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viernes, 26 de enero de 2024

Los caminos que me llevan a París... o a Dublín


A veces no sé si creo o no en las casualidades pero la concatenación de circunstancias es paradójica... cuanto menos. De lo que no me queda duda es de que los libros son vidas que vas sumando a la tuya, capas como de pintura sobre un lienzo, una tonalidad, un color sobre otro, formando matices... mantas sobre un cuerpo que busca calor. Ingredientes enriqueciendo un cocido... Y si esos colores, esas mantas, esos ingredientes, están perfectamente combinados en una sucesión lógica, en una gradación, una escala coherente, una sucesión lineal, el universo funciona.

Rock Hudson pensándose seriamente si dice o no dice
adiós a las armas como le manda Hemingway.
Hace unos meses, en la librería La Pantera Rossa de Zaragoza, la vista se me posó sobre un ejemplar de Tres soldados, de John dos Passos, un autor al que conocía por los paralelismos y su turbia relación con Hemingway, de quien hacía no mucho había leído, por fin, Adiós a las Armas. Tenía estos dos libros como dos de los alegatos antibelicistas fundamentales de la pos-Gran Guerra, junto a Sin novedad en el frente de Remarque, cuya lectura y análisis hice hace algunos años más. El caso es que estando aún de viaje lo empecé a leer y a recordar cuánto parecido -pero a la inversa- tiene ésta con la obra de su paisano Ernest el pamplonica. Una es la historia de un pijo -WASP- al que se le tuerce la aventura bélica italiana pero no pasa nada, porque acaba en Los Alpes suizos con una enfermera inglesa dando clases de esquí mientras se va apagando el ruido de los cañones al otro lado de las montañas. Y los otros tres, que ya vienen con el paso torcido desde el cuartel de instrucción, acabarán dando tumbos huidizos por la Francia de la posguerra. 

El caso es que dos libros después, echando un vistazo a nuestro estante en plena transición de una lectura a otra, como quien no quiere la cosa me fijé en La librera de París, recomendación personal de Tamara, nuestra Librera en la Trinchera de Urueña. Y fue empezar a leerlo y comenzar a recordar que hace mucho que no paseo a orillas del Sena y que tengo ganas de perderme un rato de nuevo por los pasillos de Shakespare &Co. Y se me ocurrió también que la protagonista de esta novela, Sylvia Beach, fundadora real de la histórica tienda de libros en inglés de la capital francesa, bien podría haber conocido al atormentado soldado-intelectual John Andrews que protagoniza la no tan ficticia de Dos Passos. Un cruce verosímil entre una historia y otra, dada la aproximación espaciotemporal entre el final de la primera y el comienzo de la segunda...

¡¿Y no es que se cruzan de verdad?!

Bueno, de verdad... 

La verdad es que en la novela donde Kerry Maher reconstruye la vida de la estadounidense que puso una pica anglófona en el chovinista corazón de la francofonía, en un momento dado describre a la librera Beach leyendo el mismo libro de John dos Passos que un par de semanas antes había terminado yo mismo. Una situación verosímil, ya que es un libro de su época, pero que no deja de ser un recurso utilizado por la novelista para localizar mejor la historia que nos cuenta. Y qué coincidencia, ¿no? que me lo había leído yo antes.

De postureo por París.

¿Pero por qué es mundialmente conocida también Sylvia Beach desde su rinconcito parisino? Pues por ser nada menos que la persona que, luchando contra la todopoderosa censura yanqui -sí, ese paraíso de las libertades que no se corta en dictar y prohibir o permitir lo que es correcto y lo que no-, se partió la cara para que el Ulises de James Joyce viese la luz

Y aquí es donde llego a Dublín. ¿Por qué? Pues porque estoy obsesionado con Ulises desde hace años ya. No, el de Homero no, que de ése me jacto de haber leído sus andanzas cuando aún andaba por la EGB. Estando aún en Brasil me hice con un ejemplar que, cuando fui a darme cuenta, estaba en inglés. No pasa nada, en inglés me lo leo... ¡Incauto! En inglés dice... Aquello era imposible a pesar de mi no tan defectuoso nivel lingüístico. Bueno, pues me tiré a por la edición en portugués y ahí anda, aún, esperándome. 

