Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de enero de 2024

De libros por Valladolid


Ahora entiendo mejor a esas personas -intentaré evitar etiquetas encasilladoras- que "salen de compras" por el mero placer de recorrer tiendas aunque al final, después de horas, no hayan adquirido más que una o dos prendas y probablemente en absoluto imprescindibles. El otro día nos sorprendimos Naide y yo haciendo precisamente eso mismo aprovechando un viaje relámpago a Valladolid. Tras cumplir con una serie de compromisos y recados nos escapamos en el ratillo restante a recorrer algunas de las librerías que forman parte de mi contexto juvenil.

Porque algunos de los mejores años de mi vida -y los de cualquier estudiante- los pasé en un entorno privilegiado a orillas del Pisuerga... o un poco tierra adentro. Fue en Valladolid, ciudad que heredó y multiplicó la tradición universitaria y cultural -y mucho más- de Palencia cuando ésta fue perdiendo peso en el panorama sociopolítico de la vieja Castilla. No voy a entrar en rivalidades fútiles que, a fin de cuentas, en el mejor de los casos sólo añaden un poco de pimienta en esta relación secular entre ambas ciudades. Al contrario, vengo como palentino a alabar en lo que se convirtió nuestra vecina y de donde, como digo, guardo los mejores recuerdos.

Y ahora lo del entorno privilegiado: ¿alguien se ha parado a contar cuántas librerías y de qué calidad y variedad se albergan entre un puñado de calles del centro histórico vallisoletano? Yo, concretamente no. Durante mis años de estudiante me dediqué a disfrutarlas sin mayor preocupación. La mastodóntica Máxtor, la recoleta Sandoval o la muy especializada Eurobook son algunas de las que acogían mis pasos perdidos cuando no encontraba compañía para echar la partida en los ratos libres que nos fabricábamos algunos compañeros como aplicados estudiantes que éramos -entiéndase la ironía de la cursiva-.

Máxtor es panorámica en sí misma.
Había otras librerías, como la Petrarca o la ya desaparecida Rayuela en ese radio de 100 o 200 metros alrededor de la puerta del centro donde me formaba como periodista, que a pesar de sus sugerentes nombres no fueron de las que más me llamaran a recorrer sus estantes. Pero ahí estaban. Y ampliando el rango estaban Oletvm, Castilla Cómic -para mí, templo del frikismo viñetista la sucursal de los entornos de la Catedral, y de otros tipos de literatura, historia y frikismo en general la de la zona de la Plaza de España-, la librería Universidad o la cinéfila y artística El Árbol de las Letras.

Fotogramas del programa 'Un país para
leerlo` dedicado a Valladolid.
Recomendación televisiva.

Sí, me dejo muchas, pero éstas son las que recuerdo porque son precisamente las que pisé en mayor o menor medida durante aquel lustro y pico que anduve rondando la vida universitaria. Y tan buen recuerdo me dejó esa vida que ahora que soy más bibliófilo y lector que antaño, no puedo dejar de dar una pasadilla por la zona cuando me surge la oportunidad, no tanto para entrar en algún bar de los de antaño como para comprobar, para nuestra alegría, que la fauna librera lejos de mermar, se ha multiplicado. Por poner un ejemplo: un día de estos, viendo el programa Un País para Leerlo, me quedé con la mosca detrás de la oreja porque el simpático presentador, Mario Obrero, visitaba un espacio con un delicioso olor a vetusto que me era totalmente desconocido.

"¿Sandoval en la plaza del Salvador? El caso es que ese nombre... pero el espacio no me suena de nada y por ahí sólo conozco otra más moderna... ¡Habrá que ir!"

Y fuimos, claro.

De camino paramos en un inmenso espacio de dos plantas y relativamente reciente apertura, Margen Libros. ¡Qué alegría dá ver que la demanda permite abrir lugares así, tan grandes y llenos de género variado! Y llegamos a la famosa Sandoval. Efectivamente, el nombre me sonaba, pero no el espacio, ya que éste era una sucursal de la que yo frecuentaba antaño en la plaza de Santa Cruz y que, si no lo conocí antes, fue por puro despiste porque abrió sus puertas con motivo de los 25 años de la tienda original. ¡Y qué puertas, y qué espacio! Nadie diría que lleva ahí 'sólo' 25 años.

Fotogramas de la película 'Voy a pasármelo bien',
localizada en la librería Clares.
Visto en el cine.

