Se ha convertido en la nueva fuente de discusión de estas semanas. ¿A favor o en contra del reconocimiento de un Estado Palestino? Parece que se aclara todo ahora que Inglaterra ha dado su parecer. Y sin embargo resulta que fueron los israelíes los que lucharon por ese reconocimiento hace más de tres cuartos de siglo, con el rechazo frontal (abstención formal) de los ingleses y la negación tajante de los países árabes. Sí, sí, lo has leído bien: Israel a favor del Estado Palestino y todos los demás en contra...
Pues abróchate porque empezamos una nueva entrega de las Cuñadolecciones.Si tienes ganas de leer, adelante. Si no, puedes ir directamente al final donde enumero las conclusiones.
El 29 de noviembre de 1947, después de meses de negociaciones, conversaciones, intercambios de ideas (por no decir gritos), idas y vueltas, la ONU consigue aprobar -alguna vez tendría que conseguir algo con tanta discusión estéril- suresolución 181 por la que se divide en dos naciones independientes, una árabe y otra judía, el territorio conocido desde tiempos de los romanos como Palestina. Y sí, recalquemos esto del imperio romano, porque la denominación Palestina surge precisamente de la reorganización del territorio derivada del aplastamiento de la rebelión de los hebreos en la anteriormente conocida como provincia de Judea (Judea de judío, por si alguien no lo termina de enlazar). A lo mejor te suena un poco de todo esto de lo que escuchábamos en misa, en clase de Religión -y hasta de Historia-, en catequesis... ¡o hasta de la tele! A fin de cuentas, ¿quién no conoce el Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular y demás disidentes?
Bueno, pues volvemos a los antecedentes recientes: esta resolución de la ONU daba respuesta a las distintas promesas incumplidas por los países vencedores de la Primera Guerra Mundial. Y volvemos a rebobinar la cinta.
Turcos, romanos, griegos y otros dominadores
Es que tras la caída del Imperio Bizantino y con las Cruzadas de por medio, los turcos se hicieron con aquella porción de la antigua Roma que acabaron perdiendo siglos después tras la firma del Tratado de Lausana en 1923. Es decir: la antigua Israel bíblica, que a lo largo de los milenios ha sido invadida, reconquistada, administrada o supeditada a distintos imperios y civilizaciones que van desde los egipcios a los persas, pasando por los griegos macedónicos, los romanos y los turcos, parecía que finalmente iba a ser un territorio independiente si nos atenemos a las promesas de los ingleses y los franceses que imponían ahora su victoria bélica sobre alemanes, austrohúngaros y otomanos. Pero claro, las necesidades industriales, económicas y sociales de dos imperios occidentales en decadencia fueron más golosas que la palabra dada, por lo que, amparándose en un colonialismo encubierto (también llamado protectorado o administración), trazaron muy a la europea una serie de rayas a lápiz sobre el mapa repartiéndose un territorio que, si ha demostrado algo en todos estos siglos, es que la única forma de mantenerlo relativamente tranquilo es precisamente ponerle las rayas alrededor -bien apretaditas- y no entre medias.
Un inglés, un francés y un lapicero
Y ahora sí, es la hora de hablar de los residentes de este convulso cacho de tierra, judíos y musulmanes principalmente, hasta hace 70 años todos ellos conocidos como palestinos. Pero para ello, un último apunte: Y es que durante los primeros años del siglo XX, Inglaterra y Francia promovieron la revuelta de las tribus que poblaban todo Oriente medio para resquebrajar la ya debilitada estructura de su rival turco. Para ello se servían de promesas de independencia y libertad que muchas veces enfrentaban los intereses de distintas tribus por un mismo cacho de suelo y alimentaban un nacionalismo árabe en ciernes. Un buen ejemplo de todo esto lo tenemos en las memorias de Thomas Edward Lawrence, historiador, antropólogo y militar británico, cuyo meticuloso relato de todas estas actividades diplomático-saboteadoras -Los Siete Pilares de la Sabiduría- conocemos más por su versión cinematográfica: Lawrence de Arabia.
Ya llego, ya. El caso es que tanto los palestinos -recordad, tanto de religión judía como musulmana-, como los egipcios, los árabes de la costa, los beduinos del desierto, jordanos, sirios y demás tribus de oriente próximo con un sentimiento nacional recién despertado, fueron usados como carne de cañón para acabar con el dominio turco de la zona durante la Primera Guerra Mundial. Pero claro, una vez controlado un territorio aparentemente reseco y carente de interés, tanto ingleses cono franceses decidieron quedarse por ahí mismo por recomendación de los diplomáticos metidos a delineantes, el coronel Mark Sykes y
Aramco ya existía antes de que algunos empezásemos a verla en la F1.
François Marie Denis Georges-Picot. El trasfondo era más interesado: petróleo e influencia geoestratégica como la que representa el Canal de Suez. Lo que pasa es que tanto al león inglés como al gallo francés ya se les veían las intenciones y los árabes, por su parte, decidieron negociar con un tercer actor en principio poco susceptible de querer extender sus garras imperialistas: Estados Unidos. Fruto de este acuerdo para aprender a explotar sus propios pozos petrolíferos a cambio de cierto suministro nace Aramco -para más referencias, mira a ver en qué posición está el coche de Fernando Alonso- y empiezan a brotar más recientemente centenares de rascacielos imposibles.
Palestina existe
Así quedaba dividida Palestina según la resolución de la ONU entre un estado árabe y otro judío.
