sábado, 24 de septiembre de 2022

El descojonamiento de Kamen

Me imagino a Henry Kamen descojonado -perdón por la grosería- en su sillón leyendo las entrevistas que le hacen en tal o cual periódico, destacando una cara u otra de su personaje según le convenga a la tendencia del medio. Pero vamos, que me lo imagino así porque hasta el momento no lo tengo, como se suele decir, 'fichado'. Y ya se sabe que en esta tierra si no llevas la etiqueta de unos u otros, o eres un verso suelto o un desconocido.

Y en mi caso, no conocía ni la obra ni la idea de este escritor, pero después de empujarme durante casi un mes su ¿Defendiendo? España, he podido trazar un perfil que, corríjanme si me equivoco los que hayan leído más de él o sobre él, dibuja a un tipo controvertido, sarcástico, bufo, ¡burlón! Y tú que lees estas palabras dirás: ¡vaya! Otro españolito de pulserita y polito rojigualda mosqueado porque le han venido de fuera a cantarle las verdades del barquero". 

Hasta la página 300 o así te tiras mirando a ver si era cierto eso del título de que es para "defender España". Que no es que sea un patriota nacionalista, pero vamos, que con la excusa de "la gente de fuera que defendió España", al final parece que
     1.- Los peninsulares dependíamos de los transpirenaicos para todo;
     2.- España es Castilla y lo demás tierras subyugadas;
     y 3.- la leyenda negra no existió aunque en el libro no haga más que tirar -también- de fuentes aceptadas como propaganda antiespañola, vulgo 'leyenda negra'.

Insisto y perjuro que hasta la mitad del libro de vez en cuando volvía a leer la portada, porque no terminaba de cuadrarme. Y ahora que lo estoy acabando ya paso. Me he venido a documentarme un poco más y claro, internet también dice cosas. Sobre la presentación del libro han aparecido varias entrevistas por aquí y por allá. Leo los titulares y ya me dan una idea. Los de unos periódicos hablando de una visión crítica pero veraz. Los de otros de una alianza misericordiosa con los abatidos españoles, oprimidos por las mentiras oficiales propias y la presión de los rivales -que no enemigos- externos durante siglos.

"un completo ejercicio de hispanofilia", leo por un lado; 

¿Defendiendo? De qué, de quiénes... ¿De nosotros mismos? A lo mejor la siguiente frase nos da una idea:

           «Disculparía a los españoles como culpables

           de este victimismo y culparía más bien a grupos

           intelectuales, una minoría, que ha deformado la

           manera de ser y de estudiar la historia del país».

Leyendo esto ahora después de tragarme su libro veo su doble filo. ¡Qué tío! Que no, que no está hablando bien de los españoles y mal de una minoría manipuladora. Que lo que está diciendo es que somos un rebaño controlado por cuatro gatos -la minoría de intelectuales- que nos han dicho lo que tenemos que pensar y opinar. ¡Es brillante! Y nos lo hemos tragado y lo hemos alabado como hispanista amigo. Lo dicho. El tipo está despollado en su sillón con una brandy de Jerez en una mano y un puro cubano dando aroma en la otra, escuchando algún reguetón con los ojos cerrados mientras balancea su cabeza de un lado a otro, con una sonrisa de complaciente satisfacción asomando al extremo sur de su redondeada faz mientras escucha las noticias que genera día a día su querida Europa Sur.

"¡Qué bien nos salió la jugada!" pensará mientras levanta la copa en honor a Drake, Nelson, las isabeles albionas y los vencedores en despachos e imprentas de la rebautizada Armada Invencible...

Pero también a lo mejor me he equivocado y el tipo realmente defiende España de tipos como yo. Por si acaso ahí te lo dejo para que lo veas por tu cuenta y luego me lo cuentas.


También te puede interesar

-Analizando al contrincante anglosajón 

-La #TontunadaLiteraria del Día del Libro

-Una de chistes

-El Mein Kampf vuelve a ser Best Seller

-La losa de Jacob o cómo voy a recomendar un libro para no leerlo

-¡Más papel, es la guerra!

sábado, 23 de julio de 2022

Un viaje por el Tren Burra más allá de las páginas del Secundario

Llevando el viaje del papel al campo
en Mazariegos.
Sin duda, uno de los mayores éxitos que se le pueden achacar a un libro es el hecho de que, una vez acabado, quieras darle continuidad más allá de sus páginas, en el mundo... 'real'. No quiere decir esto que cuando acabes El Señor de los Anillos busques la alianza de tu bisabuela y te embarques en lo primero que encuentres que te lleve a Canarias para echar el anillo por alguna grieta humeante. Bueno, a lo mejor un poco también sí. La cosa es que quieras extraer y preservar la experiencia que has disfrutado a través de la lectura, buscar sus paralelismos mas allá de los lomos del libro, o su continuidad en nuevas lecturas. Continuar el viaje, en fin.

Y es lo que ocurre cuando cierras Secundarios de Castilla: Historia, recuerdos y vestigios de los ferrocarriles de vía estrecha de Tierra de Campos, Torozos y Vega del Esla. ¿Que el título es un poco largo? Casi más que el propio tren con todos sus vagones. O más que la extensión de su trazado y de su historia si la calculamos en tiempo ordinario. Porque sin embargo su leyenda, su recuerdo, ése no se puede abarcar. Al menos no si se mantiene la memoria de los que en menos de un siglo vieron nacer y apagarse un proyecto -varios- que trajo un rayo de esperanza, de progreso y de industria a una tierra que hoy no es ni una sombra demográfica e industrial de lo que casi fue hace cosa de cien años.