Lo cierto es que esta zona de Valladolid, aunque céntrica, como nos explicaba el
librero Miguel Jesús Sánchez
, ha sufrido una bienvenida revitalización precisamente de finales de los 90 para acá. Y con ella han llegado muchas librerías, como digo, aunque otras llevan por ahí décadas y, para mi escarnio, no todas las conocía yo. Cosas de cuando eres joven y acabas sucumbiendo a la llamada de las sirenas de bares y discotecas -también la oferta es infinitamente superior, todo hay que decirlo-. Pero ¿ves? Al final lo que tiene poso es lo que queda, porque no recuerdo el nombre de media docena de aquellas parroquias donde quedábamos para tomar un chisme o lo que se terciara, y las librerías en cambio te las ubico sin GPS. Y aprovecho para ampliar esta base de datos con la librería Clares, "la más antigua de Valladolid".

Porque anda que no habré pasado por delante infinidad de veces. Pero será por las prisas, por ir siempre a tiro fijo por esa zona hacia Castilla Cómic, o porque un enorme y no muy estético quiosco tapa la casi totalidad de su diminuta fachada, hasta este día que acabamos yendo 'de libros por Valladolid' nunca había reparado en Clares. ¡Y mira que la he visto hace poco en la tele también! Sí, sí, un compendio de nostalgia de manual: en la peli basada en la música y la época de los Hombres G ‘Voy a pasármelo bien’. Es la que aparece en eso que podríamos llamar 'flashforward' donde trabaja el protagonista ya adulto al estilo Hugh Grant en Notting Hill.

Sí, qué pasa. ¡Ese Tintín ahora es nuestro!
En fin, que Isabel no será -ni mucho menos- el timorato actor inglés, pero que historias tiene para contar de los 60 años de este delicioso rinconcito de Valladolid que compite en coquetón aspecto con el reloj de cuco acallado a la fuerza colgado junto al mostrador, las tiene. ¿Que quieres saber la historia del cuco? Primero te paras frente a la fachada del establecimiento y luego vas y le preguntas a ella mientras pierdes la vista por viejos lomos de la colección Austral o los cómics de Tintín y Asterix de aquella época... y libros nuevos también, claro.

Y por aquí voy acabando, porque si no, no acabo. Porque me quedan en el tintero un montón de sitios que han ido abriendo por los entornos de la Universidad en estos últimos 20 años -¡amén!- o que al menos yo no he conocido hasta mi retorno, y a los que les debo una visita sí o sí. Sitios como Re-read, Libros y Libros, la Parada de los Cómics, en un Bosque de hojas... Una visita que quedará para la próxima vez que vengamos de libros por Valladolid.


También te puede interesar:

-La escapada cultureta del finde: Calles angostas por pasillos atestados
-De como conocí a Rod Stewart en una librería de Palma de Mallorca
-Shakespeare and Company: Entrando en la leyenda del Kilómetro Cero de París
-E
n busca de los libreros de viejo porteños
-
Cosas de japos. Una librería para un único libro

sábado, 23 de abril de 2016

23 de Abril

Ángel lalinde, cervantes, quijote, Alonso Quijano, libros, caballería, 23 de abril,
Ilustración de Ángel Lalinde para la adaptación
escolar del Quijote. Editorial Edelvives, 1990.
Me encantan los libros antiguos, usados, descartados; grandes -o no tanto- obras de literatura olvidadas durante años en estantes o cajas y revendidas un día a precio de saldo.

Me pirro por ir a un mercadillo, a una librería de viejo (un sebo, como lo llaman aquí en Brasil), procurar rarezas en Internet.Y una vez descubierto algún tesoro, sentir su aroma acre de papel mohoso, el tacto áspero que se contagia a mis manos, dejarme sorprender por alguna glosa, dedicatoria o autógrafo que guarde, como un confesionario, los secretos de aquellos que antes que yo se asomaron a sus páginas. Cosas que nunca llegarán a entender el Kindle, la tableta, el smartphone o la smartTV, por muy 'smart' y prácticos que sean.

Hoy, Día del Libro, homenaje a Cervantes y Shakespeare, dos de los mayores genios de la literatura universal, vaya mi homemaje también a uno de los legados más valiosos que nuestros padres hayan podido dejarnos: el amor a la lectura.