Ahora sí, ¡llegamos! El caso es que desde finales del siglo XIX y principios del XX se habían empezado a desarrollar dos movimientos muy diferenciados -pero estrechamente ligados entre ellos- entre los judíos pobres de Europa y los judíos ricos de Europa y América. A los primeros, los pobres, cansados de ser el blanco de todas las iras pueblerinas desde mil años atrás, comenzó a resonarles eso de la Tierra Prometida más allá de los púlpitos de las sinagogas, resultándoles una idea de lo más atractiva lo de dejar de sufrir en suelo ajeno y, emulando a Moisés, liarse la manta y ponerse en marcha en busca del maná. Es la primera Aliyá. Los segundos, los ricos, empezaron a invertir en suelo, financiando una idea surgida en Austria que consistía, básicamente, en comprar parcelas allá donde los nombres de la Biblia seguían marcados también en los mapas y repoblarlas a base de gente para quien romper terrones en medio de la nada tuviese un significado mucho mayor que el de buscarse la vida sin más. Es la segunda Aliyá. Y entre ambas ya tenemos el nuevo éxodo montado.
Y hablando de éxodo, te recomiendo la novela de León Uris (o la peli de Paul Newman, que no se diga que no recomiendo para todos los gustos) que aunque no deja de emanar un tufillo de propaganda sionista, refleja muy bien también lo que fue aquella epopeya y cómo los ingleses siguen teniendo su porción de culpa en casi todo.
Y así es como Palestina, la antigua provincia romana rebautizada así para bajarle los humos a sus levantiscos habitantes judíos, el Israel de la Biblia, la Tierra Prometida del Génesis, un depauperado territorio más rico en historia y sentimentalismo que en recursos naturales, comienza a convertirse en foco migratorio desde Siberia hasta Marruecos. Sus pocos habitantes, principalmente de religión musulmana pero también judíos y cristianos, repartidos todos entre dispersos núcleos rurales y una decrépita Jerusalén, se vieron acompañados, de repente, por un aluvión de nuevos convecinos que se echaban al monte, se organizaban en kibutz y al cabo del tiempo lograban hacer que surgieran huertos y regadíos de yermos que no daban más que algún rastrojo desde hacía siglos. Yermos, sea dicho de paso, que habían sido vendidos por las tribus de alrededor pensando que estaban haciendo el negocio del siglo por un trozo de tierra seca.
Algunos llegaron a envidiarlo. Otros pidieron la fórmula. El caso es que muchos se sintieron engañados -la mezquindad echa raíces rápido- y surgieron las primeras rivalidades. Y cuando los administradores ingleses se dieron cuenta del avispero que tenían entre manos, aprovecharon la situación para menearlo a su gusto, incordiando un día a las avispas con pañuelo y otro a las de la kipá, pero sin acabar de cumplir con los compromisos adquiridos, empujando con la barriga una bola de nieve que acabará explotándoles entre las manos.
Paralelismos
Y ahora sí, llegamos al meollo de la cuestión árabe-israelí. Estamos en 1945-46 y decenas de miles de judíos supervivientes del Holocausto se hacinan en nuevos campos de concentración promovidos ahora por los ingleses, que patrullan las rutas marítimas del Mediterráneo para evitar la llegada de buques cargados de personas y suministros a la costa palestina, aunque sea hundiéndolos por el camino. ¿Nos suena? Pese a que son presionados por la comunidad internacional, los ingleses se niegan a soltar este protectorado colonial y no dudan en emular comportamientos represivos que aún conmocionan al mundo tras la liberación de los campos de exterminio nazis. El terrorismo es una de las armas que la autoridad hebrea utiliza contra su opresor. También los golpes de mano de organizaciones paramilitares cuya excelente preparación se debe, precisamente, a haber servido en los ejércitos inglés, francés, ruso y norteamericano, así como en los grupos partisanos y guerrilleros de los países ocupados por la Alemania nazi.
Los hebreos simplemente se han cansado de escuchar promesas como la de la creación del Hogar Nacional del Pueblo Judío en Palestina, de acuerdos como la Declaración Balfour que tanto oxígeno dio al Sionismo tras la I Guerra Mundial. Y sobre todo, de ver cómo mientras tanto, por todo Oriente se han ido independizando las naciones árabes amparadas en la creciente debilidad de las antiguas metrópolis europeas y con el beneplácito de la Unión Soviética. Llevan a la recién creada Organización de las Naciones Unidas su demanda, apoyándose en la legítima reivindicación de un hogar para esos miles de supervivientes que, ya lo han comprobado en Polonia por ejemplo, si vuelven a lo que un día fue su casa no van a ser recibidos precisamente con ramos de flores y peticiones de disculpa.
A echarlos al mar
Así que, por resumirlo bastante, a lo largo de 1947 va cristalizando voto a voto un acuerdo en la ONU que por fin reconoce la independencia del territorio, dividido salomónicamente en dos naciones. Bueno, no tan salomónica ya que, si bien a los judíos les toca una porción del pastel un poco más grande, también es cierto que la mayor parte es desierto puro y duro, perdiendo algunos de los vergeles que habían conseguido crear en las décadas pasadas. Aunque esto no les achanta y se dan por satisfechos. Por su parte los árabes, egipcios, jordanos y demás vecinos de alrededor, crecidos por sus logros de décadas pasadas y espoleados por un creciente odio -llámalo envidia, celos...-, deciden que no aceptarán ninguna división, que Palestina tiene que ser una y que lo van a conseguir aunque sea "empujando a los judíos al mar", así que movilizan a miles de tropas regulares e irregulares -con mandos profesionales y asesoramiento de terceros países... y no quiero señalar a nadie- empiezan una guerra lanzada desde los cuatro puntos cardinales -tres, ya que el cuarto es el mar Mediterráneo donde van a tirar a esos cuatro desarrapados- que promete ser un autentico linchamiento.
Se calcula que en lo que empezaba la primera guerra árabe israelí, en torno a 150.000 refugiados palestinos árabes se exiliaron fuera del lado judío, a la espera de volver victoriosamente acompañando a sus correligionarios vecinos. Craso error: ni hubo victoria ni regreso. Cuando los países árabes del entorno se quisieron dar cuenta, los judíos no sólo se habían defendido como gato panza arriba, sino que les habían infringido una sonora derrota provocándoles una serie de problemas: 1º, la vergüenza de haber sido derrotados por esos cuatro gatos; 2º, la pérdida de territorio en la contraofensiva sobre su propio suelo; 3º, esos refugiados que no tienen dónde meter.
