Sabía que su problema en realidad era no haberse atrevido a
emular a sus maestros. Durante años leyó esas historias que le inspiraban mil y
una fantasías. Soñaba con plasmarlas sobre el papel como otros hicieran antes
que él… pero era entonces cuando caía en el vértigo de no estar a la altura. Y
así fue durante años hasta que el impulso de toda aquella fantasía contenida entre los muros de su mente lo
lanzó a crear sus propias aventuras.

Hecha esta reflexión y otras cosas, el caballero se irguió y
se abrochó el calzón, no sin antes comprobar que toda fuente de olor quedaba atrás.
Se atusó el bigote, ciñó como pudo la bacía sobre su cabello cada vez más ralo,
compuso su postura más gallarda y convocó a su escudero para seguir ruta. De
camino a la siguiente venta quedaban aún varias leguas en las que, quién sabe,
aún podrían encontrar material para posibles crónicas.
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Don Quijote, por mi paisano Antonio Capel. |