(Escrito un día como hoy de algún año pasado en cierta otra red social).

martes, 1 de marzo de 2016

Pérez Reverte y sus Hombres Buenos. Una señal y mucha inspiración

Las señales nos rodean, están por todas partes esperando que las captemos. Los hay más sagaces que, al primer toque, pillan el mensaje. Otros necesitamos que el badajo nos golpee la cabeza repetidas veces antes de darnos cuenta de que la campana está tocando para nosotros… (No, doblando no. Por el momento dejémoslo en toque y en el futuro, quién sabe si no lo cambio por repique). En fin, que si este artículo tiene un título medio enigmático y aún lo embarullo un poco más con esta inconexa introducción, en el futuro os contaré mis motivos, aunque algunos ya vayan pillando o intuyendo ahora el quid de la cuestión.

El caso es que hace algunos meses escribía el texto que viene a continuación, mientras comenzaba a degustar un nuevo producto con el sello Pérez Reverte que tanto me ha inspirado en la vida:

«Creo que nunca había leído un comienzo de libro tan interesante como el de éste. Normalmente (las novelas en las que me embarco)  arrancan describiendo una situación, un paisaje, un personaje, metiéndome de golpe en la trama: "Su mirada azul profundo se clavó en su interlocutor..." "Era una lluviosa noche de invierno..." "Saboreó el último trago con parsimonia..."
Éste, en cambio, interactua con el lector. Me siento bienvenido de vuelta a las páginas de Pérez Reverte. "Buenas tardes, cuánto tiempo. Por favor, pasa y ponte cómodo. Gracias por volver". Aquí el autor nos mete en situación personalmente antes incluso de empezar a desvelarnos parte de su propio proceso creativo. Y de repente, casi sin percibirlo, empezamos a conocer los vericuetos de una institución como la Real Academia de la Lengua a través de sus miembros en dos épocas distintas, a través de una supuesta realidad figurada en los tiempos actuales y una ficción basada en hechos reales del pasado. Acabo de comenzar el libro, pero ya me está pareciendo brillante. Veamos dónde nos lleva».

Así comencé a leer Hombres Buenos. En realidad, más que leer, me dejé inspirar una vez más por ese tipo de voz anasalada al que veía hace años mandando crónicas desde Sarajevo o cualquier otro caldero hirviendo del mundo, y que me hizo decidir ser periodista. Ese fulano de verbo afilado que después escribía contra todo y contra todos, y que me hizo quitarme de golpe los pelos de la lengua en busca de la columna irónica y constructiva que no dejara a nadie frío. Ese personaje que al final, comenzó a relatar sus guerras e historias desde un sillón, y por el que yo también quise ser escritor. Solo que aún no había encontrado La Historia, Mi historia. Mientras tanto, en varias ocasiones me había dado pistas sobre el método hasta que escribió su último libro. Y aquí, continúo.

Efectivamente, Hombres Buenos va trenzando dos historias: la que cuenta y cómo llegó a ella. Y para que no me llamen pelota, ahí le voy a mandar una crítica que llevo haciéndole a mi querido maestro desde que comencé a leer sus ficciones hace veintitantos años: Le falla la finalización. Imagina aquella arrancada de Leo Messi contra el Getafe (por no hablar de la Maradona contra Inglaterra, que para mí fue mucho menos bonita aunque tuviese más trasfondo), si en vez de entrar limpiamente tras el regate final, acaba batiendo en el poste y entrando de chiripa por un rebote fortuito en la espalda del portero. Y digo entrando porque si no acaba en gol ni siquiera merece la pena recordar la jugada. Sólo si es del Loco Abreu.  El caso es que Pérez Reverte va driblando rivales, haciendo bonito lo difícil, hilando la trama con maestría, tirando la pluma a diestra y siniestra, chocando filos, fintando contraataques, enlazando personajes, amagando resoluciones, haciendo volar la imaginación del lector con su verbo y al finalizar… al finalizar, cuan Cyrano de Bergerac, nos hiere. Más de una vez me ha dejado un poco con sabor de boca a lo Lucy Lawless en la tienda de cómics de Los Simpsons. La Piel del Tambor, El Club Dumas, El Asedio… En fin, nadie es perfecto.

