martes, 18 de abril de 2017

¡Más papel, es la guerra!

Portada del excelente estudio/recopilación editado por Edaf en el 99.
La gravedad de los acontecimientos que vienen protagonizando en progresión geométrica nuestros vecinos al oeste del Mar del Norte. Su insensata actitud egopatriotista nunca abandonada a pesar de todos los intentos por insertarlos en la sociedad comunitaria. Su insistencia en diferenciarse del resto con gestos tan poco cabales como conducir por el lado equivocado de la calzada o mancillar la dudosa reputación de las chanclas eclipsando su efecto refrescante sobre el pie con el uso de calcetines -muchas veces de color!-. Todo eso, insisto, nos hace desenpolvar una efemérides tan notable como el próximo sexagésimo primer aniversario de la declaración de guerra (culminada brillantemente con una fugaz victoria, como siempre poco recordada en este país que nos acoge) lanzada por lo más granado del humorismo español contra la Pérfida Albión. A ver si así, desde el 10 de Downing Street o desde el Palacio de Buckinham se dan por enterados. Principalmente la reina, que sigue siendo la misma que, a los pocos años de iniciar su reinado, afrontó no sin su habitual dosis de flema real, el primer gran conflicto internacional de su interminable imperio a cargo de los plumillas y dibujantes de La Codorniz.


Fueron meses de descargas artilleras en formato papel contra los farallones blancos de Dover. Cascotes de letras abollando bombines por doquier y ráfagas de carcajadas insuflando ánimos a las lectoras huestes hispanas. La repercusión internacional, como era de esperar, fue más o menos la misma que cuando el Almirante Vernon se volvió por donde vino de Cartagena de Indias con su maltrecha escuadra y el rabo entre las piernas. Un lujo verbigracia que posiblemente su contrincante no podría permitirse, ya que ni piernas (en plural) tenía para meterse el rabo.

Los ingleses dominan hace siglos eso de usar la prensa
para avivar la rivalidad internacional.
En realidad fue una suerte de guerra fría mientras el papel no fuese usado para cebar calderas. Un tipo de hostilidad a priori indefensa que los ingleses llevan usando desde que descubrieron la efectividad del papel impreso como arma satírico-arrojadiza. Napoleón, por ejemplo, ya fue víctima de estos alfilerazos en letra y trazo de la prensa inglesa, que le amargaban los desayunos mucho antes de la derrota de Waterloo. Y qué decir del susodicho Vernon, que antes de zarpar de Inglaterra rumbo a América, se hizo acuñar su propio chiste sin imaginar siquiera el valor humorístico más que numismático que su moneda tendría en el futuro.

"El orgullo de España hmillado por el almirante Vernon", mientras un tal Don Blass, más entero que el héroe de
Cartagena, hinca la rodilla (no sabemos si la del muñón o la otra) ante el promotor de tan histriónica medalla. 

Los de La Codorniz se adelantaron a los comandos de turistas guiris que, algún tiempo después, emularían a las heroicas Ratas del Desierto de Sir Percy Hobart cuando se infiltraban en las líneas del Afrika Korps. El hilarante estado mayor de la Plaza del Callao (sede del semanario) lo tenía todo tan pensado que hasta desplegó sobre el terreno un especialista en pequeños sabotajes. Y claro, puntualmente enviaba sus crónicas/informes sobre la actividad quintacolumnista desarrollada en la capital de la Pérfida Albión. Como muestra, un botón:

...Mientras camino por la calle voy arrastrando los pies contra el suelo. De esta forma contribuyo a que la acera se desgaste más deprisa. (...) Saco un papel arrugado del bolsillo, y lo lanzo procurando que caiga fuera (de la papelera). pasan unos extranjeros y al ver el papel en el suelo hacen un leve comentario sobre la suciedad de las calles londinenses. (...) Aunque sé perfectamente dónde está mi hotel, me dirijo a un guardia y le pregunto en inglés por su dirección. El guardia, para contestarme, tiene que desatender por un momemto sus obligaciones de mantener el orden con el consiguiente perjuicio a la nación inglesa…


El pedante director de La Codorniz, Álvaro de la Iglesia,
explica el plan de ataque para que la tonadillera no se
pierda en las nieblas londinenses.
Todo un despliegue en el que llegaron a tener empeñado el apoyo nada más y nada menos que de Sarita Montiel, a la que nombraron agente especial y espía bajo el nombre en código de X-1. Ahí es nada… Aunque es bien cierto que La Codorniz no era una cualquiera en la sociedad hilarante de esa época, habiendo dado cobijo e incluso impulso a nombres como Chumy Chumez, Gila, Miguel Mihura, Jardiel Poncela, Gómez de la Serna y Wenceslao Fernández Flórez, o mi muy admirado Antonio Mingote, por citar algunas de las ilustres firmas que por sus páginas pasaron, aunque no precisamente en esta belicosa época que nos ocupa.