Mi generación ya casi no sabe lo que es un tren de vía estrecha excepto por algunos que deben andar por ahí por el norte. Una cosa de lo más exótica, oiga. Vemos esas grandes construcciones de ladrillo rojo desmoronándose a un lado de la carretera y casi ni percibimos que su estampa se repite clónicamente varias veces a lo largo de los kilómetros, con más o menos suerte según el término municipal al que pertenezca lo que en su día fue la estación local de ferrocarril.
El último Tren Burra a su llegada a la estación
de Palencia. 
(Luis Muñoz/Apuntes Palentinos)
Nos suenan las historias del abuelo hablando de un tren apellidado burra -Tren Burra- e imaginamos estampas de posguerra
, con un montón de paletos con boina atestando viejos vagones y fumando picadura, y señoras de largas sayas y cestos cargados de productos para vender y cambiar en el mercado de la capital. Un tren a lo farwest atravesando las llanuras a paso de... pues eso, a paso de burra.

Y de cierta forma por ahí van los tiros. Literalmente todos. Los del tipo de boina enroscada, los de la señora y su cargamento e incluso lo del tren de farwest huyendo de una banda de cuatreros a caballo. Es la historia de una arteria que muchas veces creció más al calor de los intereses políticos que sociales o económicos de verdad. Ya existían los trenes grandes, los que hacían grandes trayectos y tiraban de grandes composiciones entre puntos muy distantes. Son los que hoy conocemos bajo la marca de Renfe. Los de la red principal. Los de la red secundaria, su propio nombre lo dice, no eran tan ambiciosos y precisamente eso pudo haber sido lo que los condenó en muchos casos. Como pasó con el llamado El Económico, un tren que haciendo justicia a su nombre, nunca demandó grandes inversiones de sus dueños, que a su vez siempre obtuvieron parcos beneficios y que por consiguiente acabaron dejando agonizar una línea que era motivo de chacota para los propios usuarios que se beneficiaron de su paso entre Valladolid y Medina de Rioseco.

Viajando más allá del libro

Mejor consideración tuvo el Tren de las Mieses que hasta contó con presencia real cuando efectuó su viaje inaugural entre Palencia y Villalón. El mismísimo Alfonso XIII tuvo a bien mezclarse entre el populacho a convite del empresario y político local Abilio Calderón (para entendernos: el cacique local hacía crecer su propio prestigio a costa de los beneficios obtenidos para la tierra a la que representaba y de la que extraía su riqueza -¿simbiosis, parasitismo, mutualismo?-, algo que en su día le valió ganar nombres de plazas y calles y por lo que ya ha sido convenientemente purgado según las actuales leyes llamadas de memoria histórica).Y sin embargo, con toda esta pompa y con todo lo que sirvió para exportar fuera de Tierra de Campos, el granero de España, el oro terracampino, incluso pese a su participación en dos spaguetti western y salvando honrosas excepciones, el Tren Burra más palentino es hoy apenas un conjunto de fantasmas de ladrillo rojo al borde de la carretera.

Con la chimenea de La Electrolisis al fondo.

Podría hablar aún de La Estrechina y del Charango, las otras dos líneas ferroviarias secundarias reflejadas en el libro de Ignacio Martín y de Wifredo Román, pero como decía al principio, te invito a que empieces aquí tu viaje, en el mismo punto donde quiero continuarlo yo. Porque si algo ha provocado este libro escrito a partes iguales como un relato histórico, un homenaje nostálgico de anécdotas y recuerdos y una guía turística de este cacho de mal llamada España vaciada, es querer recorrer de nuevo esos trazados rectilíneos y casi llanos por donde humearon, hasta 1968, las locomotoras del Tren Burra.

Hace más de 50 años que se apagaron sus chimeneas pero su historia sigue muy viva pese al abandono. Por eso las ganas que dan es de coger la bicicleta (y ojo que lo dice uno que es peatón impenitente), salir de la antigua estación de Los Jardinillos de Palencia convertida en sede de la Banda Municipal de Música, y enfilar la actual vía verde adecuada sobre el trazado ferroviario hasta Villarramiel, pasando por el mirador de Mazariegos, y descubriendo así dónde más se han recuperado las viejas infraestructuras y dónde no, de este cacho de nuestra historia que no podemos dejar morir.

¿Te apuntas al reto?

 


Te puede interesar:

miércoles, 13 de julio de 2022

Con un libro en el ascensor


Que la inspiración te pille trabajando. O por lo menos con un lápiz y un papel a mano. Y si te quedas preso en un ascensor, que sea con un libro a tiro. El móvil también es válido, pero como andes corto de batería es como tener tabaco en medio del campo y no tener mechero. 

 Pensando en ello, es curioso cómo hemos modificado nuestros conceptos. Antiguamente podías ver a personas por la calle leyendo el periódico o hasta un libro -¿y qué me dices del tipo al que pilló el helicóptero de la DGT enfrascado en vete tú a saber qué novela mientras hacía kilómetros un poco más allá del límite permitido en la vía?-, y a nadie le parecía mal. Bueno, el que conduce y lee sí. Pero el resto al contrario. Y hoy en día te cruzas por la calle con nueve de cada diez personas con la vista enfocada sobre la palma de la mano y lo primero que piensas es en defenestrar a las susodichas antes de enfrascarte, tarde o temprano, en la misma actividad. Igual dá que estés leyendo las noticias del día o algún libro digital, o viendo un vídeo de macacos bailando o de perritos y gatetes en situaciones cómicas. O repasando la actividad fútil del día de algún grupete de amigos en redes sociales. 