Únicamente Jordania ha ganado algo de terreno. Bueno, no: en realidad es la llamada Cisjordania, una parte de la Palestina musulmana según el reparto de la ONU que, ya que ha quedado bajo su control después de la firma del armisticio con Israel, pues se incorpora a sus fronteras y aquí no ha pasado nada.
CONCLUSIONES
¿Y qué sacamos en limpio de todo esto?
1. Pues que los países árabes no aprobaron la creación de un estado palestino cuando tuvieron la oportunidad (ahí sigue la resolución de la ONU medio aplicada) porque no quisieron.
2. Que lejos de apoyar a ese nuevo estado, incluso alguno aprovechó para ratonearle un poco de territorio a la Palestina musulmana.
3. Que fueron los judíos los que lucharon por esa independencia de Palestina yuxtapuesta a la partición del terreno en dos países: uno para ellos y otro para los musulmanes.
4. Que la independencia y otros logros de los israelitas se ven legitimados histórica y jurídicamente, y a mayores reforzados por la victoria militar, clásico hecho consumado para el establecimiento de fronteras desde que el ser humano es lo que es.
5. Que Israel no puede justificar en lo que lleva aguantando el hacerle ahora a los otros lo que ellos han sufrido en el pasado. Aunque sí que es cierto que el 'ojo por ojo' es un clásico de su legislación tradicional.
6. Que está muy bien que ahora todos estén a favor, pero que tampoco está de más recordar que todo esto tiene un antecedente aunque a muchos no les haga ni pizca de gracia recordarlo, por el qué dirán y todo eso.
7. Y sí, para mí está claro que, una vez más, Inglaterra es responsable (no soy juez para dictar sentencia de culpabilidad). ¿Pero qué fuerza tengo yo para propagar su Leyenda Negra? Pues eso.
8. Que esa lista de libros que se ve un poco más arriba es parte de la documentación que he usado para redactar este ladrillo a lo largo del fin de semana. Libros que ya he leído en el pasado y en los que me apoyo para ser un poco menos cuñado y tener un poco más de base a la hora de opinar con criterio propio, ya sea a favor o en contra de la corriente pre establecida. Porque hay vida más allá de lo que cuentan Wikipedia y ChatGPT, aunque también ayudan, por supuesto. Te digo algunos títulos, por si te interesa:
-De los imperios a la globalización, de Pedro Lozano Bartolozzi
-Prisioneros de la geografía y El poder de la geografía, de Tim Marshall
-El mundo no es como crees, del equipo de El Orden Mundial -Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence
-Éxodo, de León Uris -La encrucijada mundial, de Pedro Baños
¿Quién nos informa? A nosotros y a los rusos, digo. No he visto a nadie excesivamente preocupado con la ausencia de informaciones del contrario. Es decir: la mayor parte de la prensa internacional abandonó Moscú a principios del pasado mes de marzo -y eso porque ellos al menos pueden salir, no como los periodistas locales- ante la sanción de una nueva ley por la que cualquiera que diese una información contraria al interés de Rusia estaba expuesto a penas de hasta 15 años de cárcel… Y yo pensando: esto me suena al famoso 58, ¡EL TEMIDO CINCUENTAYOCHO!, del Código Penal soviético del año 26 del siglo pasado. Ése que nos desglosa Solzhenitsyn con tanto lujo de detalles en su relato de relatos de lo que fue la realidad rusa durante casi todo el siglo XX: la realidad de los gulags.
¿Y qué decía este artículo de un código al que, por sintetizar al máximo, le sobraban los otros 147 artículos? Pues básicamente que cualquiera, por cualquier cosa que hiciese -o no hiciese- estaba expuesto a disfrutar un mínimo de 10 años -o los que durase- con todos los gastos pagados en cualquiera de los centenares de campos de prisioneros que el sistema ofrecía en lo más exótico de Siberia. Todo dependía de si el juez instructor interpretaba, por ejemplo, que toser un poco más alto de lo normal en la fila del mercado podía ser tenido como actividad antipatriótica, espionaje, sabotaje, críticas al líder, difamación del partido, propaganda capitalista, un atentado terrorista por esparcimiento de agentes biológicos… Pues por esa misma, la prensa internacional tuvo que salir por patas de Rusia hace mes y medio y de la prensa local no sabemos qué le haya podido pasar.
Siguiendo con Solzhenitsyn (confieso desde ya que cada vez que aparezca su nombre por aquí habrá sido por cortapega, porque soy incapaz de escribirlo bien a la primera) y su Archipiélago Gulag, me pregunto cómo estarán viviendo todo esto en Rusia. Quiero decir: ¿Alguien sabe qué ha pasado con Marina Ovsiannikova, la periodista que se lanzó en medio del telediario, pancarta en mano, a denunciar los desmanes del Gobierno de Putin? ¿Qué opinan los rusos de todo esto? ¿Por qué no hay más periodistas, opinadores, opositores, estudiantes, ciudadanos… ¡alguien! que diga algo en contra de la manipulación, la desinformación, la guerra, a fin de cuentas, en que parece que vive sumido todo el país?
Putin y Solzhenitsyn: ¿dos tiempos no tan alejados?
Lo último que vimos creo que fue aquella foto de una viejecita en San Petersburgo a la que se llevaba presa la policía en medio de una protesta contra la invasión de Ucrania. Una imagen infinitamente hinchada de carga emocional ya que la mujer era nada menos que una superviviente del cerco de Leningrado acusando a Rusia de hacer lo mismo que los alemanes hicieron con ella y toda Rusia 70 años antes.