Pero lejos de nuestra intención hacer sonar de nuevo los clarines de la guerra, porque para eso ya están otros allá por el Mar de la China afilando los misiles. Lo nuestro es más una labor formativa, informativa, de contenido, para quien necesite pólvora en su particular guerra al inglés. O al británico, según se mire. Y para eso, nada mejor que leer al genial Augusto Assía, del que a continuación les damos más detalle por ser, con su sorna gallega y años de corresponsalía a orillas del Támesis, uno de los mejor credenciados analistas del ser anglosajón.

Con el recopilatorio especial de La Codorniz y su guerra a Inglaterra en una mano, y los compendios de escritos de Assía en la otra, estamos preparados para cualquier intercambio de tiros (figurados, se entiende), tuits y lo que sea con la otra orilla del Canal de la Mancha, ya sea para defender la honra de las patatas bravas, la memoria de Blas de Lezo, la siesta o la Spanish Way of Life.  

martes, 11 de abril de 2017

Bloqueo lector


Hacía tiempo que no pasaba por uno de estos. De repente acumulo libros comenzados, monto uno encima de otro, dejo el anterior p'aluego, y otro, y otro. Entre la marabunta alguno se salva de la quema pero me deja como una cucharada de sopa cuando estás acatarrado, que ni chicha ni limoná... Y al final no acabo casi ninguno. No es por falta de interés, pero a veces simplemente pasa. Seguro que algún pocero de la mente tiene respuesta para este asunto. Ya encarrilaré de nuevo el tren lector con alguna cosa que caiga entre mis manos de nuevo. O no, Yo qué sé. Pero que no dejo de leer, que conste, que para eso en internet siempre hay un montón de cosas interesantes que echarse a la vista. O una avalancha de asuntos noticiosos que parece que conspiran contra ese afán devorador de páginas ficticias o ensayísticas que me esperan en su lugar habitual (dícese velando la cabecera de la cama o a la siniestra del excusado, sí. O bien haciendo peso cada vez que salgo de casa).

Sin contar los Episodios Nacionales, que dejé colgados en plena campaña junto al Empecinado, el primero de la fila está a la espera desde junio, más o menos. Ni me preocupó porque fue sólo uno. O Fundador se quedó un momento a un lado mientras le sobrepasaban a decenas por una y otra banda otros títulos ni mejores ni peores. Ahora espera su vez, aún cargado de paciencia, porque ni estar a mi lado está, que me separa de él un océano hasta que alguna visita caritativa quiera incrementar poco el peso de su equipaje con tan humilde polizón. Y ahí sí, le prometo máxima atención, hasta porque me sirve para 'matar saudades' de la literatura e historia brasileña,

Y ahora llegó 2017 con la sanísima intención de cumplir algunos de los propósitos lectores que al final el año pasado se me quedaron en el tintero y fue mal. ¡Ay, ay, ay ese Ulises de Joyce, que no! En cuanto me sentí preparado de nuevo, lo puse en su lugar, abrí la primera página casi con los albores del año... ¡Y ahí fue Troya! Lo que se me atraganta el estilo -por llamarlo de alguna manera- desordenado de ese fulano. Pero he dicho que me lo leo, y me lo leo. Punto. Como las memorias de T.E. Lawrence... Sí, el de Arabia: Lawrence de Arabia y sus Siete Pilares de la Sabiduría. Pues es que a pesar de estar muy interesante la descripción de sus peripecias a camello y otras experiencias personales de lo más interesantes para su época (si se me permite expresarlo así de pasada y sin mayores profundidades por el momento), simplemente lo he ido interrumpiendo y ya le han marcado tres adelantamientos por la derecha, como a buen inglés. El último de esos tres es lo que parece un thriller histórico-semita-tardomedieval con bastante buena cara, ambientado en la judería de alguna pequeña ciudad provinciana del norte de España (casi Palencia, pero no). Pormetí que me leía El Crucigrama de Jacob para devolvérselo a mi tío Nacho lo antes posible, pero es que a pesar de lo interesante de la trama, no termino de engranarle la marcha. Ya verás como me dé por caer ahora encima de Cien Años de Soledad o alguno de los tesorillos que hemos hallado recientemente en saldos por ahí...