 

Llevo ya media hora aquí pensando. En realidad, el libro poca atención se está llevando, dado el nivel de pensamientos voladores que la situación provoca. Empezando por arrepentimiento por obviar las señales.

(Nota mental: si un ascensor con 40 años de trayectoria vertical hace un amago de no cerrar su puerta, plantéate subir por las escaleras. Tus piernas te lo agradecerán).

 

Así que aquí estoy ahora, con un libro entre las manos y la tentación de escribir un montón de cosas que están pasándome por la cabeza, pero sin mayor opción que dictárselas a un teléfono, boqueante como pez fuera del agua y cuya batería hay que preservar a capa y espada por si se necesita en caso de emergencia.

¿En este caso, por ejemplo? Por ejemplo. 

 

Qué buenos tiempos aquellos en los que siempre llevabas un bolígrafo colgado del bolsillo del pantalón. Deformación profesional. Hoy sigues dejando uno o dos por cada abrigo. El problema llega cuando llega el verano y te despojas de cualquier capa imperiosamente innecesaria. Al menos con el boli a mano, papeles para plasmar esos aerolitos mentales no faltan en servilletas de bar, recibos de cajeros electrónicos o tiques de compra. Así anda aquel baúl no tan olvidado en casa de los abuelos: lleno de versos perdidos, ideas peregrinas y desvelos de madrugada rumbo a casa tras otra juerga adolescente. Y ahora con la amenaza pendiente de irse todo al contenedor si no paso pronto a rescatar continente y contenido del fondo del armario que un día fue mío pero que hoy forma parte de mi pasado en la casa que ya no es mi hogar, aunque aún me acoja de puertas abiertas con cerveza fría, cacahuetes y conversaciones paternales -sea lo que sea el contenido de las mismas- cuando voy por ahí.


Ay, si además de un libro tuviese un boli por aquí...

miércoles, 20 de abril de 2022

Y a nosotros, y a ellos, ¿quién nos está informando?

Cada uno amenaza con su dedito como puede.
Viñeta de Miguel Morales Madrigal | Cartoon Movement
¿Quién nos informa? A nosotros y a los rusos, digo. No he visto a nadie excesivamente preocupado con la ausencia de informaciones del contrario. Es decir: la mayor parte de la prensa internacional abandonó Moscú a principios del pasado mes de marzo -y eso porque ellos al menos pueden salir, no como los periodistas locales- ante la sanción de una nueva ley por la que cualquiera que diese una información contraria al interés de Rusia estaba expuesto a penas de hasta 15 años de cárcel… Y yo pensando: esto me suena al famoso 58, ¡EL TEMIDO CINCUENTAYOCHO!, del Código Penal soviético del año 26 del siglo pasado. Ése que nos desglosa Solzhenitsyn con tanto lujo de detalles en su relato de relatos de lo que fue la realidad rusa durante casi todo el siglo XX: la realidad de los gulags.

¿Y qué decía este artículo de un código al que, por sintetizar al máximo, le sobraban los otros 147 artículos? Pues básicamente que cualquiera, por cualquier cosa que hiciese -o no hiciese- estaba expuesto a disfrutar un mínimo de 10 años -o los que durase- con todos los gastos pagados en cualquiera de los centenares de campos de prisioneros que el sistema ofrecía en lo más exótico de Siberia. Todo dependía de si el juez instructor interpretaba, por ejemplo, que toser un poco más alto de lo normal en la fila del mercado podía ser tenido como actividad antipatriótica, espionaje, sabotaje, críticas al líder, difamación del partido, propaganda capitalista, un atentado terrorista por esparcimiento de agentes biológicos… Pues por esa misma, la prensa internacional tuvo que salir por patas de Rusia hace mes y medio y de la prensa local no sabemos qué le haya podido pasar.


Siguiendo con Solzhenitsyn (confieso desde ya que cada vez que aparezca su nombre por aquí habrá sido por cortapega, porque soy incapaz de escribirlo bien a la primera) y su Archipiélago Gulag, me pregunto cómo estarán viviendo todo esto en Rusia. Quiero decir: ¿Alguien sabe qué ha pasado con Marina Ovsiannikova, la periodista que se lanzó en medio del telediario, pancarta en mano, a denunciar los desmanes del Gobierno de Putin? ¿Qué opinan los rusos de todo esto? ¿Por qué no hay más periodistas, opinadores, opositores, estudiantes, ciudadanos… ¡alguien! que diga algo en contra de la manipulación, la desinformación, la guerra, a fin de cuentas, en que parece que vive sumido todo el país?


Putin y Solzhenitsyn: ¿dos tiempos no tan alejados? 



Lo último que vimos creo que fue aquella foto de una viejecita en San Petersburgo a la que se llevaba presa la policía en medio de una protesta contra la invasión de Ucrania. Una imagen infinitamente hinchada de carga emocional ya que la mujer era nada menos que una superviviente del cerco de Leningrado acusando a Rusia de hacer lo mismo que los alemanes hicieron con ella y toda Rusia 70 años antes.


¿De verdad -casi- todo el país se está creyendo la película de que Rusia ha mandado a miles de sus reclutas a la siempre menospreciada Ucrania para liberarla del fascismo? ¿Tanto les importa ahora lo que le pase a un pueblo que a lo largo de los últimos 100 años ha sido diezmado, pisoteado y vilipendiado desde Moscú de forma sistemática?[1] Te pones a pensarlo y, si no fuese porque hasta hace un mes y medio aún había prensa internacional a orillas del Volga, no puedes evitar evocar aquellos años oscuros que nos relata Solzhenitsyn, en los que millones y millones de personas fueron deportadas como él, muertas en vida, con la connivencia y la complicidad del miedo de sus vecinos, familiares y amigos, atenazados por la posibilidad de correr la misma suerte si no apartaban la vista rápidamente. ¿Habría sido Putin capaz de poner en marcha todo el mecanismo opresor de Stalin y nadie haberse dado cuenta? Seguro que ganas no le faltan de vez en cuando.