¿De verdad -casi- todo el país se está creyendo la película de que Rusia ha mandado a miles de sus reclutas a la siempre menospreciada Ucrania para liberarla del fascismo? ¿Tanto les importa ahora lo que le pase a un pueblo que a lo largo de los últimos 100 años ha sido diezmado, pisoteado y vilipendiado desde Moscú de forma sistemática?[1] Te pones a pensarlo y, si no fuese porque hasta hace un mes y medio aún había prensa internacional a orillas del Volga, no puedes evitar evocar aquellos años oscuros que nos relata Solzhenitsyn, en los que millones y millones de personas fueron deportadas como él, muertas en vida, con la connivencia y la complicidad del miedo de sus vecinos, familiares y amigos, atenazados por la posibilidad de correr la misma suerte si no apartaban la vista rápidamente. ¿Habría sido Putin capaz de poner en marcha todo el mecanismo opresor de Stalin y nadie haberse dado cuenta? Seguro que ganas no le faltan de vez en cuando.
Porque a ver, que se prohiba escribir la palabra guerra para sustituirla en todas las informaciones por el eufemismo intervención armada, que quien se refiera a la guerra y sus muertos (porque alguien estará empezando a recibir condecoraciones con bandera en cajitas de madera y cartas de pésame, ¿no?) puede irse inmediatamente a la cárcel (o vete tú a saber dónde) es la cosa más dictatorialmente burda que me he echado a la cara en años. ¿De verdad que no hay ningún juez independiente en toda Rusia al que esto le suene a delito? ¿Ni un poquito?
Y hablando de muertos y bajas, ¿a nadie le resulta escandalosamente elevada la cifra de 40.000 que se está dando por ahí como estimación de lo que llevaría perdido Rusia hasta ahora en seis semanas de campaña? La cifra oficial, entre muertos y heridos hace un mes (la última vez que Rusia habló del tema) era de poco más de 5.000. Que ya está bien para lo que iba a ser un paseíllo libertador por allá y vuelta a casa victoriosos y tal y cual. Por su parte los aliados calculaban hasta final de marzo que esa cifra podría llegar a los 40.000 y a fecha de hoy (21 de abril) no encuentro ni estimaciones ni nada parecido. Eso sí, que si los rusos no quieren hacerse cargo de sus difuntos, que si han llevado incineradoras portátiles para evitar repatriaciones... ¿Es que no hay madres, novias, hermanos... esperando a los suyos en casa y preguntándose todo esto? ¿Ni siquiera los que tienen o tenían a alguien sirviendo en el crucero Mosckva?
Que mira que la historia nos ha acostumbrado a que los rusos redefinan una y otra vez el concepto de victoria pírrica. No hay país al que más muertos le cueste cada metro de terreno ganado (no digamos ya cuando lo pierde). Y para una guerra en la que perdieron relativamente a pocos soldados (a razón de unos mil muertos por año en 14 años) como fue la de Afganistán, van y le cuelgan el apelativo del Vietnam soviético. Pero vete tú a saber, también, con la forma de informar con libertad y contar muertos en tiempos de la Unión Soviética... ¿Igual que ahora?
Si nuestra hasta hace poco corresponsal en Moscú, Érika Reija, tenía cabreados a algunos 'colegas' y gerifaltes rusos, algo bueno estaría haciendo antes de salir de allí pitando esta heredera de la maestra Rosa María Calaf.
Porque es que ahora mismo es imposible contrastar nada. Nos hemos cortado mutuamente los canales de comunicación y cada uno que cuente su milonga a los suyos. Hemos matado -de nuevo- a la libertad de prensa con la excusa de castigar a los otros. Porque en Rusia, además de expulsar sutilmente a los corresponsales de países no amigos y apretar las gónadas de los propios, están tratando de cortar el acceso a los medios digitales de dichos países y hasta las redes sociales 'occidentales' han sufrido el apagón. Y en respuesta, Google y demás ‘herramientas al servicio del enemigo occidental’ nos han censurado el acceso a los medios de comunicación con los que, todo sea dicho, Rusia lleva años queriendo vendernos su moto y malmeter lo que sea posible en el gallinero informativo de los demás.
Así que yo no puedo escoger leer esa manipulada prensa rusani ellos tampoco pueden enterarse por su propia cuenta de lo que decimos aquí de ellos. Ya nos lo filtrarán a unos y otros nuestros propios medios con las informaciones e imágenes que les pasen por conductos oficiales.
Al menos el consuelo que queda es que las bajas de civiles ucranianos son relativamente bajas según la ONU: menos de 5.000 entre muertos y heridos. Y del resto, pues vete tú a saber.
[1] Tenemos pendiente para más adelante hablar más en profundidad del holodomor y del chistecito que le suelta Koulikov a Vassili Zaitsev en la peli de Enemigo a las puertas.
En pleno albor de la era nuclear, en 1951, vaticinaba el teórico y práctico militar español Francisco Sintes que “la posible generalidad de empleo por todos los beligerantes [en futuras guerras] de elementos de destrucción extraordinariamente potentes obligará a buscar las decisiones por la rápida ocupación de los objetivos antes de su destrucción, lo que marcará la orientación hacia una estrategia clásica de ocupación de objetivos vitales, para alimentar la cual será necesario disponer de fuerzas en cantidades suficientes”.
Vamos, que mucho potencial atómico y poder de devastación sin necesidad de sacar a los chavales de los cuarteles, pero al final lo que cuenta es poner más carne de cañón en el escenario antes que el contrario y que la cosa vaya rápido y lo mejor posible.
Y los ‘ases’, si eso, que sigan olvidados en los silos de la manga.
Lo hemos visto en prácticamente todas las guerras a las que hemos asistido posteriormente, pero creo que no hemos sido totalmente conscientes de ello hasta ahora que se han vuelto a poner sobre la mesa -esperemos que solo de forma bravuconamente figurada- los botoncitos rojos de ignición nuclear.