Pero oh, ¡señal! Un par de semanas después, leyendo uno de los relatos del amigo Beni Domínguez en su último compendio, Todo cambia en un instante, ¿qué libro tenía entre manos una de las personajes? Efectivamente: ¡El Ulises!

 Recuerdos de aquellos días parisinos.

Así que teniendo en cuenta esta concatenación, que Shane McGowan murió cuando empecé a entretejer esta reflexión y que la última vez que estuve en París, cuando pasamos por Shakespeare & Co. había una banda irlandesa tocando en la calle, se impone ir yendo a Dublín a acompañar a Leopold Bloom y Stephen Dedalus en su jornada del 16 de junio. Y luego ya, si eso, viajamos.


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domingo, 30 de abril de 2017

Shakespeare and Company: Entrando en la leyenda del Kilómetro Cero de París

Shakespeare and Company es uno de esos nombres legendarios a los que la ciudad de París envuelve en el halo de misterio y romanticismo que parece fluir a tal fin desde las orillas del Sena. Y nada más exacto en este caso, ya que la mítica librería anglófila reside desde hace casi 70 años nada menos que a la sombra de Notre Dame -poéticamente, se entiende, porque técnicamente sería la librería la que diese sombra a la catedral... si fuese más alta- y arrullada por el rumor de las aguas del río -rumor figurado, claro, porque por silenciosa que fuese la ciudad, no sé yo si se oiría mucho-. El caso es que es uno de esos lugares que todo buen bibliófilo tiene que visitar por lo menos una o veinte veces en la vida. Y ya aprovechando el viaje, pasar otro par de horas echando un vistazo en la cercana Gilbert Jeune y sus muchosmil metros cuadrados de estanterías, alrededor de la plaza de Saint Michel.

S&C está, como hemos dicho, en pleno corazón de París. O en su dermis, ya que el corazón sería la Île de la Cité, y la librería está en la orilla contraria. Su fachada se abre al final de una callecita atestada de comercios y bares, desembocando en la orilla del río frente a un simpático jardincito un poco por debajo del nivel de la avenida principal. Tal vez sea precisamente esa disposición la que le aporte una mayor ideoneidad para sus fines bohemios: El jardín, la calma al final de la calle, una gran acera, la perspectiva desde la avenida, las vistas hacia el otro lado del río... Y un vetusto edificio lleno de libros viejos y no tan viejos pero igualmente deseables, como una botella de vino añejo envejecido en barrica de roble francés... o americano.

Porque aunque quien dé nombre a tan ilustre local sea el mayor genio de las letras británicas, fue un norteamericano quien dio vida al actual S&C. Como también norteamericano era uno de los que le aportó, a ojos del público global, mayor lustre y fama a la firma. El primero fue el ex soldado George Whitman que, enamorado de París cuando participó en su liberación, decidió que su vida la iba a pasar con/en esa amante no tan indefensa como se le presentó la primera vez. El segundo también estuvo en esa liberación, pero a su manera.

Ernest Hemingway fue de los que se embriagó de bohemia parisina hasta la saturación en la S&C original, la que abrió en 1919 Sylvia Beach no muy lejos de la rue de la Bûcherie y que fue cerrada por los alemanes poco después de invadir la ciudad. Y sin embargo, cuando llegó a orillas del Sena el autor de Por quién doblan las campanas, parece ser que entre sus prioridades no se encontraba vengar la memoria de aquel local donde se dio cita en el pasado con otros grandes de la lieratura como Joyce, Orwell o Burroughs.

¿Y qué queda de aquella Shakespeare and Company en la de hoy? Pues practicamente todo. El acervo bibliográfico donado por Sylvia Beach, la leyenda, el espíritu, la filosofía... De acuerdo que esta Shakespeare and Company es un negocio bastante bien montado, pero es que la cultura tiene que vivir de algo. Y aquí lo han combinado muy bien. De la filosofía del S&C de Beach cabe destacar la media docena de jóvenes escritores, escogidos de entre una pléyade de candidatos, que viven literalmente (redundantemente) entre sus estantes y ayudan a atender a la marabunta de bibliófilos y turistas que se congregan entorno a esa acera para trasponer su puerta y absorber su atmósfera cargada de olor a madera vieja y herrumbre, tinta, cola, polvo y perfume (no necesariamente francés); compuesta de susurros, música, pisadas, interjecciones de admiración y risitas sofocadas.