Porque a ver, que se prohiba escribir la palabra guerra para sustituirla en todas las informaciones por el eufemismo intervención armada, que quien se refiera a la guerra y sus muertos (porque alguien estará empezando a recibir condecoraciones con bandera en cajitas de madera y cartas de pésame, ¿no?) puede irse inmediatamente a la cárcel (o vete tú a saber dónde) es la cosa más dictatorialmente burda que me he echado a la cara en años. ¿De verdad que no hay ningún juez independiente en toda Rusia al que esto le suene a delito? ¿Ni un poquito?


Y hablando de muertos y bajas, ¿a nadie le resulta escandalosamente elevada la cifra de 40.000 que se está dando por ahí como estimación de lo que llevaría perdido Rusia hasta ahora en seis semanas de campaña? La cifra oficial, entre muertos y heridos hace un mes (la última vez que Rusia habló del tema) era de poco más de 5.000. Que ya está bien para lo que iba a ser un paseíllo libertador por allá y vuelta a casa victoriosos y tal y cual. Por su parte los aliados calculaban hasta final de marzo que esa cifra podría llegar a los 40.000 y a fecha de hoy (21 de abril) no encuentro ni estimaciones ni nada parecido. Eso sí, que si los rusos no quieren hacerse cargo de sus difuntos, que si han llevado incineradoras portátiles para evitar repatriaciones... ¿Es que no hay madres, novias, hermanos... esperando a los suyos en casa y preguntándose todo esto? ¿Ni siquiera los que tienen o tenían a alguien sirviendo en el crucero Mosckva?


Que mira que la historia nos ha acostumbrado a que los rusos redefinan una y otra vez el concepto de victoria pírrica. No hay país al que más muertos le cueste cada metro de terreno ganado (no digamos ya cuando lo pierde). Y para una guerra en la que perdieron relativamente a pocos soldados (a razón de unos mil muertos por año en 14 años) como fue la de Afganistán, van y le cuelgan el apelativo del Vietnam soviético. Pero vete tú a saber, también, con la forma de informar con libertad y contar muertos en tiempos de la Unión Soviética... ¿Igual que ahora?


Si nuestra hasta hace poco corresponsal en Moscú, Érika Reija, tenía cabreados
a algunos 'colegas' y gerifaltes rusos, algo bueno estaría haciendo antes de salir
de allí pitando esta heredera de la maestra Rosa María Calaf.     

Porque es que ahora mismo es imposible contrastar nada. Nos hemos cortado mutuamente los canales de comunicación y cada uno que cuente su milonga a los suyos. Hemos matado -de nuevo- a la libertad de prensa con la excusa de castigar a los otros. Porque en Rusia, además de expulsar sutilmente a los corresponsales de países no amigos y apretar las gónadas de los propios, están tratando de cortar el acceso a los medios digitales de dichos países y hasta las redes sociales 'occidentales' han sufrido el apagón. Y en respuesta, Google y demás ‘herramientas al servicio del enemigo occidental’ nos han censurado el acceso a los medios de comunicación con los que, todo sea dicho, Rusia lleva años queriendo vendernos su moto y malmeter lo que sea posible en el gallinero informativo de los demás.


Así que yo no puedo escoger leer esa manipulada prensa rusa ni ellos tampoco pueden enterarse por su propia cuenta de lo que decimos aquí de ellos. Ya nos lo filtrarán a unos y otros nuestros propios medios con las informaciones e imágenes que les pasen por conductos oficiales.


Al menos el consuelo que queda es que las bajas de civiles ucranianos son relativamente bajas según la ONU: menos de 5.000 entre muertos y heridos. Y del resto, pues vete tú a saber.




También te puede interesar:


-Cómo conocí a Rod Stewart en una librería de viejo de palma de Mallorca



[1] Tenemos pendiente para más adelante hablar más en profundidad del holodomor y del chistecito que le suelta Koulikov a Vassili Zaitsev en la peli de Enemigo a las puertas.

martes, 12 de abril de 2022

Las claves de la guerra de Ucrania en un libro de hace 70 años

Poniéndome al día... porsiaca.
En pleno albor de la era nuclear, en 1951, vaticinaba el teórico y práctico militar español Francisco Sintes que “la posible generalidad de empleo por todos los beligerantes [en futuras guerras] de elementos de destrucción extraordinariamente potentes obligará a buscar las decisiones por la rápida ocupación de los objetivos antes de su destrucción, lo que marcará la orientación hacia una estrategia clásica de ocupación de objetivos vitales, para alimentar la cual será necesario disponer de fuerzas en cantidades suficientes”.

Vamos, que mucho potencial atómico y poder de devastación sin necesidad de sacar a los chavales de los cuarteles, pero al final lo que cuenta es poner más carne de cañón en el escenario antes que el contrario y que la cosa vaya rápido y lo mejor posible.


Y los ‘ases’, si eso, que sigan olvidados en los silos de la manga.


Lo hemos visto en prácticamente todas las guerras a las que hemos asistido posteriormente, pero creo que no hemos sido totalmente conscientes de ello hasta ahora que se han vuelto a poner sobre la mesa -esperemos que solo de forma bravuconamente figurada- los botoncitos rojos de ignición nuclear.


