizaría el cambio de montura (a los 80 caballos de potencia del motor Gnome montado por los Avro) hasta el año 30, cuando ingresa en el curso de Oficiales Aviadores impartido en Cuatro Vientos por el capitán Mariano Barberán (quien alcanzaría la gloria a bordo del Breguet XIX ‘Cuatro Vientos’al atravesar en el 33 el Atlántico de este a oeste –España-Cuba-, en la mayor distancia aérea cubierta hasta el momento sobre el mar).

Antes de lograr César el título de piloto militar (tenía que pasar por el curso de observador y mecánico), su hermano ya había logrado convertir sus ‘alas’ civiles en militares, accediendo en el 32 al título de ametrallador bombardero. Ya con el grado de sargento, Augusto pasaría a la base de Los Alcázares de Cartagena como instructor de ataque a tierra.

Sobrevolando Antigüedad 

El 29 de mayo de 2005, cinco aparatos de entrenamiento de la Patrulla 41 con base en Matacán (Salamanca) y otros tres cazas del Ala 15 de Zaragoza ofrecieron un espectáculo aéreo sobre el cielo de la localidad palentina. Formaba parte del homenaje a los dos hermanos Martín Campo. No obstante, no era la primera vez que los aparatos voladores revolucionaban la apacible vida cerrateña.

En uno de los capítulos del libro, el teniente coronel Clavero relata el primer episodio aéreo de Antigüedad, ocurrido el 24 de febrero de 1934 cuando estaba anunciado el aterrizaje del teniente César Martín Campo. A bordo de un Breguet XIX del Grupo 11 de caza con base de Getafe, César se desvió unas horas de un viaje de servicio a Burgos para estar con su familia. Los más mayores del pueblo aún recuerdan cómo tomó tierra y más tarde despegó el avión con ayuda de los vecinos en la era de Valdeostillo.

Y en esta situación llegó la Guerra Civil. El 17 de julio de 1936, Augusto servía en la base de Los Alcázares y César en la de Getafe, mientras que su madre y sus tres hermanos pequeños se habían trasladado a vivir a Madrid. Todos ellos se hallaban en el lado fiel al gobierno republicano. 

Su forma de pensar y vivir no compatibilizaba con el tipo de régimen existente, por lo que los dos pilotos, junto a otros dos compañeros de César planearon la deserción. Hasta el siete de agosto, tanto el César Martín y sus compañeros del frente de Madrid como su hermano en acciones sobre el Mediterráneo cumplieron con su obligación como militares. Ese era el día planeado para coordinar el plan de huida, los de Getafe hacia Burgos y el de Murcia a Sevilla.

Amenazado

Un cambio temporal de destino de Augusto impidió que llegara el mensaje cifrado de su hermano, que sí logró llegar a las líneas nacionales. Por la deserción de su hermano, Augusto fue encarcelado y puesto en libertad, pero amenazado por las autoridades republicanas con la vida de su familia civil en Madrid si seguía los pasos de César.

El mayor de los hermanos sufrió las sospechas de espía en el bando nacional por la tardanza en su cambio, pero finalmente fue asignado a una escuadrilla de caza, sobre el mismo avión Nieuport 52 con el que se fugó (pertinentemente repintado ya con las escarapelas negras y las aspas de San Andrés en el timón de cola, emblemas de la aviación sublevada). Posteriormente, con la llegada de material y personal alemán, César Martín Campo entra a formar parte de ‘La Cadena’, el cuerpo de bombardeo desarrollado en la guerra española consistente en un ataque continuado a tierra como si los aviones formaran eslabones. 

Augusto había conseguido disipar la amenaza sobre su cabeza y la de su madre y hermanos a base de sobreesfuerzo en el campo de batalla. Cuando fue destinado a los nuevos Polikarpov RZ ‘Natacha’ soviéticos aún tuvo problemas como hermano de un enemigo, pero sin mayor problema hasta el mes de junio del 37, en que fue envuelto injustamente en un caso de deserción. Dos de los implicados fueron sentenciados a pena de muerte, mientras que al ya teniente Augusto Martín Campo lo condenaban a 30 años de prisión y trabajos forzados.

El fin

Encerrado en la prisión de Montjuich, Barcelona, lo último que se supo del teniente Martín Campo fue su baja definitiva en la aviación republicana el 7 de agosto de ese mismo año. Su vida, a partir de ahí, desaparece del mapa, borrada tanto física como legalmente por el derrotado ‘ejército rojo’.