Mientras en la calle el público vaga entre los cajones y armarios que completan la oferta de la librería en la misma acera en la que, diariamente, músicos aspirantes a grandes estrellas o simples soñadores sin más ambición que la de compartir su arte, se dan cita día a día. Las aguas del Sena siguen bajando río abajo y desde algún lugar del entramado arquitectónico de la Catedral, el fantasma de Quasimodo desvía a ratos su vista hacia ese rincón del que sólo sus ojos pueden ver fluir hacia el cielo una imperceptible nube de inspiración, formada por igual de notas y letras, de acordes y de palabras. Entretanto, Naide y yo apuramos la botella de vino comprada para la cena y que, convidada por el momento, acabó sin corcho allí mismo, mientras Clara duerme en el carrito y Marina, sentada en un pivote de la acera, disfruta sin entender por qué ese rincón mágico de París. 


...

*Nota a la imagen de ahí arriba del todo, titulada Postureo del bravo.
Creo que estaba posando con una humilde edición de mediados del siglo pasado titulada La Comédie Américaine. La ocasión lo merecia. No había conseguido pasar aún el umbral de la librería, retenido por el son de un estupendo trío musical irlandés (valga la redundancia) y la esperanza de encontrar algún tesoro en los cajones de ofertas que ocupan la acera, cuando ¡bingo! Un 'novísimo' tomo, apenas gastado el azul de la cubierta por un poco de sol y nada más, del 'Following the Equator': las crónicas de Mark Twain alrededor del mundo reeditadas en Nueva York en 1925. Como un niño con zapatos nuevos, salí de la librería más turística de París -y con justicia la más famosa- con mi libro sellado en su primera página con la cara de Shakespeare y rastros de antiguas anotaciones en la contracapa esperando ser reveladas. Ojalá pueda juntar este libro con aquel Tom Sawyer con el que hace 20 años ejercitaba mi dicción, casete de 90 a punto, en sesiones diarias de media hora de lectura en voz alta.

martes, 11 de abril de 2017

Bloqueo lector


Hacía tiempo que no pasaba por uno de estos. De repente acumulo libros comenzados, monto uno encima de otro, dejo el anterior p'aluego, y otro, y otro. Entre la marabunta alguno se salva de la quema pero me deja como una cucharada de sopa cuando estás acatarrado, que ni chicha ni limoná... Y al final no acabo casi ninguno. No es por falta de interés, pero a veces simplemente pasa. Seguro que algún pocero de la mente tiene respuesta para este asunto. Ya encarrilaré de nuevo el tren lector con alguna cosa que caiga entre mis manos de nuevo. O no, Yo qué sé. Pero que no dejo de leer, que conste, que para eso en internet siempre hay un montón de cosas interesantes que echarse a la vista. O una avalancha de asuntos noticiosos que parece que conspiran contra ese afán devorador de páginas ficticias o ensayísticas que me esperan en su lugar habitual (dícese velando la cabecera de la cama o a la siniestra del excusado, sí. O bien haciendo peso cada vez que salgo de casa).

Sin contar los Episodios Nacionales, que dejé colgados en plena campaña junto al Empecinado, el primero de la fila está a la espera desde junio, más o menos. Ni me preocupó porque fue sólo uno. O Fundador se quedó un momento a un lado mientras le sobrepasaban a decenas por una y otra banda otros títulos ni mejores ni peores. Ahora espera su vez, aún cargado de paciencia, porque ni estar a mi lado está, que me separa de él un océano hasta que alguna visita caritativa quiera incrementar poco el peso de su equipaje con tan humilde polizón. Y ahí sí, le prometo máxima atención, hasta porque me sirve para 'matar saudades' de la literatura e historia brasileña,