domingo, 2 de abril de 2017

Bob Dylan y el ridículo consumado en Estocolmo

La entrega del premio acabó siendo donde y como el señor premiado quiso. Vamos, que sólo hubiese sido mas humillante para la comisión entregadora si el ilustre reconocido les hubiese recibido de calzoncillos y batín en el rellano de su casa. Y todavía está por confirmar si los miembros de la Academia Sueca pagaron entrada para el concierto de Bob Dylan o por lo menos les fraquearon el paso sin mayor inconveniente hasta el camerino del artista, junto con algún que otro fan vip.

Soy totalmente a favor de reconocer el valor literario de las letras musicales. No en vano, la estructura poética habitual (verso, prosa, rima y métrica) se enriquece en este caso con la composición melódica, combinando ambos elementos en armonía para dar como fruto auténticos himnos que han marcado la historia de la segunda mitad del siglo pasado. Porque te puede gustar más o menos Bob Dylan, pero que su arte va más allá de su tono anasalado y su voz cansina, eso sin duda. En mi caso, desde el mismo día en que leí su nombre en la lista de favoritos para el Nobel, me puse a reescuchar sus músicas y me reafirmé en mi posición: de Dylan las canciones que más me gustan son precisamente las que no canta él y que a lo largo del tiempo fui descubriendo que eran suyas. Así que sí: la (buena) música es poesía, es literatura. Y punto.

Pero de ahí a que este personaje, no sabemos con qué justificativas revolucionarias, protestantes o lo que sea, lleve meses humillando a quien le quiere reconocer su trayectoria, pues tampoco es de recibo. Tal vez no le gustase contar entre sus antecesores con Gunter Grass, Modiano o ese tal de Trans... Transtor... Transformer... Transistor... Bueno, como se diga. O tal vez sea una muestra de su indignación por otros dudosos merecimientos como los premios de la Paz concedidos a entidades o personajes como la UE, la ONU, Al Gore, Obama y Carter, Yaser Arafat... No me meto en la incontestabilidad de los reconocimientos en el campo de las Ciencias, la Medicina o la Economia, que al menos suelen ser menos polémicos y yo tampoco soy muy ducho ni estoy muy documentado sobre esas materias. Creo que si existe algún tipo de desacuerdo o incómodo con la recepcion de este galardón y los 900.000 dólares que lo acompañan, lo más elegante sería acudir y manifestarlo abiertamente, o rechazarlo educadamente, o montar un pollo llamativo y abiertamente reivindicativo como el de Marlon Brando con los Oscars. Visto lo visto, me muero de ganas por leer el inexcusable discurso de agradecimiento que Dylan haya escrito. Porque ni ese punto del protocolo sabemos si se lo ha pasado por el forro o no, o si lo quiere dejar también en la intimidad porque estará escrito en catalán.

Pero bueno, que al menos podremos sacar una lectura positiva de todo esto y es que, tal vez con este sonado ridículo, la tan denostada academia sueca se lo piense mejor en años venideros a la hora de conceder sus premios con más visión publicitaria que meritoria.

...

Y de bonus tracks, algunas músicas de Dylan agradecidamente interpretadas por los demás.







jueves, 30 de marzo de 2017

El contador de historias

Según cómo se mire, la escena más cotidiana puede tener su lado interesante. (Foto: Christophe Jacrot)

Recuerdo la primera vez que lo oí. O que lo vi, tal vez. Bueno, realmente no lo recuerdo, pero sí recuerdo cómo pudo ser -cómo fue- y más o menos cuándo fue. Digamos que hacia 2008, que andaba yo en plena revolución vital y laboral, un día, con el telediario de La 2 de ruido de fondo, de repente giraría la cabeza al escuchar la voz de una noticia, más que locutada, relatada, contada. Más que noticia, historia. Nada extraño en ese espacio informativo que acostumbraba a dar otro enfoque a los asuntos del día. Por eso estoy pensando que si tanto me llamó la atención, tal vez no hubiese sido en el telediario del segundo canal de TVE, si no en el primero, el titular, en el equipo serio de la tele pública, donde el material suele ser más encorsetado, siguiendo los cánones y padrones del periodismo ortodoxo.