Por su parte, el capitán César Martín Campo, jefe de 2ª la escuadrilla, cayó en acto de servicio apenas una semana después en el frente de Cantabria cuando, tras una misión de apoyo a los Tercios de Navarra, su avión sufría un aparatoso y mortal accidente sobre Reinosa.

Ellos fueron los iniciadores de una paradójica tradición aeronáutica y militar. Otros tres pilotos al menos, ha dado Antigüedad al Ejército del Aire en los últimos cincuenta años. Para Jorge Clavero, uno de ellos, el motivo de esta curiosa tradición es desconocido. “habría que preguntárselo a César y Augusto que fueron los pioneros”, contesta cuando le preguntan. En cambio para Carmen Julita Martín, sobrina de los Martín Campo, el secreto está en la propia tierra y en la amplitud de espacios; “en las noches de verano en las que casi puedes tocar las estrellas”.

Lo cierto es que en el futuro, Antigüedad seguirá siendo una cantera de pilotos gracias a precursores como estos.

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*Aquí puedes escuchar la conversación que, trece años después, mantuvimos con el ahora general Clavero sobre esa curiosa tradición aeronáutica antigüedeña.

martes, 26 de marzo de 2019

Librería Iglesias, una histórica que se reinventa ante la descaracterización del comercio tradicional

Lo había leído en la prensa y no podía creerlo. ¡Aquello sí que no! La Calle Mayor está viviendo una meteórica descaracterización de su aspecto tradicional, perdiendo su comercio de toda la vida ¿y ahora le tocaba a la Librería Iglesias? ¡No podía ser! Si ya habíamos sobrevivido a la fiebre del ebook. Si el papel volvía a ser el soporte deseado de los lectores. Si esta librería gozaba -y goza- de una ubicación envidiable. ¡No podía desaparecer!

FIESTA DE LAS COMPRAS EN LA CALLE PALENCIA. LIBRERIA IGLESIAS #comprasenlacalle #diadelascomprasenlacalle #libreria #libreriaiglesias #compraenpalencia #business_palencia #laseuiferpalencia #palencia #spain
A veces había que sacar el género a los soportales.
Foto: @lasruiferpalencia
Vale, menos drama. Que sólo cambia de local.

Lo de siempre. El edificio con su fachada histórica es una propiedad demasiado golosa para que no caiga en manos de algún buitre a quien lo que menos le importe sea el contenido. Si hay que vaciarlo (porque la carcasa está protegida, más que nada) se vacía, se acondiciona a la norma constructiva moderna más funcional y aprovechable, y ya vendrá alguna multinacional o alguna franquicia a pagar lo que nos de la gana por ocupar el nuevo relleno. Qué mas da si cada detalle de ese local, con su escalera en X con dos tramos bifurcados, sus nichos abiertos entre las grandes librerías de madera maciza y sus vitrinas empotradas, sus ventanales translúcidos sobre la puerta para dar un poco de iluminación natural a ese segundo piso donde buscábamos los libros raros, descatalogados o... los de rol. En fin, ese local era a la Librería Iglesias lo que la Librería Iglesias a ese local. Todo uno.

Es más, para mí la pérdida de esta librería se convertía en una cuestión personal porque en ese comercio que lleva el apellido de mi madre, la misma (que para más inri trabajó muchos años en un banco justo enfrente) compró y ha comprado durante décadas libros para regalar a toda la familia y amigos. Estos factores me llegaron a hacer creer en mi infancia si no tendríamos algún parentesco con sus dueñas (perdona, Ángel, pero es que desde pequeño recuerdo esos mostradores atendidos por tu hermana Maribel, tu madre y, si mal no recuerdo, tu abuela también). Pero no.

Una experiencia sensorial


Un rincón que te transporta a la librería antigua.
Al entrar de nuevo hace un mes y pico (sin saber que iba a ser la última) percibí y rememoré los aromas que me transportaron a otros tiempos. Olores muy característicos que no sabría identificar uno a uno, pero que forman un todo con sus matices individuales. Viajé a aquella Librería Iglesias de los años 80 donde, como digo, mi madre compraba libros y que exhalaba hasta hace unas semanas exactamente el mismo aroma a una mezcla de papel, tinta, cuero, madera... El recuerdo fluyó hasta el fuerte olor a goma arábiga y tinta de la Papelería Merino, donde mi padre compraba el material de oficina y sus carpetas, rotrings, lápices especiales, reglas, escuadras, cartabones. La divagación aún llegó hasta el minúsculo local de Multicopy y su aliento (porque siempre acompañaba a la experiencia sensorial un calor pegajoso) a tóner de fotocopiadora con rasgueo de ploter de fondo... Y aún me alcanzó la pituitaria un leve recuerdo al olor de líquidos de revelado de la tienda de Novafoto...