Y ahora llegó 2017 con la sanísima intención de cumplir algunos de los propósitos lectores que al final el año pasado se me quedaron en el tintero y fue mal. ¡Ay, ay, ay ese Ulises de Joyce, que no! En cuanto me sentí preparado de nuevo, lo puse en su lugar, abrí la primera página casi con los albores del año... ¡Y ahí fue Troya! Lo que se me atraganta el estilo -por llamarlo de alguna manera- desordenado de ese fulano. Pero he dicho que me lo leo, y me lo leo. Punto. Como las memorias de T.E. Lawrence... Sí, el de Arabia: Lawrence de Arabia y sus Siete Pilares de la Sabiduría. Pues es que a pesar de estar muy interesante la descripción de sus peripecias a camello y otras experiencias personales de lo más interesantes para su época (si se me permite expresarlo así de pasada y sin mayores profundidades por el momento), simplemente lo he ido interrumpiendo y ya le han marcado tres adelantamientos por la derecha, como a buen inglés. El último de esos tres es lo que parece un thriller histórico-semita-tardomedieval con bastante buena cara, ambientado en la judería de alguna pequeña ciudad provinciana del norte de España (casi Palencia, pero no). Pormetí que me leía El Crucigrama de Jacob para devolvérselo a mi tío Nacho lo antes posible, pero es que a pesar de lo interesante de la trama, no termino de engranarle la marcha. Ya verás como me dé por caer ahora encima de Cien Años de Soledad o alguno de los tesorillos que hemos hallado recientemente en saldos por ahí...

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Quieres unir un pueblo? Métete con él sin ser del pueblo. Así de fácil. Lo que hasta hace unos años yo pensaba que sólo ocurría en España, resulta algo más común de lo que parece mundo afuera. Porque uno puede poner  a parir hasta lo más sacrosanto de su tierra, ciscarse en lo más profundo de sus raíces o jurar odio eterno a lo más vistoso de su copa, que cuando alguien de fuera critica lo más mínimo la rugosidad de su corteza, ahí, amigo mío, se le ha caído el pelo al interfecto. Eso lo debe saber bien a estas alturas de la película el irlandés que declaró la guerra a Brasil. O al contrario, que a fin de cuentas, cuando comienzan las hostilidades a este nivel se acaba perdiendo el foco de quién tiró la primera piedra.

La versión reducida del asunto es así: El dublinés Paul Stenson, propietario de una cafetería en lo que parece uno de esos barrios residenciales -lo he visto en Google Earth- de los extrarradios de Dublín, metido a ‘social mídia’ graciosillo (vamos, que se gestiona sus redes sociales él solito y a su manera), publicó el otro día la conversación de una supuesta entrevista de trabajo que mantuvo con un aspirante brasileño a ayudante de cocina. El chaval, imagino que nervioso entre otras cosas por el precario dominio de la lengua local pero envalentonado por su juventud (todo eso son suposiciones que yo me invento), acabó soltando la sinhueso, aunque fuese de aquella manera. Y como dicen en Brasil, acabó dando merda, confundiendo kitchen con chicken o lo que  es lo mismo: cocina con pollo. A partir de ahí, imaginen la conversación: “Que si yo quiero mucho ser ayudante de pollo, que si tu pollo es grande o pequeño, que si a mí me encantan los pollos”…

Y el fulano, que tiene su propio libro de estilo de marketing, no dudó en llevarlo a las práctica en las redes sociales, ilustrando la conversación con una histriónica foto propia que no tiene nada que ver con la situación, aparte de la comicidad. Hasta ahí, otro éxito mediático más del amigo Paul. Pero como con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho, el cómico coffee-man irlandés no sabía en qué tinglado se estaba metiendo, haciendo leña de un brasileño en las redes sociales. Se le había caído –un poco más- el pelo sin saberlo.


Otra de las 'graciosas' campañas mediáticas del
White Moose Café que en este caso a los veganos
no hizo ni puñetera gracia.
Alguien a este otro lado del Atlántico se encontró la foto, de entre los muchos que habían marcado ‘like’ y habían compartido la graciosa situación, y pronto, ahí fue Troya. Primero que si había menospreciado a un brasileño. De ahí la cosa fue creciendo hasta palabras más fuertes como racismo (que en Brasil es delito, y grave), xenofobia… Y como digo, la guerra tomó forma. El fulano de repente vio crecer las métricas de alcance y visitas de su página y, todo codicioso, metió más leña al fuego. Como algunos visitantes virtuales habían pasado desde Brasil a dejar su opinión acerca del local (una estrellita en las votaciones), el hombre, envalentonado por el éxito de su cafetería en las redes sociales, retó a sus nuevos enemigos a conseguir otras 10.000 estrellitas solitarias hasta el fin de semana (luego puso que en una hora, visto que la meta había sido pulverizada). El infeliz no sabe que el brasileño es uno de los pueblos más socialmente activos del mundo. Dicho y hecho, si antes su valoración contaba con unas 5.000 votaciones cinco estrellas, hoy su crédito en Facebook está por los suelos, con más de 20.000 puntuaciones mínimas. (Actualizando: acaba de postar diciendo que da otra oportunidad a sus enemigos, de llegar a los 30.000 en 24 horas).