Y lo decía hace 70 años un artillero con estudios que prestó mucha atención a todo lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial cómodamente acodado en el burladero de los Pirineos. Por cierto, que me sigue resultando paradójico cómo descubrí a este gran analista militar español a través de un presuntamente ‘bien’ documentado artículo en el que se esgrimía la obra y las conclusiones de Sintes como muestra de la analfabetización institucional de las Fuerzas Armadas durante el franquismo. Los entendedores que lo entiendan…
Pero volviendo a la actualidad, o pivotando en torno a ella, vemos cómo la guerra de Ucrania ha despertado el mayor de los miedos de la segunda mitad del siglo XX: Cuando Vladimir Putin mentó a La Bicha en caso de que a alguno de los socios del Tratado del Atlántico Norte se le ocurriese asomar el hocico a ese lado del Dniéster. Y a partir de ahí, todo gestos contenidos y rictus tensos en las apariciones frente a los medios para tratar de justificar el que, al contrario de lo que pasó con Polonia en el 39, esta vez no se pueda ir en socorro heroico de un solicitante de auxilio.
Y mientras, lo que parecía que iba a ser una aplastante campaña relámpago por parte de las fuerzas armadas rusas, amparadas por esa sombrilla -sombra, tiniebla, opacidad- del dedo tonto de su presidente plenipotenciario, esa victoria cantada se ha convertido en otro ejemplo más de cómo se le atragantan los humildes de presupuesto a los inmensos rodillos técnico-bélicos. Es el caso de la famosa columna de 60 kilómetros de blindados en línea recta que avanzaba sobre Kiev, según las noticias de los primeros días -haya tanque para tanta columna- y que parece que se ha diluido como un sobrecito de azúcar en el café ucraniano. O como un inmenso chatarrero esparcido a lo largo de kilómetros y kilómetros de carreteras y caminos.
Como dice el maestro Sintes -sin haber conocido aún lo que fueron las guerras de Corea, Vietnam, Afganistán...-, "cuán equivocados y condenados al fracaso han estado todos los planes militares fundados en una confianza sin límites en la técnica". ¡Tuché!
Putin, al que teníamos por tan frío y calculador, un militar implacable, un político meticuloso, parece que ha puesto sobre el tapete todo lo que la historia bélica reciente nos enseña que no se debe hacer. Al menos eso se desprende del fracaso que supone que casi dos meses después de empezada la guerra, Volodimir Zelenski siga de gira virtual por el mundo (ni él mismo en su época de cómico post-soviético, ni U2 con su gira 360º habían dado tanto que hablar) sin salir de Kiev, a pesar de que haya miles de soldados rusos con su cara grabada a fuego en la mente y una orden explícita de borrar del mapa al presidente ucraniano.
Y mientras tanto, las masacres injustificadas que nos parecían tan lejanas (cosas del África subsahariana o de Asia central, ya ves, dónde queda eso; o de los Balcanes, ay pobrecitos, qué mal lo pasaron; o de algún lugar de Centroamérica que a veces sale en las noticias) nos escandalizan estos días mientras los que presuntamente se olvidaron de esconder sus muertos bajo la alfombra ahora echan balones fuera y abren el paraguas de la indiferencia ante el chaparrón de la indignada opinión pública mundial.
Pero no caigamos en conclusiones fáciles. No hagamos juicios antes que quienes llevan la toga, que algo tendrán que decir. Que para eso se instituyeron cortes penales internacionales, con más buena fe que efectividad.
Eso sí, gracias a Sintes he aprendido, por fin, que lo que se lleva haciendo a nivel internacional en los últimos meses no es más que aplicar la vieja política albiona del bloqueo. Lo que pasa que con otro nombre. Porque decir: vamos a bloquear a Rusia, como ya lo hicieron dos veces con Alemania por tierra y mar, hoy suena un poco a decisión subjetiva y arbitraria. No es como decir “ahora voy y te sanciono”, que suena más a actuación colegiada y consensuada… Aunque sigamos haciéndole negocio a dos bandas al sancionado que nos vende su materia prima al precio que le de la gana.
En fin, que el bloqueo funcionó con la Alemania del káiser, pero sólo sirvió para firmar un armisticio (ojo, no una rendición incondicional, que sería lo propio para un derrotado) con un país al borde del abismo tras cuatro años de matanzas de trinchera en trinchera. Y a Rusia parece que va a costar un poco más rendirla por esta vía, dado como están acostumbrados sus habitantes desde tiempos del zar a pasar privaciones. Y más teniendo un grifo abierto en este frente y un torrente por el lado de China. Casi nada.
Sigamos leyendo libros antiguos, decía alguien, porque las claves del futuro -también- residen entre sus páginas.
Podría hacer como el embajador de Rusia que ejercía de jurado en el certamen de Miss España y ponerte a ti, lector, en un brete como puso aquél a la miss Melilla 2001: Dime en unas 25 palabras, ¿qué sabes del presidente de su país? ¿Qué podrías decirme de Vladimir Putin?
¿Conoces al posiblemente mayor megalómano -por ahora- del siglo XXI?
Puedes decirme que es un ex agente del KGB que pasa las vacaciones de Navidad en Siberia a pecho descubierto, matando osos con las manos desnudas y cazando linces con el Kalashnikov descargado (los abate con su mirada penetrante), monta a lomos de dinosaurios que ha desextinguido él mismo en el permafrost de los Urales y hace piragüismo remando con sus propios brazos abriendo brecha por el hielo del Ártico. Que usa su poder mental para controlar el mundo desde un despacho del Kremlin -botón rojo para qué, cuando tienes capacidad mental para disparar y dirigir misiles balísticos con cabezas termonucleares con sólo pensar en ello- y que sería capaz de arrasar Murcia con sólo mirarla en el mapa… si le interesara saber dónde está Murcia.
¡Y ni se te ocurra hacer chistecitos fáciles con su apellido mentando a su progenitora!