Entré, como digo, y pregunté como otras veces por alguna publicación vieja sobre Palencia. Tipo los Cuadernos de Apuntes Palentinos editados entre los 70 y los 80 por la extinta Caja Palencia, o algo por el estilo. Al ver mi interés por cosas viejas me invitaron a subir a la parte que ya hacía tiempo que habían retirado de la vista del cliente, por si me interesaba por algo de todo lo que fuesen a liquidar entre enciclopedias olvidadas y algún libro descatalogado de tiempos de Carracuca. Tuve suerte. Por primera vez en mi vida compré un libro viejo completamente nuevo: una edición de los 60 del Diario de Ana Frank encuadernada en cuero verde con dorados, aún protegida por una especie de funda de plástico. Pagué una mínima cantidad por el libro y dos cuadernos, y cuando ya atravesaba la puerta, arrastrando los pies para no terminar de perder el contacto con aquel cálido interior, me volví repentinamente sobre mis pasos y me decidí a hacer justicia a la memoria de la Iglesias de toda la vida y a la que heredaría su legado. Me presenté y de ahí surgió la entrevista que viene a continuación.



En fin. Como digo, todo se ha quedado en un susto porque Iglesias sigue adelante. Alejemos los fantasmas de casos que me recordaron a éste y que siga por muchos y muchos años la Librería Iglesias de la calle Mayor de Palencia.

La nueva librería 'conserva' la fachada de la antigua como recuerdo de aquellos tiempos.

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domingo, 24 de marzo de 2019

Palencia 1387: Ellas sí fueron mujeres de armas tomar

Orgullosa palentina, por Ilustre Palencia.
No había sitio en lo alto de La Tapia para tanta defensora. Las insuficientes fortificaciones de la ciudad estaban erizadas de horcas, guadañas, viejos venablos acostumbrados a hendir la dura piel del jabalí, hachas con el olor a savia de encinas del Monte aún impregnado y espadas que ya estaban demasiado herrumbrosas como para haber participado dos años antes en la invasión de Portugal. Enfrente tenían a un sorprendido inglés que esperaba añadir fácilmente un topónimo de peso a su aún exigua lista de méritos bélicos. Porque la cosa funcionaba así: uno era importante en la medida de la importancia de su casamiento y de sus hechos de armas. Y el duque de Lancaster cumplía con creces el primer punto. Solo le faltaba equilibrar el segundo para legitimar sus aspiraciones dinásticas sobre una de las coronas más importantes de la Cristiandad.

No contaba con que un grupo de mujeres, viudas buena parte de ellas precisamente por culpa de los supuestos derechos sucesorios y los caprichos de cuatro privilegiados en el juego de la política matrimonial, se interprondría en su camino hacia la gloria del trono de Castilla. A ellas no les iba a cambiar mucho la vida si el rey se llamaba Juan, João o John. Pero tal vez sí empeoraría más si cabe su situación si dejaban entrar a aquella hueste que acampaba al norte, junto al río, por aquello de acabar siendo botín de guerra para una horda de invasores sedientos de gloria... y otras ganancias menos honrosas. Así que tocaba vender cara la piel, como enseñaban el señor cura y el licenciado de turno, o aquel juglar que contaba historias de tiempos pasados, sobre pueblos hispanos que no se habían dejado conquistar por herejes muy anteriores a los moros que hoy esclavizaban cristianas al otro lado del Duero.

Una primera inspección del recinto confirmaba los informes acerca de la debilidad de las murallas. Si es que en algunos puntos podían llamarse murallas. El mismo señor de la ciudad, años antes, había condenado a sus convecinos a no poder defenderse adecuadamente en caso de ataque o revuelta. Todo por un conflicto de intereses con el Concejo que había acabado derivando en un ataque al mismísimo alcázar, que sufrió las consecuencias en su propia estructura. El señor obispo, a la sazón señor de Palencia en lo espiritual y en lo terrenal, castigó la afrenta popular prohibiendo la reforma y refuerzo de la muralla. Y ahora precisamente a ella se encomendaba su sucesor ante la presencia de quienes querían arrebatarle el poder que Dios y el rey le daban sobre aquellas tierras y aquellas gentes.