Y lo decía hace 70 años un artillero con estudios que prestó mucha atención a todo lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial cómodamente acodado en el burladero de los Pirineos. Por cierto, que me sigue resultando paradójico cómo descubrí a este gran analista militar español a través de un presuntamente ‘bien’ documentado artículo en el que se esgrimía la obra y las conclusiones de Sintes como muestra de la analfabetización institucional de las Fuerzas Armadas durante el franquismo. Los entendedores que lo entiendan…


Pero volviendo a la actualidad, o pivotando en torno a ella, vemos cómo la guerra de Ucrania ha despertado el mayor de los miedos de la segunda mitad del siglo XX: Cuando Vladimir Putin mentó a La Bicha en caso de que a alguno de los socios del Tratado del Atlántico Norte se le ocurriese asomar el hocico a ese lado del Dniéster. Y a partir de ahí, todo gestos contenidos y rictus tensos en las apariciones frente a los medios para tratar de justificar el que, al contrario de lo que pasó con Polonia en el 39, esta vez no se pueda ir en socorro heroico de un solicitante de auxilio. 


Y mientras, lo que parecía que iba a ser una aplastante campaña relámpago por parte de las fuerzas armadas rusas, amparadas por esa sombrilla -sombra, tiniebla, opacidad- del dedo tonto de su presidente plenipotenciario, esa victoria cantada se ha convertido en otro ejemplo más de cómo se le atragantan los humildes de presupuesto a los inmensos rodillos técnico-bélicos. Es el caso de la famosa columna de 60 kilómetros de blindados en línea recta que avanzaba sobre Kiev, según las noticias de los primeros días -haya tanque para tanta columna- y que parece que se ha diluido como un sobrecito de azúcar en el café ucraniano. O como un inmenso chatarrero esparcido a lo largo de kilómetros y kilómetros de carreteras y caminos.


Como dice el maestro Sintes -sin haber conocido aún lo que fueron las guerras de Corea, Vietnam, Afganistán...-, "cuán equivocados y condenados al fracaso han estado todos los planes militares fundados en una confianza sin límites en la técnica". ¡Tuché! 


Putin, al que teníamos por tan frío y calculador, un militar implacable, un político meticuloso, parece que ha puesto sobre el tapete todo lo que la historia bélica reciente nos enseña que no se debe hacer. Al menos eso se desprende del fracaso que supone que casi dos meses después de empezada la guerra, Volodimir Zelenski siga de gira virtual por el mundo (ni él mismo en su época de cómico post-soviético, ni U2 con su gira 360º habían dado tanto que hablar) sin salir de Kiev, a pesar de que haya miles de soldados rusos con su cara grabada a fuego en la mente y una orden explícita de borrar del mapa al presidente ucraniano.


Y mientras tanto, las masacres injustificadas que nos parecían tan lejanas (cosas del África subsahariana o de Asia central, ya ves, dónde queda eso; o de los Balcanes, ay pobrecitos, qué mal lo pasaron; o de algún lugar de Centroamérica que a veces sale en las noticias) nos escandalizan estos días mientras los que presuntamente se olvidaron de esconder sus muertos bajo la alfombra ahora echan balones fuera y abren el paraguas de la indiferencia ante el chaparrón de la indignada opinión pública mundial. 


Pero no caigamos en conclusiones fáciles. No hagamos juicios antes que quienes llevan la toga, que algo tendrán que decir. Que para eso se instituyeron cortes penales internacionales, con más buena fe que efectividad.


Eso sí, gracias a Sintes he aprendido, por fin, que lo que se lleva haciendo a nivel internacional en los últimos meses no es más que aplicar la vieja política albiona del bloqueo. Lo que pasa que con otro nombre. Porque decir: vamos a bloquear a Rusia, como ya lo hicieron dos veces con Alemania por tierra y mar, hoy suena un poco a decisión subjetiva y arbitraria. No es como decir “ahora voy y te sanciono”, que suena más a actuación colegiada y consensuada… Aunque sigamos haciéndole negocio a dos bandas al sancionado que nos vende su materia prima al precio que le de la gana. 


En fin, que el bloqueo funcionó con la Alemania del káiser, pero sólo sirvió para firmar un armisticio (ojo, no una rendición incondicional, que sería lo propio para un derrotado) con un país al borde del abismo tras cuatro años de matanzas de trinchera en trinchera. Y a Rusia parece que va a costar un poco más rendirla por esta vía, dado como están acostumbrados sus habitantes desde tiempos del zar a pasar privaciones. Y más teniendo un grifo abierto en este frente y un torrente por el lado de China. Casi nada.


Sigamos leyendo libros antiguos, decía alguien, porque las claves del futuro -también- residen entre sus páginas.



También te puede interesar:



-
Cómo conocí a Rod Stewart en una librería de viejo de palma de Mallorca

domingo, 30 de enero de 2022

Acordaos de los Sudetes

 Podría hacer como el embajador de Rusia que ejercía de jurado en el certamen de Miss España y
ponerte a ti, lector, en un brete como puso aquél a la miss Melilla 2001: Dime en unas 25 palabras, ¿qué sabes del presidente de su país? ¿Qué podrías decirme de Vladimir Putin?

¿Conoces al posiblemente mayor megalómano -por ahora- del siglo XXI?