Lo cierto es que este hombre con cara de funcionario público que se propuso resucitar la grandeza de Rusia cuando las borracheras oficiales de su antecesor era lo más comentado a nivel internacional del antiguo gigante euroasiático, tiene otros paralelismos mucho más siniestros que el de su apellido con el mal llamado oficio más antiguo del mundo. Posiblemente esté a las puertas de desencadenar un conflicto internacional como hacía 70 y pico años que no veíamos en el mundo.
Bueno, en proceso está desde hace ocho años.
Exactamente desde que se propuso -activado el modo sarcasmo- liberar a las rusificadas regiones de Ucrania que viven subyugadas y discriminadas por la ucranización ordenada desde Kiev, desnazificar esos territorios por donde campan los fascistas al descubierto y devolver a Rusia un territorio injustamente perdido en la firma de ciertos acuerdos se vieron obligados a aceptar para reconocer la autonomía e independencia administrativa y territorial de lo que antaño fueron territorios suyos -off-.
Putin debe estar esperando también su entrada triunfal en el Dombás.
Y ahora tiramos de libro de historia para buscar algo parecido: Un líder bajito que accede al poder de forma sorprendente invitado por su decrépito antecesor -la historia tiene incendios y explosiones terroristas entre medias-, que queriendo recuperar el orgullo perdido de su país, se pone a arañar territorios que ya no le pertenecen -o que nunca le pertenecieron- a golpe de intervención armada, justificación social y patriótico-lingüística ante la pasividad de sus vecinos y de toda la comunidad internacional, que se queda como pensando “bueno, pero de ahí no pasa”… hasta que pasa y sigue, visto que nadie le para los pies. Y al final, una guerra de carácter global que nos cuesta millones y millones de vidas a lo largo de todo el mundo*.
Bueno, aún es pronto para llegar a este extremo en el momento actual, pero dada la tensión que transmiten algunos en sus intervenciones públicas, en las que su rictus podría quebrar nueces a golpe de sonrisas forzadas, poca calma nos trasladan, mientras una gran operación militar camuflada de maniobras de entrenamiento se prepara a lo largo de fronteras internacionales.
¿Y quién es ése Putin con cuyo nombre sí, llevamos años haciendo coñas? Pasó más o menos desapercibido para el mundo hasta que el 31 de diciembre de 1999 Boris Yeltsin, en un esfuerzo de sobriedad atenazada por crisis internas tan graves como una guerra en Chechenia, lo nombró su sucesor. Debió pensar: “a este tío no se le van a subir a las barbas esos chechenos tiñosos que me están atragantando los chupitos de vodka”. Y tal cual.
Barrió del mapa Grozni y cualquier resistencia secesionista sin que la prensa internacional (quitando cuatro tarados informativos entre los que se contaba un aguerrido corresponsal español que pudo saltarse el férreo bloqueo militar) pudiese hacerse una idea de lo que pasaba por ahí, más allá de lo que informaban los medios oficiales controlados por un estrecho colaborador de la inexistente campaña electoral del ya presidente electo. Fuera de Rusia sabíamos poco más del asunto que esos ‘tiñosos’ presuntamente se dedicaban a poner bombas y matar civiles en Moscú, justificando la mano dura con la que el ex coronel del Ejército Rojo trató a sus paisanos en los territorios periféricos de la Gran Rusia en cuanto tuvo el control.
El español Miguel Gil (centro) fue de los pocos periodistas internacionales que pudo documentar para el mundo cómo la nueva Rusia de Putin descargó a golpe de bombas su frustración por no poder controlar una región como Chechenia.
Sabemos que algunas de sus decisiones inmediatas pasaron por restituir parte de los símbolos que dieron al régimen anterior su gloria militar, como un remozado himno cogiendo lo más adecuado del muy sonoro de la época soviética, o la bandera roja que ondeó victoriosa en Berlín sobre el fascismo y que volvía a aparecer en algunos actos oficiales, como la jura de su guardia presidencial en el Kremlin, por ejemplo.
Y Rusia empezó a despegar. Aquel gigante con pies de barro que se desplomó tras la caída del Muro de Berlín volvía a recuperar el pulso internacional a base de una economía autocrática y el renacimiento de unas mastodónticas fuerzas armadas que si antaño fueron la amenaza del mundo libre, hoy eran un guiñapo mugriento pudriéndose en sus cuarteles.
Ese tío que daba tanto juego para memes en Facebook comenzó a pintar algo en el mundo mientras Rusia, la ex potencia modelo Guadiana, volvía a lo alto junto a un grupo de nuevos ricos mundiales: los BRICS. Y mientras también, algunos amiguetes de Putin se iban haciendo un hueco en las listas de Forbes (o en las páginas de sucesos junto a aquellos que en algún momento pusieron en duda las formas del líder).
Por no decir que este tío ha copiado en todo a sus antecesores, a su favor diremos que no se le puede acusar de haber cultivado en exceso el culto a su calva imagen. No tiene estatuas por doquier -financiadas por suscripción popular, ya se sabe- ni su retrato sobredimensionado preside aulas y salas de reuniones. Aunque lo de los memes en internet, como digo, ha sido un exitazo. Quién sabe, ahora que lo pienso, si se debe al trabajo de esas redes de desinformación y manipulación digital que dicen que maneja desde el Kremlin. ¿Será su particular adaptación, entonces, de aquellos usos a las modas modernas?
Lo cierto es que hasta la fecha parece haber mantenido la estructura democrática que heredó hace 22 años más o menos igual que estaba a su llegada. Otros megalómanos egocéntricos ya habrían cambiado constituciones y similares por iniciativa propia, granjeándose con ello la desconfianza popular y ciertas críticas hasta comprensibles. Putin parece que fue más listo y, para no tener que cambiar la norma de las dos legislaturas como máximo en el poder, se buscó la continuidad en ese periodo de cuarentena democrática dejando a su mano derecha -¿o izquierda?- a los mandos durante los cuatro años de rigor.