Parece que por primera vez a Paul le escoció su ‘popularidad’, porque intentó movilizar a sus paisanos y parroquianos ofreciendo cerverza gratis, empanadas, entradas para el concierto de Beyoncé (que conste que esas ya las sorteaba antes de empezar las hostilidades) a cambio de votos cinco estrellas. Pero nada. Habrá que esperar a St. Paddy para ver si la movilización general pasa de las barras a los smartphones. Lo dudo. Mientras tanto, su respuesta sigue siendo echar más leña al fuego, visto que sus rivales entran al trapo. 

En fin, que para ir resumiendo este curioso suceso, que no tiene nada que ver con este blog pero que me pareció un interesante hecho social para reflexionar, añado apenas dos cosas: 

    1. A ese tipo le gusta incendiar. Y el fuego social está demostrado que le dá réditos (publicidad gratis). Infelizmente a veces no se calcula el alcance de las propias decisiones y el conflicto parece que está saltando de las redes sociales a la vida real. 

    2. Las personas ya no tienen el humor que se tenía antes, tal vez más inocente, pero inofensivo. Cuántas veces no le habrá declarado algún español la guerra a Inglaterra (el de La Codorniz, sin duda, el más sonado), o el más recordado estos días del pueblo de Huéscar a Dinamarca, pero sin pasar de la broma (aunque en el caso del pueblo granadino la cosa hubiese nacido en serio). 

En fin. Como resumen final recomendaría a los brasileños que se partan el pecho patrio por otros asuntos más importantes que defender a un chaval, el que supuestamente fue ofendido con la gracia del barman irlandés, que ni lo ha pedido ni lo necesita. Él es un chaval que se ha echado el mundo por montera y se ha atrevido a buscarse las castañas al otro lado del mundo, psobiblemente aprendiendo sobre la marcha una lengua que no es la suya. Y eso es una cosa de la que puede estar orgulloso allá donde vive, porque pocos en las islas británicas pueden alardear de saber hablar algo más (y en muchos casos medio mal) que la lengua de James Joyce. El resto es fuego de paja.

lunes, 4 de enero de 2016

Queridos Reyes Magos...




Cuando comencé a pergeñar esta carta, en realidad estaba pensando en hacer una declaración de intenciones lectoras para el incipiente año 2016, ya que el ayudante de Sus Majestades, el señor Noel, con la inestimable colaboración de Naide y las niñas, ya se había dignado agasajarme con algunos de mis deseos más confesables, además de otras sorpresas totalmente inesperadas aunque no por ello menos celebradas. Después fui un poco más allá en mi intencionalidad y, con un marcado espíritu de servicio público inspirado -como siempre, una vez más- por mi señora, repensé la orientación del texto hacia algo más últil a los lectores de mi mundo más cercano (léase todo aquel que acabe deslizando su vista por esta sucesión de letras y signos), con propuestas e indicaciones de libros y librerías, físicas, digitales o figuradas, tanto en español como en portugués

Pero como sobre ese asunto puedo hablar más largo y tendido en base a una sesuda reflexión con la que pueda aportar el mayor y mejor número de datos y sugerencias, vuelvo al plan incial que, por otra parte, puede servir al avezado lector como orientación de cara a futuras lecturas o peticiones reales. Porque a estas a alturas, debo ser de los últimos en cartearme con Sus Majestades. 

Como ya expresé recientemente por estos lares y Sus Majestades ya deben haber observado, de repente me ha dado por la lectura temática. Vamos, que desde los tiempos del Proyecto de Fin de Carrera que no leía tantos libros con algún punto en común entre ellos. Bueno, excepción para 2014, cuando de golpe y porrazo me zampé los cinco tomos de las Crónicas de Hielo y Fuego, de las que luego hablaré un poco más. Para este año me he propuesto un proyecto para el que ya tengo hasta título: De Napoleón a Stalin. La epopeya de la Rusia moderna a través de la literatura¿Y ezo qué eh lo que é? Pues nada más y nada menos que volver a retomar antiguas lecturas, ahora con un eje lógico. Éstas son:


     *Guerra y Paz (e-artnow -ebook-, Colección Integral de León Tolstoi). La obra maestra de Tolstoi (que leí hace ya unos 15 años y que pretendo retomar en cuanto de fin a mi particular serie 'victorhuguiana' que comencé en diciembre con El Jorobado y acabaré cuando sea con Los Miserables), ópera coral -siempre quise usar esa expresión- que narra la Rusia del siglo XIX con un cierto paralelismo también con los Episodios Nacionales. Omnipresente corso (Bonaparte), que tan determinante fue para la historia del Viejo Continente...