 

Puedes decirme que es un ex agente del KGB que pasa las vacaciones de Navidad en Siberia a pecho descubierto, matando osos con las manos desnudas y cazando linces con el Kalashnikov descargado (los abate con su mirada penetrante), monta a lomos de dinosaurios que ha desextinguido él mismo en el permafrost de los Urales y hace piragüismo remando con sus propios brazos abriendo brecha por el hielo del Ártico. Que usa su poder mental para controlar el mundo desde un despacho del Kremlin -botón rojo para qué, cuando tienes capacidad mental para disparar y dirigir misiles balísticos con cabezas termonucleares con sólo pensar en ello- y que sería capaz de arrasar Murcia con sólo mirarla en el mapa… si le interesara saber dónde está Murcia.

 

¡Y ni se te ocurra hacer chistecitos fáciles con su apellido mentando a su progenitora!

 

Lo cierto es que este hombre con cara de funcionario público que se propuso resucitar la grandeza de Rusia cuando las borracheras oficiales de su antecesor era lo más comentado a nivel internacional del antiguo gigante euroasiático, tiene otros paralelismos mucho más siniestros que el de su apellido con el mal llamado oficio más antiguo del mundo. Posiblemente esté a las puertas de desencadenar un conflicto internacional como hacía 70 y pico años que no veíamos en el mundo.

 

Bueno, en proceso está desde hace ocho años. 

 

Exactamente desde que se propuso -activado el modo sarcasmo- liberar a las rusificadas regiones de Ucrania que viven subyugadas y discriminadas por la ucranización ordenada desde Kiev, desnazificar esos territorios por donde campan los fascistas al descubierto y devolver a Rusia un territorio injustamente perdido en la firma de ciertos acuerdos se vieron obligados a aceptar para reconocer la autonomía e independencia administrativa y territorial de lo que antaño fueron territorios suyos -off-.

 

Putin debe estar esperando
también su entrada triunfal
en el Dombás.

Y ahora tiramos de libro de historia para buscar algo parecido: Un líder bajito que accede al poder de forma sorprendente invitado por su decrépito antecesor -la historia tiene incendios y explosiones terroristas entre medias-, que queriendo recuperar el orgullo perdido de su país, se pone a arañar territorios que ya no le pertenecen -o que nunca le pertenecieron- a golpe de intervención armada, justificación social y patriótico-lingüística ante la pasividad de sus vecinos y de toda la comunidad internacional, que se queda como pensando “bueno, pero de ahí no pasa”… hasta que pasa y sigue, visto que nadie le para los pies. Y al final, una guerra de carácter global que nos cuesta millones y millones de vidas a lo largo de todo el mundo*.

 Bueno, aún es pronto para llegar a este extremo en el momento actual, pero dada la tensión que transmiten algunos en sus intervenciones públicas, en las que su rictus podría quebrar nueces a golpe de sonrisas forzadas, poca calma nos trasladan, mientras una gran operación militar camuflada de maniobras de entrenamiento se prepara a lo largo de fronteras internacionales. 

 

¿Y quién es ése Putin con cuyo nombre sí, llevamos años haciendo coñas? Pasó más o menos desapercibido para el mundo hasta que el 31 de diciembre de 1999 Boris Yeltsin, en un esfuerzo de sobriedad atenazada por crisis internas tan graves como una guerra en Chechenia, lo nombró su sucesor. Debió pensar: “a este tío no se le van a subir a las barbas esos chechenos tiñosos que me están atragantando los chupitos de vodka”. Y tal cual.

 

Barrió del mapa Grozni y cualquier resistencia secesionista sin que la prensa internacional (quitando cuatro tarados informativos entre los que se contaba un aguerrido corresponsal español que pudo saltarse el férreo bloqueo militar) pudiese hacerse una idea de lo que pasaba por ahí, más allá de lo que informaban los medios oficiales controlados por un estrecho colaborador de la inexistente campaña electoral del ya presidente electo. Fuera de Rusia sabíamos poco más del asunto que esos ‘tiñosos’ presuntamente se dedicaban a poner bombas y matar civiles en Moscú, justificando la mano dura con la que el ex coronel del Ejército Rojo trató a sus paisanos en los territorios periféricos de la Gran Rusia en cuanto tuvo el control.

El español Miguel Gil (centro) fue de los pocos periodistas
internacionales que pudo documentar para el mundo
cómo la nueva Rusia de Putin descargó a golpe de bombas su
frustración por no poder controlar una región como Chechenia.


Sabemos que algunas de sus decisiones inmediatas pasaron por restituir parte de los símbolos que dieron al régimen anterior su gloria militar, como un remozado himno cogiendo lo más adecuado del muy sonoro de la época soviética, o la bandera roja que ondeó victoriosa en Berlín sobre el fascismo y que volvía a aparecer en algunos actos oficiales, como la jura de su guardia presidencial en el Kremlin, por ejemplo. 

 

Y Rusia empezó a despegar. Aquel gigante con pies de barro que se desplomó tras la caída del Muro de Berlín volvía a recuperar el pulso internacional a base de una economía autocrática y el renacimiento de unas mastodónticas fuerzas armadas que si antaño fueron la amenaza del mundo libre, hoy eran un guiñapo mugriento pudriéndose en sus cuarteles.

 

Ese tío que daba tanto juego para memes en Facebook comenzó a pintar algo en el mundo mientras Rusia, la ex potencia modelo Guadiana, volvía a lo alto junto a un grupo de nuevos ricos mundiales: los BRICS. Y mientras también, algunos amiguetes de Putin se iban haciendo un hueco en las listas de Forbes (o en las páginas de sucesos junto a aquellos que en algún momento pusieron en duda las formas del líder).