Sería a lo mejor alguna pieza sobre los participantes de un festival de cine, o la relectura de algún libro cuya presentación al público podía acabar siendo más interesante que el propio libro. O la entrevista a algún personaje del que nunca habíamos oído hablar y del que nunca nos volveríamos a preocupar mucho más, aunque en ese mismo momento, teledirigidos por las preguntas, acabamos queriendo saber más sobre las respuestas que pudiese dar. Sólo sé que me llamó la atención, como lo ha seguido haciendo desde entonces aunque muchas veces el asunto tratado en la noticia no sea exactamente de mi interés.

Y me llamó la atención no sin un toque de sana y un poco rabiosa envidia. Como la de aquel cura de pueblo en Cuaresma, que mienrtas preparaba sus sermones sobre ayuno y abstinencia, recogimiento, castidad y oración periódica, amonestaba a las parejas que paseaban sin dejar que corriese mucho el aire, llamaba la atención de las madres que dejaban a sus chiguitos jugar ruidosamente en plaza a la hora del Ángelus, o a los paisanos que no perdonaban el vasito de aguardiente al amanecer o la rodaja de chorizo en el bocadillo, fuese viernes o no. Y en el fondo en el fondo, lo que quería el señor padre era irse a platicar al Teleclub con sus otros parroquianos, pasar la tarde con anís y pastas en la tertulia de doña Julita o rememorar sus tiempos mozos, cuando no le hacía falta la sotana para ser el portero con los mejores reflejos del seminario.

Yo también quería saber combinar la prosa con el texto informativo como ese tipo de voz acogedora y cálida, casi anaranjada si la clasificamos por irisaciones como Alfredo, el amigo de Caty en una de esas historias que el periodista nos vino a contar cuando decidió aventurarse por el lado literario. Como reportero, no perdía la oportunidad de marcarse un presencial (cuando el periodista aparece, que no es siempre, en la pieza informativa) y lanzar aquella mirada medio bizqueante al telespectador, una mirada enarcada por una sola ceja, que quiere ser seductora y tranquilizadora al mismo tiempo. Parecía que intentaba ligar con su público. Y el caso es que al final conseguía su objetivo que siempre será hacernos mirar a la tele. Levantar la cara del plato o del móvil, parar la conversación, volver del pasillo... Y prestar atención a la tele, aunque fuese para criticar el color de su camisa sin corbata (o alabarla), su peinado milimétricamente descuidado o lo que se gasta la tele pública en contarnos cosas que no le interesan a nadie...                          

O lo que sea.

También los fotógrafos como Álvaro Marín llevan una
vida de lo más normal cuando aparcan la cámara de fotos.
Y así todos los días hasta que decide fusionar ese cotidiano de su trabajo con la ficción. Se va a permitir el lujo de dejarnos con la duda de si la vida en un día de cualquier persona, la disposición de los muebles del vecino o los pasajes de nuestra propia memoria, son parte de una elaboradísima fantasía a imagen y semejanza de la realidad, o simplemente, no son más que algunos flecos sueltos de lo que pasa a nuestro alrededor mientras estamos leyendo cualquier cosa en la pantalla del móvil o mirando a los otros ocupantes del ascensor que, como nosotros, no se cansan de leer el número de teléfono de la asistencia técnica mientras cuentan mentalmente el número de pisos que faltan para disociarse entre del resto hasta el próximo apagado y formal "buenos días".

Los libros.

Llego por fin al meollo del asunto, que es el literario. Porque hasta ahora no he dicho de quien estoy hablando ni por qué, aunque los más despiertos ya lo habrán sospechado. Se trata de Carlos del Amor, ese reportero que a algunos les llegará a resultar un pedante, incluso, pero que seguro que no es más que pura envidia cochina. Yo mismo no lo aguanto -con la boca pequeña- y sin embargo cuando llevávamos apenas unos días de vuelta en Palencia (después de casi diez zascandileando por el mundo), haciendo tiempo en la muy nuestra Librería Amarilla hasta que Marina saliese de su primer día de colegio, cayó entre mis manos su entonces último libro (El año sin verano) y no dudé en presentárselo a Naide porque sin duda, le iba a gustar. Se lo llevó de regalo sorpresa (su primer libro de nuestra nueva vida en España, y tal) y no tardó mucho en hacerse también con el primero: La vida a veces. Ahora está llegando a las librerías su tercer novela, Confabulación, y claro, pues en casa ya estamos esperando leer las historias que este contador tenga para traernos.