¿Que quién era Dimitri Medvédev? Para la opinión pública occidental otro ilustre desconocido hasta que Putin lo sentó en su sillón. Para los rusos nada menos que el tipo que lleva a la sombra del líder desde que éste dejara la carrera militar a principios de los 90 (tan aburrida ahora que ya no eran ni los malos de las películas de espías) para meterse en campañas municipales en San Petersburgo.
Medvédev a la diestra de su patrón el día que lo proclamaron presidente democráticamente.
Como jefe de gabinete, Medvédev estaba a la izquierda de Putin en la foto de equipo cuando éste ganó las elecciones del año 2000 explotando brillantemente la campaña de la no campaña: ¿para qué malgastar dinero público en discursos, carteles y mítines, cuando lo que la gente quiere ver es a sus políticos trabajando? Hala, victoria al canto. Por cierto, que de aquella foto resulta curioso ver cuántos perdieron la confianza del jefe y hoy han desaparecido -literalmente o en proceso- del panorama: Boris Nemtsov, Mijail Lesin, Kseniya Ponomaryova, Mijail Kasianov… ¿Y ahora Gleb Pavlovsky y Anatoli Chubais?
Mismo día que la foto anterior. Algunos de los presentes ya no lo están más.
En cuanto eso, Medvédev ha confirmado lo rentable que puede salirle una lealtad tan inquebrantable como demostró tener cuando, pudiendo haberse presentado a la reelección presidencial al cumplir su primer mandato en 2012, anunció su paso a un lado para permitir así una nueva candidatura del jefe. En pago, el fiel escudero de Putin ya ha sido primer ministro de Rusia (cabeza pequeña del que podríamos llamar biunvirato ruso) y presidente de la mayor empresa gasística del mundo desde que Putin llegó al poder. Nada mal.
Aunque ojo, que también Rudolf Hess estuvo a la derecha de Hitler desde el principio y un buen día apareció volando en solitario sobre los cielos de Escocia al principio de la II Guerra Mundial**. Medvédev ha dado otro paso al lado -con permiso de su jefe- y ahora mismo no se sabe por dónde anda, aunque sea subjefe de no sé qué de seguridad.
En fin, que Putin tiene la mira puesta en Ucrania y sin dejar de mirar por el rabillo del ojo a los socios y amiguetes de la OTAN que, por cercanía o interés, le interesa tener bajo control militar. Para eso lleva años anunciándonos lo moderno que se ha vuelto su ejército, las armas súper molonas que ha desarrollado, los misiles inalcanzables que van atiborrando sus arsenales… Vamos, que lo que otros países presentarían discretamente o ya como hechos consumados (que el negocio es el negocio y hay que vender), el ex agente del servicio secreto y hoy presidente indiscutible de todas las Rusias -vete tú a discutirle nada a éste- anuncia a bombo y platillo cada nueva adquisición. ¿Marketing o amenaza real? Infelizmente parece que el tiempo -no muy lejano- nos lo dirá.
Ahora acordaos de los Sudetes, del Anschluss y de la invasión de media Polonia-o buscadlo en Google y si eso otro día hablamos de que Rusia también invadió al mismo tiempo el otro cacho de Polonia- y pensad si compensa seguir anunciando sanciones y medidas tibias o, como hicieron Ingleses y Franceses entonces, ponerse a declarar guerras a lo gallito cuando el gallo con los espolones más largos ya había asestado los primeros picotazos.
Alemanes y rusos invadieron Polonia, cada uno por su lado, animados por la inoperancia internacional. Al final la II Guerra Mundial estaba servida... contra los primeros.
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*. Lo que viene siendo Hitler accediendo al cargo de canciller a invitación del presidente, el viejo mariscal von Hindemburg. Poco tiempo después ardía fortuitamente el Reichstag, la sede del gobierno alemán, y los nazis encontraban de cabeza de turco a obreros comunistas extranjeros para cargar más las tintas de todo el país contra estos colectivos (no alemanes y comunistas). A partir de ahí, vía libre para unificar a todos los alemanes del mundo bajo una misma bandera.
En su caso Putin recibió el testigo de un apagado Boris Yeltsin que no encontraba cómo resolver la revuelta de Chechenia. Casualmente por esos días se sucedió una serie de atentados terribles en Moscú que fueron achacados a los separatistas chechenos. Combustible más que propiciatorio para granjearse el apoyo de la población a cualquier medida de castigo militar que tomase en aquella región.
**. El sucesor oficial de Hitler se puso él mismo a los mandos de un cazabombardero BF-110 una buena noche y no paró hasta caer en Escocia. Se supone que fue a negociar un posible tratado de paz con Inglaterra -ante la imposibilidad de invadir las islas- y así liberar ese frente de cara a la próxima invasión de la Unión Soviética. Pero ni él soltó prenda desde que lo capturaron en el 41 hasta su suicidio en el presidio de Spandau en el 87, ni sus colegas de tropelías se sintieron muy a gusto de compartir banquillo con él en el juicio de Nuremberg.
De los pueblos que
guisan mal, el inglés es el más preocupado por la comida. Todos los grandes periódicos
y aún las revistas de arte y literatura insertan regularmente una sección
culinaria escrita con el mejor y más gracioso estilo. En Londres aparecen todos
los días libros deliciosos sobre el tema. No hay nadie que sea capaz de contar
mejor cómo se estofa un pollo que un inglés. Tampoco hay nadie que lo estofe
peor.
Con las bravas de La Mejillonera no se mete nadie. NA-DI-E!
Dicho
lo cual, Augusto Assía parece que está zanjando definitivamente la agria polémica sobre las patatas bravasque ha encrespado, aún más si cabe que la tradicional hostilidad a ambos lados de la verja de Gibraltar, los ya de por sí delicados lazos entre las coronas de España y el Reino Unido. ¡Y eso que Assíalo escribió setenta y tantos años antes de que una polémica votación, como la peor de las borracheras, dejara en buena parte de los ciudadanos de la Commonwealth un resacón llamado Brexit! Aparte el hecho, dicho sea de paso, que el periodista que inició este infeliz altercado tuitero-gastronómico quería ser sarcástico con la actitud anti europea de buena parte de sus paisanos.