Por no decir que este tío ha copiado en todo a sus antecesores, a su favor diremos que no se le puede acusar de haber cultivado en exceso el culto a su calva imagen. No tiene estatuas por doquier -financiadas por suscripción popular, ya se sabe- ni su retrato sobredimensionado preside aulas y salas de reuniones. Aunque lo de los memes en internet, como digo, ha sido un exitazo. Quién sabe, ahora que lo pienso, si se debe al trabajo de esas redes de desinformación y manipulación digital que dicen que maneja desde el Kremlin. ¿Será su particular adaptación, entonces, de aquellos usos a las modas modernas?


Lo cierto es que hasta la fecha parece haber mantenido la estructura democrática que heredó hace 22 años más o menos igual que estaba a su llegada. Otros megalómanos egocéntricos ya habrían cambiado constituciones y similares por iniciativa propia, granjeándose con ello la desconfianza popular y ciertas críticas hasta comprensibles. Putin parece que fue más listo y, para no tener que cambiar la norma de las dos legislaturas como máximo en el poder, se buscó la continuidad en ese periodo de cuarentena democrática dejando a su mano derecha -¿o izquierda?- a los mandos durante los cuatro años de rigor. 

 

¿Que quién era Dimitri Medvédev? Para la opinión pública occidental otro ilustre desconocido hasta que Putin lo sentó en su sillón. Para los rusos nada menos que el tipo que lleva a la sombra del líder desde que éste dejara la carrera militar a principios de los 90 (tan aburrida ahora que ya no eran ni los malos de las películas de espías) para meterse en campañas municipales en San Petersburgo.

 

Medvédev a la diestra de su patrón el día que
lo proclamaron presidente democráticamente.
Como jefe de gabinete, Medvédev estaba a la izquierda de Putin en la foto de equipo cuando éste ganó las elecciones del año 2000 explotando brillantemente la campaña de la no campaña: ¿para qué malgastar dinero público en discursos, carteles y mítines, cuando lo que la gente quiere ver es a sus políticos trabajando? Hala, victoria al canto. Por cierto, que de aquella foto resulta curioso ver cuántos perdieron la confianza del jefe y hoy han desaparecido -literalmente o en proceso- del panorama: Boris Nemtsov, Mijail LesinKseniya Ponomaryova, Mijail Kasianov… ¿Y ahora Gleb Pavlovsky y Anatoli Chubais?


Mismo día que la foto anterior. Algunos de los presentes ya no lo están más.

 
En cuanto eso, Medvédev ha confirmado lo rentable que puede salirle una lealtad tan inquebrantable como demostró tener cuando, pudiendo haberse presentado a la reelección presidencial al cumplir su primer mandato en 2012, anunció su paso a un lado para permitir así una nueva candidatura del jefe. En pago, el fiel escudero de Putin ya ha sido primer ministro de Rusia (cabeza pequeña del que podríamos llamar biunvirato ruso) y presidente de la mayor empresa gasística del mundo desde que Putin llegó al poder. Nada mal. 

 

Aunque ojo, que también Rudolf Hess estuvo a la derecha de Hitler desde el principio y un buen día apareció volando en solitario sobre los cielos de Escocia al principio de la II Guerra Mundial**. Medvédev ha dado otro paso al lado -con permiso de su jefe- y ahora mismo no se sabe por dónde anda, aunque sea subjefe de no sé qué de seguridad. 


En fin, que Putin tiene la mira puesta en Ucrania y sin dejar de mirar por el rabillo del ojo a los socios y amiguetes de la OTAN que, por cercanía o interés, le interesa tener bajo control militar. Para eso lleva años anunciándonos lo moderno que se ha vuelto su ejército, las armas súper molonas que ha desarrollado, los misiles inalcanzables que van atiborrando sus arsenales… Vamos, que lo que otros países presentarían discretamente o ya como hechos consumados (que el negocio es el negocio y hay que vender), el ex agente del servicio secreto y hoy presidente indiscutible de todas las Rusias -vete tú a discutirle nada a éste- anuncia a bombo y platillo cada nueva adquisición. ¿Marketing o amenaza real? Infelizmente parece que el tiempo -no muy lejano- nos lo dirá.

 

Ahora acordaos de los Sudetes, del Anschluss y de la invasión de media Polonia -o buscadlo en Google y si eso otro día hablamos de que Rusia también invadió al mismo tiempo el otro cacho de Polonia- y pensad si compensa seguir anunciando sanciones y medidas tibias o, como hicieron Ingleses y Franceses entonces, ponerse a declarar guerras a lo gallito cuando el gallo con los espolones más largos ya había asestado los primeros picotazos.

Alemanes y rusos invadieron Polonia, cada uno por su lado, animados por la inoperancia internacional.
Al final la II Guerra Mundial estaba servida... contra los primeros. 



-----

*. Lo que viene siendo Hitler accediendo al cargo de canciller a invitación del presidente, el viejo mariscal von Hindemburg. Poco tiempo después ardía fortuitamente el Reichstag, la sede del gobierno alemán, y los nazis encontraban de cabeza de turco a obreros comunistas extranjeros para cargar más las tintas de todo el país contra estos colectivos (no alemanes y comunistas). A partir de ahí, vía libre para unificar a todos los alemanes del mundo bajo una misma bandera.

En su caso Putin recibió el testigo de un apagado Boris Yeltsin que no encontraba cómo resolver la revuelta de Chechenia. Casualmente por esos días se sucedió una serie de atentados terribles en Moscú que fueron achacados a los separatistas chechenos. Combustible más que propiciatorio para granjearse el apoyo de la población a cualquier medida de castigo militar que tomase en aquella región.