martes, 28 de marzo de 2017

Una elegía apócrifa al Poeta del Pueblo


"...En la cuna del hambre mi niño estaba.
Con sangre de cebolla se amamantaba..."
(Kikelin Caricaturas)
En mi juventud más exaltada -ese rayo vital que no cesa aunque con los años se aquieta- me dejaba empujar por los vientos del pueblo, idealizando mi tierra con fervor patriota. Fueron años de inspiración rapsoda en los que el Poeta del Pueblo, junto a Machado, Lorca o Espronceda, invadió por derechos parte de la parcela hasta entonces sembrada por Bécquer sin competencia.

Ya algunos años antes El Chivo, en sus clases de Lengua y Literatura de 5° de EGB, nos había tocado el corazón con su estentórea declamación del Niño Yuntero. Y cuando me hice padre me convertí en prisionero de mis sentimientos, emocionado cada vez que imaginaba las lágrimas del reo al pensar en la leche con dis-gusto de cebolla, ordeñada por un hijo que duró en la tierra lo justo para reencontrar a su padre en el cielo O donde fuera.

A Miguel Hernández, a pocos pasos de ésta que también fue su cárcel, dedico hoy mi agradecimiento por su fulgurante carrera y ese gran legado que tanto nos enseña del corazón humano.

Los desastres de la guerra, de la Gran Guerra, según Valle-Inclán

Montaje/Interpretación particular de un
Valle-Inclán  francófilo visitando el frente.
Y pasando de refilón por el Día Mundial del Teatro, aprovecho para completar un texto que llevaba algunos días preparando. No porque tenga que ver con el teatro, si no con uno de nuestros mejores dramaturgos, cuya obra narrativa siempre se nutrió definitivamente de su observación periodística y viceversa. Y para quedar requete-cultísimo, aún  remataré estos párrafos con una frase de Homero que, muy a cuento, acabo de leer en el taco del calendario en una reciente pasada por la cocina.

Se trata, claro está, de don Ramón María del Valle-Inclán (a éste no le pierdo el guión del apellido), una de cuyas obras menos conocidas fue a caer de forma premeditadamente fortuita la semana pasada -Día del Padre- en mis manos, renacida editorialmente 100 años después de que viese la luz la que su autor vaticinaba como una pieza que movería conciencias en masa y crearía un gran revuelo. 

Lo suyo era la prosa y no la adivinación, precisamente...


Sobre el libro


Creo que ni con el casco aciertan a ilustrar la época deseada.
Voy a centrarme en la obra y no en criticar la edición de La Medianoche. Visión estelar de un momento de guerra, aunque crea que Alianza Editorial podría haberse esmerado en la versión en papel y digital que acaba de estrenar para contrarrestar la sempiterna practicidad de la que fue lanzada hace exactamente dos años por Amazon para su Kindle. Lo digo porque, por más que completasen páginas con un exhaustivo (aunque algo cargante) estudio sobre la obra, a cargo de la directora de la Cátedra Valle-Inclán de la Universidad de Santiago, el tomo al final no se distancia mucho del añorado formato micro-bolsillo de Alianza Cien. Que si se hubiese comercializado esta novelita agarrada al Cuaderno de Francia (1916) donde se recogen las anotaciones de campo del autor que acabaron desembocando en La Medianoche, pues otro gallo nos habría cantado.









En cuanto al relato, huelga decir que no le hace falta echar mano de sus dotes dramáticas a don Ramón. Le basta con dosificar calculadamente la crudeza de la realidad vivida para justificar el motivo de su viaje: Reforzar en España el convencimiento de los aliadófilos, remover la conciencia de los germanófilos y tratar de decantar el apoyo de los que aún se posicionan como neutrales, para que el país, definitivamente, entre en la guerra. De facto o de alianza, pero que entre para que Francia tenga un soporte a sus espaldas mientras sigue resistiendo los cada vez más hieráticos embates alemanes.