El caso es que don Arturo lo borda con su experiencia. La búsqueda de documentación, los libros, los encuentros, las conversaciones, las amenazas de 'participar' en la próxima historia, la reconstrucción del viaje... Y mientras tanto sus personajes van recorriendo una trama que tiene un poco de guión de Hollywood: sin ser una historia definitiva, trascendental, es la forma de llegarte lo que te atrapa. Dos viejos se van a París a buscar una Enciclopedia, se juntan a un gorrón que a veces también ayuda y hay un
Un malvado peligroso siempre al acecho,
esperando el momento de hacer fracasar
el plan de los adustos protagonistas.
¿De qué me suena a mí eso?
malvado que parece inspirado en Transfer, el de la serie de Willy Fog. Cuesta, pero al final consiguen su objetivo, que era lo que se esperaba aunque no sepamos tampoco muy bien cómo
. Punto.

El caso es que yo le sumé a la experiencia literaria el hecho de también haberme acabado el libro en París, en un viaje donde, sin haberlo preparado, el componente bibliófilo fue muy fuerte. Así que, maestro, una vez más le quedo agradecido por lo enseñado. Espero un día poder corresponderle a la altura, aunque yo los libros viejos los compre en edción de bolsillo y rústica, y tenga que conformarme con reproducciones de mapas antiguos o auténticos de poca antigüedad. 

martes, 26 de enero de 2016

Mejor 'perdidos' que olvidados



Imagina que llegas a una sala de espera, un asiento del bus/taxi/metro, una cafetería, un banco del parque, y te encuentras un libro solitario. El primer impulso, claro, sería dejarlo donde está por si el dueño lo ha abandonado temporalmente con la intención de avisar que ese lugar está ocupado. También puedes llevarlo hasta la barra, dejarlo en la recepción, con el conductor... O echarle un vistazo. Entonces imagina más: saborea el gustazo de encontrar asomando entre sus páginas una nota de bienvenida, invitándote a entrar hasta el fondo, hasta la última hoja. Y que una vez leído, sólo tengas que asumir el compromiso de garantizar la continuidad del viaje de ese libro, de hacer que siga perdido, no olvidado.

Puede resumirse así la filosofía del bookcrossing, una iniciativa que surgió a comienzos de siglo, entre experimento social y desafío cultural. Desde entonces, a la sombra de la propuesta primigenia global, se han extendido acciones similares por todo el mundo sin más ambición que hacer que libros abocados a acumular estratos de polvo, entrasen de nuevo en el circuito de la lectura.

Ayer fue la vez del Esqueça Um Livro –olvide un libro- en Brasil. Y por fin participé y, como dice Nadie, ejercí el desapego de un ejemplar de nuestra biblioteca. ¡Con lo que me cuesta a mí eso! Que ayer fuese el día específico no quiere decir que sólo se tenga que hacer una vez al año. Pero sí que habiendo una data específica, nos acordemos que está ahí para ser hecho siempre que se tenga ocasión. En otros países como Venezuela tienen el Adopta un Libro, o la Siembra de Libros que he encontrado en Argentina o Costa Rica, organizada por el Club de Los Libros Perdidos varios días 21 al año. Aunque parezca que la cosa ha perdido un poco de fuelle, a tenor del distanciamiento entre las convocatorias encontradas (como ésta, el día del aniversario de BookCrossing).

En Brasil existen otras propuestas bien interesantes sobre compartir libros a pie de calle, como el Bibliotaxi que comenzó entre los asociados de una de las empresas de transporte público de São Paulo y que ya se ha extendido a otras capitales, o el proyecto Geladeira do Livro en Brasilia, que además de difundir la cultura escrita, fomenta el reciclado y reutilización de este aparatoso electrodoméstico.

Y respecto a la idea que podemos llamar de génesis de todo esto, el Bookcrossing, ahí está, firme desde hace 15 años, creciendo en actividad y propuestas. Merece la pena echar un vistazo al mapa rastreador de libros, siempre con nuevos avisos apareciendo a lo largo y ancho del globo. Es realmente motivador. También saber que España está entre los diez primeros del ránking de bookcrossers (aunque sea con un 1% del total de actividad mundial).

Como digo, ayer hice mi parte y aproveché mi olvido también para iniciar mi perfil de bookcrosser. Confieso que ahora que estoy leyendo el libro entero –y lo que te rondaré morena-, tampoco fue muy difícil desapegarme de un tomo de bolsillo con la primera parte (de un total de siete) de Los Miserables.  Tengo la firme convicción de que a quien le llegue, tras una primera frustración al descubrir que eso era sólo un señuelo, buscará hacerse con las otras seis partes que le faltan. Vamos, que se habrá enganchado -estrategia yonki total-.