**. El sucesor oficial de Hitler se puso él mismo a los mandos de un cazabombardero BF-110 una buena noche y no paró hasta caer en Escocia. Se supone que fue a negociar un posible tratado de paz con Inglaterra -ante la imposibilidad de invadir las islas- y así liberar ese frente de cara a la próxima invasión de la Unión Soviética. Pero ni él soltó prenda desde que lo capturaron en el 41 hasta su suicidio en el presidio de Spandau en el 87, ni sus colegas de tropelías se sintieron muy a gusto de compartir banquillo con él en el juicio de Nuremberg.

martes, 8 de junio de 2021

Una 'historia inhumana' que posiblemente no aparezca en el libro de Historias Inhumanas

Creo que corría el año 96 o 97. El Ayuntamiento de Palencia había montado una carpa de medianas dimensiones en el parque del Salón para amenizar un poco el frío de esos carnavales. ¡Y nada menos que Los Inhumanos iban a tocar ahí adentro! Me parecía poco espacio para tanta banda. Por eso me fui unas cuantas horas antes a acechar la taquilla -por llamarlo de alguna manera- y comprar mi entrada antes del concierto, no me fuera a quedar en la calle.

¡Qué raro! A media hora de empezar el concierto solo éramos cuatro -literalmente- en la fila. Los mismos que seguíamos ahí una hora después. Por fin a las once asomó alguien por la solapa de la carpa para preguntarnos si aún queríamos entrar. ¡Claro! Para eso íbamos a pagar la entrada!

Así que entramos. Había una barra de bar a la derecha y al fondo el escenario. Mínimo para lo que yo recordaba haber visto en la tele de las multitudinarias presentaciones de mi admirada banda valenciana. Pedí lo más barato que tuvieran para beber (un cachi de cerveza, supongo) y me puse junto al resto en primera fila. En ese momento levantaron los laterales y abrieron los pies de la carpa, y una marea humana irrumpió dentro -sospecho que más por guarecerse del frío que por verdadero interés musical- mientras ¡por fin! Los Inhumanos saltaban al escenario.

¡El delirio!

En premio a nuestra fidelidad, nos invitaron a los cuatro de la primera fila a subir al escenario. ¿Que no? Ahí me tiré todo el concierto (mis compañeros desistieron al tercer o cuarto tema) merced a un acuerdo alcanzado con el batería: yo le pasaba lumbre para lo que fuese que fumase entre canción y canción y él me dejaba darle un lingotazo de vez en cuando a la botella de wisky camuflada al lado del bombo.

Sería Alfonso Aguado el que, antes del primer y último bis, agradeció al público palentino por brindarle esa oportunidad tan importante en su carrera, ese divisor de aguas, ese concierto que en el mejor de los casos debería representar el resurgimiento de la banda, su relanzamiento, “porque después de aquella noche les quedaba claro que no se podía caer más bajo”.

Ese momento tan inolvidable valió cada una de las 400 pesetas -más 150 del cachi, creo- que me costó juntar para estar esa noche compartiendo escenario, mechero y wisky con la banda más gamberra de mi infancia (a distancia de La Orquesta Mondragón y Los Toreros Muertos).

Ese concierto en Palencia fue la antesala de este
triste doble cedé recopilatorio.

Recientemente he visto (ya no sé si camino a la papelera o como parte de mis bártulos aún almacenados en la casa matriarcal) el cartel que, una vez vacía la carpa, rescaté de la zona del bar para que la banda (lo que quedaba de ella) me lo firmase. Años lució orgullosamente en un rincón de mi cuarto ese recuerdo -el único- de aquel show que preludió el canto del cisne -literal- que fue ese doble cedé titulado Apaga y Vámonos. Algo así como un "te lo dije" en Palencia, en el que para más inri destrozaron el tema de Manué... En fin.

Y ahora sí, la referencia literaria

Historias inhumanas, de Alfonso Aguado (sí, el mismo líder de aquella tropa de locos). Y no, no lo he leído aún -puntualizo: ahora sí-.
¿Pero cómo no voy a querer leerlo si después de descubrir que existe me puse a rememorar todo este rollo que he soltado aquí encima? Porque bien podría aparecer en el libro como aparecen otras anécdotas que -ahora puedo decir que la mía es como una gota de agua en medio del océano- guardan bastante paralelismo con mi historia. Así que para nostálgicos de los ochenta todo esto resultará familiar. Sin haberlo leído ya lo recomiendo -y una vez leído, más-. Ahí queda 

Epílogo:

Vale, quien conozca las letras de Inhumanos sabrá que ni tienen la lírica de un Bécquer -la mala leche sí, seguro- ni la locuacidad de un Larra. No, no son unos románticos. Todo lo contrario. Lo suyo es la juerga por la juerga y este libro refleja precisamente eso mismo: un rato largo riendo, flipando en colores con las que se podían liar antes, durante y después de un concierto -incluso sin concierto de por medio-, sin autocensuras -algo muy de agradecer en estos tiempos de meapilismo institucionalizado- ni miramientos.

Hemos venido a hacer unas risas y a fé que el pater superioris Alfonso Aguado ha conseguido su objetivo.


También te puede interesar:

-El Tumor

-¿42? Stephen Hawking pisotea a título póstumo la respuesta "al sentido de la vida, el universo y todo lo demás"... Dios incluido

-Ya no hay tebeos en los quioscos

-El Mundo/Munda ya se puede ir a la mierde...
                                     (...O NO. TODAVÍA TENEMOS UNA ESPERANZA)

-La losa de Jacob o cómo voy a recomendar un libro para no leerlo