     *Vida y Destino (Galaxia Guttemberg). Cambia de siglo, muda el arcaico escenario de la Rusia rural por el idílico-opresivo soviético y a las águilas del ejército invasor cuélgale de las patas una svástica, y te sale la que es considerada como continuación natural del anterior. ¡Las ganas que le tenía a Vasili Grossman desde tiempos del PFC! Resulta que acumulaba tres libros del corresponsal de guerra de Estrella Roja en casa de mis padres y ni me acordaba. Así que para no cargar el equipaje con mucho peso, por ahora sólo me he traído éste.



     *Archipiélago Gulag (Livraria Bertrand). Quién me iba a decir, cuando mi hermano Fernando me encontró una vieja edición del más famoso libro de Alexander Solschenitzin (Soljenitsine, Solzhenitsyn, Солжени́цын... haya apellido complicado) en un mercadillo lisboeta, que aquella mi primera incursión en la lengua de Camões (interrumpida con la sana intención de hacer reverdecer el portugués de un buen amigo que tristemente nunca pudo volver para reintegrar el libro) acabaría siendo el inicio del bilingüismo en mi romance con la literatura. Y mientras no me hago con una nueva edición de Archipiélago, por lo menos puedo volver a matar el gusanillo del realismo penitenciario soviético del que Solzenich... Solschenit... Solje... ¡Alexander! fue una víctima más, releyendo El Primer Círculo (mi ejemplar es un viejuno de Editorial Bruguera, aunque hay otros más modernos como el de Tusquets), que se centra en la situación -a veces casi absurda si no fuese cruelmente triste- del confinamiento de intelectuales y científicos con la excusa de servir de mano de obra cualificadísima y baratérrima del régimen.


Y para cerrar el ciclo ruso (más o menos) me reservo el interesante Em Busca da Utopia Kitsch (Editorial Record) que Naide encontró un día por casualidad en una librería de viejo frente a su trabajo. Se trata de una curiosa crónica viajera donde el periodista Marcelo Abreu recorre el mundo comunista, desde la ex URSS y las repúblicas del Cinturón de Acero a Cuba, pasando por media Asia, a través de la grandilocuente y absurdamente colosal arquitectura y escultura que nos quedó de legado por medio mundo de la época comunista.


Solventada mi epopeya rusa, pretendo meterme de cabeza, por fin, en la Irlandesa. ¡Ganas que tiene uno, sí señor! De esta vez no se me pasa el Ulysses de Joyce. Después un fallido primer asalto (un libro de por sí enrevesado, sólo a mí se me ocurre intentar leérmelo a las primeras de cambio en versión original), fui a encontrar una edición más que asequible y cien por cien confiable (Penguin es de las editoriales internacionales más solventes que conozco).Leopold Bloom, voy a por ti.


Y hablando de epopeyas y series, después de conocer la decepción de George R.R. Martin por no haber podido acabar Vientos de Invierno a tiempo -¿a tiempo de qué? ¿De no sufrir el libro spoiler por parte de los guionistas de la serie? ¿Y qué pasa con la decepción de los millones de frikis que esperaban ese libro como agua de mayo?-, al menos me queda disfrutar, como libro de cabecera, de El Mundo de Hielo y Fuego (LeYaque tan a bien tuvieron Sus Majestades enviarme con tanta antecedencia (viva el Black Friday de verdad).

...

En fin. Por ahora creo que voy a cerrar por aquí esta misiva (al final acabé haciendo lista de fin de año y lista de año nuevo), agradeciendo de antemano, como siempre, su atención y cariño, aprovechando para renovar mi deseo de salud y felicidad para todos los míos, y deseándoles un buen viaje por todo el mundo en su altruista y siempre ilusionante misión.