¿Pero quíén es Assía y por qué lo traemos a colación en estas páginas? Muy sencillo. Por
ese nombre responde el avispado gallego que fuera corresponsal de La Vanguardia
a la sombra de Westminster durante los duros años de la posguerra civil
española y el no menos complicado período bélico mundial. Después de la guerra también, pero eso ya no viene al caso. Assía, en cuyo DNI debería aparecer el no menos rimbombante nombre de Felipe Fernández-Armesto, expone a ojos del lector ibero las islas británicas y sus habitantes casi como si uno de ellos se describiese a sí mismo y a su sociedad, con fuertes dosis de sorna y fino humor -dirán algunos- muy de su tierra gallega.
En el libro Los ingleses en su isla, que recopila sus artículos publicados hasta 1943 con la intención de que los lectores diarios de La Vanguardia entendiesen mejor el carácter de un pueblo que había conseguido frenar él solito desde su aislamiento insular el imparable empuje alemán, el periodista ya adelanta la dificultad de describir Inglaterra por ser "el país más escurridizo y difícil de pintar con que puede enfrentarse escritor alguno". Y añade, como muestra, que "sólo con escribir Inglaterra ya se precipita uno en tres o cuatro contradicciones" ya que de cada 20 veces, la palabra Inglaterra debía ser sustituída quince por Gran Bretaña.
A lo largo de sus páginas, Assía va desgranando todas esas contradicciones en las que incurre un país que, para comenzar, ostenta la monarquía constitucional más antigua de Europa sin que, no obstante, exista un texto constitucional concreto y sí una serie de usos y costumbres tan cambiantes como el uso (valga la redundancia) que se haga de los mismos. "Es el más liberal de los pueblos y el más conservador. Aquel que obedece más docilmente las leyes y se levanta más ferozmente contra los que pretenden vulnerarlas. El más cerrado a influencias exteriores y simultáneamente el más grande y disperso imperio unido nunca bajo una sola bandera". Una cerrazón y una contradicción, ésas a las que se refiere el autor que analiza inmediatamente como "eslabón de su unidad (de los ingleses), haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía". ¿a alguien le suena ésa actitud? Pues eso.
Las formas de Gobierno, la afición por la naturaleza y los animales, las conversaciones sin contenido, la vida en el campo, el gusto por atesorar arte y cultura (llega a referirse a la mayor colección de piezas de Sargadelos nunca vista por él, descubierta en un castillo en el que fue convidado a pasar un week-end), la enrevesada liturgia social de las clases altas, las frustraciones de las menos privilegiadas... Por cierto, que de éstas me quedo con otro párrafo imperdible:
Cada individuo de la
clase media inglesa tiene metida una espina en el cuerpo se la va a sacar una
vez en su vida, organizando un viaje a Italia o a España, con maletas de cuero y
un billete circular en primera, unos pantalones knickerbocker, una gorra de
visera y una máquina de fotografiar. En el Sur todas las gentes le toman por
millonario o pariente de los Reyes de Inglaterra. Los camareros lo llaman Sir;
los trenes retrasan su salida esperándole y los empleados de turismo guardan
para él los más rendidos gestos. Por sentirse una vez tratado como un
aristócrata inglés, John Bull gasta una parte importante de sus ahorros en un
viaje que le degrada y molesta, a través de países que maldito lo que le interesan,
contemplando monumentos que le aburren, y después, recordándolo, conserva toda
su vida un grato sentimiento hacia aquellas gentes del Sur a las que, en el
fondo, desprecia olímpicamente, porque le trataron como a un puro y auténtico
aristócrata. Así, por lo menos, lo cree él.
Ponle chanclas y calcetines, destina parte de ese gasto que hace a beber alcohol en cantidades absurdas y colorea su pellejo hasta tonos de rojo cereza, y bien podía estar hablando del guiri inglés que con el buen tiempo comienza a poblar nuestra geografía de nuevo, ajeno a brexits y similares.
Encuadernado en tela azul, 'Los ingleses y su isla'. Al pie
con cubierta de papel, los recopilatorios originales de la época
bélica. Y al lado la reedición actual de los mismos.
El caso es que a esta fantástica colección de artículos que forman un cuerpo indivisible para entender al inglés, su isla y sus cosas, le siguen otros dos tomos titulados muy gráficamente Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, con los que, como digo, se entiende la flema británica bajo las bombas. Una serie de documentos que si, como se insinuaba enel post anterior de este blog, alguien quiere emprender un nuevo enfrentamiento (o secundar el que vienen provocando algunos personajes desde las islas o el Peñón), ya sea verbal, tipográfico, dibujado o lo que sea, le van a venir muy bien para saber por dónde sí o no ponerle el cascabel a este escurridizo gato. Posiblemente el personal de La Codorniz tuviese en cuenta las observaciones de aquel que, aún no siendo muy simpático al carácter inglés, siempre fue un gran admirador de ese pueblo hasta el punto de ser de los pocos españoles que al inicio de las hostilidades mundiales, tuvo claro (y así lo hizo saber siempre en sus textos) que Inglaterra no sucumbiría a los alemanes.
Para quien quiera saber más al respecto, recientemente han sido reeditados y compilados en un solo tomo los artículos del periodo de la guerra. Infelizmente, el tomo previo sólo se encuentra, hasta nuevo aviso, a disposición en librerías de viejo y similares. ¡Viva El Estante Combado que tiene los tres originales!
PD. Y todavia me llega um
juego pierdetiempo de éstos del Facebook y me dice que tras un exaustivo
análisis de mi foto de perfil, mi rostro es muy inglés! Que debería viajar inmediatamente para allá para conocer a mis ancestros. No sé yo si es el momento más propicio...