El gobierno francés contaba con la simpatía de buena parte de la intelectualidad española para repartirse un poco más el peso de las batallas. Y para eso, la diplomacia gala afianzó las amistades personales con algunos de los más brillantes representantes de ese gremio. Fue así como invitaron a Valle-Inclán para que testimoniase en primera persona (y simultaneamente relatase, claro) la depravación de los invasores germanos. Y allá se fue todo animado a poner el grito en el cielo (o empapelar toda España con sus crónicas, como se prefiera) el genial gallego, que por lo que parece con el paso del tiempo fue perdiendo fuelle en su afán inmediatista, aunque su convicción se reforzase día a día con cada escena vivida, cada personaje conocido, cada escenario visitado.

http://hauntedohiobooks.com/news/weird-tales-from-the-trenches-of-the-great-war/

Las crónicas que serían periódicamente publicadas primero en El Imparcial y posteriormente en otros rotativos afines, fueron ditanciándose ya desde su partida hacia París. Aunque como se recoge en las anotaciones de su cuaderno, fue un mes de intensa actividad recabando datos que acabarían siendo perfectamente aprovechados para llevar adelante el segundo pie de su entusiasta plan de divulgación: el editorial. Y es que Valle-Inclán visualizaba la edición de un libro que compendiase y completase su trabajo periodístico, y que sería traducido a varios idiomas y distribuido por otros tantos países, aliados o no.

Infelizmente para él, finalmente el libro vio la luz apenas en español. Aunque para suerte de los lectores contemporáneos, volvería a verla de nuevo hace un par de meses para conmemorar el centenario de aquella publicación que testimonió excepcionalmente el penúltimo enfrentamiento armado de un continente donde en estos días, por primera vez en varios siglos, ya vamos por la tercera generación de europeos sin saber lo que es una guerra entre nosotros. ¿Seremos capaces de desmentir la sentencia homérica que afirma que los hombres se cansan de dormir, cantar bailar y amar más que de hacer la guerra
Soldados ingleses descansando sin perder de vista al enemigo en una trinchera tomada a los alemanes.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Falcó y los dinosaurios que le sobraron a Pérez Reverte



A don Arturo con Falcó le pasó lo que a Spielberg con Los Picapiedra, que después de dejarse las pestañas pergeñando la tecnología capaz de dar vida a su Parque Jurásico, con los dinosaurios que le sobraron se sacó de la manga la reinterpretación del clásico televisivo de Hanna-Barbera. 


Pues eso, que parece que al cartagenero más internacional de nuestra literatura le sobraron otro tipo de dinosaurios y personajes cuando remató su didáctica y en este país siempre parcial visión de la Guerra Civil. Y digo lo de en este país, porque por mucho que se intente, no hay conversación, escrito, frase, mención, recuerdo o interjeción referente al período histórico nacional comprendido entre 1936 y 1975 que no te alinee automáticamente, a la vista de los demás, de nuevo al lado de uno u otro bando como facha de mierda, revisionista aprovechado o vete tú a saber qué otras lindezas. Y a don Arturo le ha pasado, claro, que como no pinta a unos como los malos más perversos del mundo, ni a los otros como una legión de adalides de la libertad, pues que si es un facha. Y como los de allá, según él, se la jugaban entre ellos a ver quién arrimaba mejor el ascua a su sardina mientras los de acá, pobrecillos, nos cuenta que en realidad estaban como pollo sin cabeza llevándose la peor parte, pues que ya está ese escritorzuelo de tres al cuarto intentando ganar la guerra moral para los que oficialmente la perdieron.

Y entre medias tenemos al clásico anti héroe revertiano, lobo estepario agraciado con el sex-appeal combinado de Humpfrey Bogart con el alto del Dúo Dinámico, hombre que lucha a lo suyo y por lo suyo, siempre en solitario excepto cuando la lucha es entre sábanas o concierne al contenido insinuado por una falda volandera o un escote más o menos generoso. Falcó se mueve como pez en el agua entre conjuras al más alto nivel, traiciones de la más baja estofa, mujeres ajenas y puntos cardinales. Pérez Reverte tirando de oficio, vamos.

El resto, pues supongo que se tejió a base de documentación sobrante, hechos acumulados e interesantes biografías que por unas o por otras, no tuvieron espacio (o no todo el que la situación o la imaginación permitían) en La guerra civil contada a los jóvenes. El autor se sacó de la manga una novela ágil, de acción trepidante y un trasfondo medio creíble y, como opinan algunos, una sonda para posibles continuaciones.

Por motivos de salud, a ése de ahí atrás le ahorraron hacer cameos forzosos por las calles de Piedradura.