Poco tardó en correrse la voz sobre lo que había pasado en Benavente cuando los soldados del de Lancaster no pudieron sacar todo el fruto deseado del asedio a aquella ciudad bien protegida. Así que nada iba a impedir que pagara sus frustraciones la frágil Palencia, que pese a su importancia, por no tener no tenía ni hombres para protegerla, entre los que murieron en Aljubarrota al servicio del rey y los que aún andaban alistados en las correrías reales para acalmar el territorio. Tocaba tomar medidas e impedir que los invasores se acomodaran a orillas del Carrión. Así que cuando estos aún levantaban las tiendas del cerco un poco más acá del puente del camino a Grijota, las defensoras salieron por las puertas de Monzón y de los Pastores en busca de un enemigo que nunca hubiese esperado tener que salir en desbandada como lo hizo aquella mañana.

Rapidamente volvieron las palentinas a sus posiciones en el interior, reforzando su presencia entre los sectores de la Cerca Nueva al norte y por el levante, que no ofrecían tantas garantías de soportar el ataque como las viejas murallas romanas que se asomaban al río por poniente. De nada sirvieron las amenazadoras intenciones de un ejército bien pertrechado para doblegar el ánimo de las palentinas que, sin saberlo ni pretenderlo, acabaron beneficiando la campaña de su monarca que pudo regresar de las extremaduras para retomar el control del reino, poniendo en fuga definitivamente al ejército invasor.

Tan loable acción bélica de quien poco más se espera que, apenas, criar a sus hijos, cuidar de sus casas y soportar a sus familias, les supuso a las mujeres palentinas obtener todas las honras de que el rey se sirve para destacar a sus más valerosos caballeros. Si bien el premio más valioso que la banda dorada que desde entonces sólo ellas tienen el derecho a lucir, de madres a hijas, fue volver a ver a sus hijos y maridos supervivientes de una dura campaña. Y aún poder recibir, ahora amistosamente, al duque de Lancaster para casar y coronar a su hija Catalina como princesa de Asturias de la mano del futuro Enrique III de Castilla.
(Con informaciones sacadas del libro Palencia. La ciudad de la
Edad Media y su tránsito a la Modernidad, de Margarita Ausín)

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jueves, 21 de marzo de 2019

30 años después, el deseado regreso de Bernardo Atxaga a la tierra donde se gestó Obabakoak, Premio Nacional de Narrativa 1989

Bernardo Atxaga volverá a reencontrarse con Villamediana 30 años después de que se recluyese en el pueblo palentino para escribir su galardonada novela Obabakoak. El escritor guipuzcoáno participó el lunes por la noche en un programa especial del espacio radiofónico Viva Palencia Viva. El programa, que cuenta con una sección literaria inspirada en El Estante Combado, fue dedicado a las tres décadas pasadas desde que Atxaga se alzase con el Premio Nacional de Narrativa por esta novela, hecha a base de historias sobre una comarca ficticia inspirada en el territorio donde éste nació y se crio, en el País Vasco. Entre dichas historias se intercala un capítulo titulado Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana, donde narra las peripecias vividas durante su estancia.

De izquierda a derecha, el guardabosques Daniel Masa, la alcaldesa Susana Moreno,
Ignacio Muñoz y Encarna Gaitero, durante su participación en el programa Viva Palencia Viva.
La idea, confirmada durante el mismo programa por la alcaldesa de la localidad, Susana Moreno, es que Atxaga participe en un evento conmemorativo que aún se está discutiendo en el seno de la corporación municipal. Dada la repercusión que provocó para la localidad su aparición en las páginas del libro del autor vasco, Atxaga ya participó como pregonero de las fiestas del pueblo hace una década. "Ésa fue la primera y última vez que lo hice", señaló el autor a los micrófonos de AcupRadio, aduciendo su disconformidad con que un escritor participe en tales acontecimientos cuando le fue ofrecido, incluso, participar en la inuguración de las fiestas de Bilbao.

Una primera opción es que el homenaje de Villamediana a Bernardo Atxaga y su obra se celebre coincidiendo de nuevo con la semana de fiestas patronales, en agosto, si bien la propuesta aún se encuentra en proceso de consultas con los miembros de la Corporación municipal.

Daniel muestra una foto con su amigo
Atxaga cuando vino a pregonar las fiestas.