¿Alguien más se apunta a quitar el polvo y las telarañas de su biblioteca y devolver a la vida aquellos libros que, confesémoslo, difícilmente volveremos a leer? Recordarlos para después 'perderlos'. Ahí queda ésa.

lunes, 18 de enero de 2016

De como conocí a Rod Stewart en una librería de Palma de Mallorca


"Are you hearing this fucking noise?" Farfulla esas palabras mientras su barba desaliñada asoma desde detrás de una librería atestada de viejos volúmenes con tapas en inglés. Más o menos así fue como conocí al librero Rod Stewart. Así se me presentó, por lo menos, mostrándome como prueba de identidad no su pasaporte, si no una vieja foto -de cuando aún se pasaba la maquinilla por el mentón- posando junto al famoso cantante en algún rincón del dédalo de fileras de papel encuadernado, madera polvorienta y amarillentas láminas enmarcadas.

Marcáginas de la librería de Rod Stewart en la capital de las Islas Baleares
De los orgullos de Rod: El vídeo
de ahí arriba y este marcapáginas
cuyo gusto Clarita ya probó.
Rod -no me voy a molestar en investigar si realmente se llama así para no perder parte de la magia del momento- es el dueño de una de esas librerías que en estos tiempos de hoy en día diríamos que sólo se ven en las películas. Menos mal que la realidad siempre supera a la ficción. En cuanto al maldito ruidito, lo emite uno de esos aparatitos con sensor de movimiento para avisar de la entrada de visitantes en la tienda. Un uso que se revela inútil, a tenor de los cinco minutos que llevábamos otro guiri y yo dando vueltas por los estrechos corredores formados por libros que van del suelo casi hasta el techo. Después de que le felicite por ese espacio mágico que regenta y tras descubrir que mi inglés ya pasó por mejores tiempos, el librero continúa hablándome en un correcto español alternado con algunos giros británicos. De entrada me disuade de preguntar el valor de una edición de bolsillo en tres tomos de Guerra y Paz fechada en Londres en 1940. "Aquí todos los cabrones vienen preguntando cuánto cuesta eso, cuánto aquello, y si lo vendo por cien sonríen y dicen que ya volverán, y si por diez, que si lo vendo por cinco. Una mierda este trabajo". Así que por si acaso, dejo mi interés por Tolstoi para mejor ocasión. Y ahí seguimos un rato despotricando contra la imposición del descanso de los días festivos en lugares turísticos y contra las costumbres arcanas de España, solidarizado conmigo por mi condición de emigrante. Revisamos la regalia militar más o menos sospechosa allí presente, desde tiempos napoleónicos hasta la Segunda Guerra Mundial y hablamos de literatura inglesa hasta que me percato de que su desdentada sonrisa y mala leche me han ocupado tiempo de más del dominguero paseo familiar, lamentando que ese fuese el atardecer de mi último día en Palma de Mallorca.

martes, 29 de diciembre de 2015

Cuaderno de bitácora del Estante. Dia 2

* Sólo para dejar constancia. Segundo de día de blog y sigo sin ser rico ni famoso, ni recibir decenas de libros de gratis para meter alguna reseña por aquí. Tendremos que perseverar.

* A pesar de haberle aliviado casi tres kilos de libro de encima, la balda superior sigue combada. Los libros de la inferior se reparten parte de la fuerza que aquella ejerce, muy legalmente según mandan los preceptos del señor Newton. Y aunque la cosa no parece de mucha gravedad, habrá que constatar que nadie sujeta por debajo de ésta última. 

* Los casi tres kilos de libro, todo sea dicho, tampoco han tenido mucho tiempo de influir mucho en sus vecinos ya que se trata de uno de los recién llegados. Me esperan meses miserables (en el mejor sentido de la palabra) junto a la obra maestra de Víctor Hugo. 

* Y hablando de vecindades, que no se acostumbren mucho los que esto leen, porque siguiendo las recomendaciones del maestro Morpheus y ejerciendo el poder de tomar ahora la pastillita azul para después rectificar los efectos secundarios con la roja, si no me apalanco, en algún tiempo nos mudamos para un WordPress. Déjame entender bien la arquitectura de todo aquello. Menos mal que aún no hemos comenzado a desempaquetar, que si no, ya sabes, aquella pereza de las mudanzas.