Participación sorpresa


Los periodistas Naide Nóbrega y JuanPa Ausín, copresentadores de Viva Palencia Viva, dirigían una interesante charla sobre el libro con algunos de los vecinos del pueblo presentes en el estudio, cuando Atxaga intervino por sorpresa por vía telefónica. Fue un momento cargado de emoción ya que algunos de los invitados tiene un papel protagonista en el capítulo que el autor dedica en Obabakoak a esta localidad.
una

Bernardo Atxaga se mostró encantado de reencontrarse con quienes fueran sus vecinos durante el período de reclusión voluntaria que vivió en uno de los caserones de Villamediana. Especialmente emotivo fue el momento de volver a hablar con Daniel Masa, el que fuera guardabosques local y mejor amigo del escritor en aquel tiempo. El autor guipuzcoáno se ofreció a volver a una Villamediana a la que se confiesa muy unido pese a los años pasados pasados,  y repasó con los asistentes al programa algunas de las anécdotas más significativas de la obra.

martes, 5 de marzo de 2019

Cambiando impresiones con el autor de tu última lectura... ¡y todos tan amigos! (creo)


No todos los días tienes a tu disposición al escritor del último libro que acabas de leerte para hablar sobre su obra. Igual que no siempre el autor tiene la oportunidad de ser entrevistado sinceramente por alguien que de verdad ha leído su libro. El caso es que gracias a nuestra sección en el espacio radiofónico Viva Palencia Viva (el audio aquí al lado) hemos tenido esa oportunidad -el autor y yo- y personalmente, creo que ha sido una experiencia realmente constructiva.

Os pongo en antecedentes: Por si aún no lo sabéis El Estante Combado tiene su propio espacio en el programa Viva Palencia Viva de Acup Radio (no dejes de pinchar en los enlaces que estoy poniendo). La cosa va de hablar de libros, de autores y de librerías... pero con foco en Palencia, claro. Y en el último programa vino a hablar con nosotros Jesús Vilamuza Merinero, autor nobel que se presenta con Hijo de Enoc. Acababa de leérmelo y tenía ganas de entrevistarlo para confirmar algunos puntos de un libro que, para ser sinceros, no me ha gustado mucho -apaguen las alarmas y no se altere nadie que sobre esto también hablamos.

La entrevista fluyó fácilmente por unos cauces muy sinceros y agradables, y, sin pecar de inmodestia, me confirmó que había acertado en casi todas -si no en todas- las conclusiones a las que me había llevado la lectura. El libro es un brote. Bajo mi punto de vista, le falta madurez pero le sobra energía. Me pareció la estructuración más o menos acertada de una serie de descargas literarias adolescentes. El autor tampoco lo esconde cuando en el libro, su personaje de vez en cuando dice que se va a escribir en los momentos en los que se ralla o se siente inspirado. Es una obra sumamente autobiográfica.

No estoy dogmatizando, estoy dando mi punto de vista, mi opinión. Y así mismo se lo hice saber ya fuera de los micros a Jesús cuando me preguntó, entusiasmado, si me había gustado el libro. A veces soy un poco brusco y, por la cara de susto que se le quedó -a él y a Naide, que aun conociéndome todo lo que me conoce, todavía le pillan con el pie cambiado mis salidas frontales-, ésta fue una de esas veces. Luego ya expliqué con perspectiva mi respuesta inicial: No me considero público para esa obra, igual que tampoco me doy a las lecturas filosóficas o a las excesivamente sentimentales, por ejemplo. Hay autores que levantan pasiones en ambos sentidos, y libros con públicos muy definidos. Ahora, una cosa que quede clara: Pienso leerme el próximo libro de este chaval porque, como he dicho antes, Hijo de Enoc es un brote y creo que hay mucho potencial tras la madurez que aporta esta primera aventura editorial.



Tampoco voy a ir de cojonudo pero, sinceramente, creo que una opìnión franca -tal vez menos brusca, si eso- como la que le espeté a Jesús Villamuza puede ayudar más que mil palmeros alabándole. Jesús es un tipo disciplinado, reflexivo y, principalmente, resolutivo, y sé que él mismo, en cuanto su libro estaba aún pasando por las rotativas, ya ha alcanzado un nivel literario muy por encima del que tenía cuando acabó de escribirlo.

En fin, que no quiero darle más vueltas al asunto. Aquí os dejo mi breve análisis -sin revelaciones o mal llamados spoilers- del libro. Juzgadlo vosotros mismos: A lo largo de la historia se aprecia una especie de evolución, de maduración estilística, desde un tipo de existencialismo adolescente con muchas dosis de autoexamen y descarga mental, pasando por una novela negra con tintes satánicos y llegando a un desenlace de ciencia ficción entre revolucionario y casi apocalíptico.

¿Os ha gustado? Pues creedme que lo que viene a partir de ahora os va a encantar.